Madrid: 20 años

El 30 de octubre se cumplieron 20 años de la Conferencia de Madrid, considerada el punto de inicio del Proceso de Paz, así, con mayúsculas, entre palestinos e israelíes. Pese a que la conferencia aún hoy es especialmente querida por la prensa y analistas españoles por razones obvias (como hemos visto estos días de recuerdos), no hace falta insistir en lo que el transcurso del tiempo ya ha dejado claro: que la conferencia por sí misma no sirvió para nada más allá de una foto, que fue simplemente un colosal ejercicio de relaciones públicas de todos los presentes. Es incluso falso darle a Madrid alguna influencia en Oslo (más allá del manido ‘al menos sirvió para que se sentaran a negociar’); como mucho, que sus interminables e infructuosas rondas negociadoras posteriores sirvieron de cortina de humo de lo que acabó siendo los acuerdos que llevan el nombre de la capital noruega.

Lo cual no significa que sea un ejercicio inútil recordar cómo estaban las cosas hace 20 años y cómo están ahora, para ver si se ha mejorado, si se ha empeorado o estamos igual.

En Madrid no hubo delegación palestina como tal, estaba integrada en la delegación jordana por imposición israelí. Hoy ambas partes se reconocen como interlocutores e Israel tiene como dogma de fe que sólo con negociaciones bilaterales se llegará a algún lado. Del ninguneo al reconocimiento, un paso adelante… si no fuera porque si entonces la apestada era la OLP, ahora lo es Hamas.

De los líderes israelíes que dominaban el panorama político entonces (Shamir, Rabin, Sharon…) sólo sobrevive, como gran relaciones públicas, Shimon Peres. Del lado palestino, ha muerto Yasir Arafat, pero poco o nada ha cambiado; la cohorte tunecina sigue al mando del destino palestino y la hornada de líderes locales de Gaza y Cisjordania que surgieron al amparo de la primera Intifada (y que tanto influyeron para que Arafat se embarcara en Oslo) no han sido capaces de erigirse en alternativa a lo que entonces era el aparato de la OLP y hoy, el de la ANP (como mucho, alguno de ellos se ha unido a la vieja guardia). Siguen donde estaban, pues, los Abbás, Qurei, Erekat, Shaat… Del lado israelí, el relevo generacional ha traído una fragmentación del mapa político y un pendulazo mayor, si cabe, hacia la derecha: del palestino, las únicas caras nuevas vienen de las filas de Hamas, con todo lo que ello implica.

Emocionalmente, la  Intifada, con su espiral sangrienta de atentados y operaciones militares, quebró el ánimo de ambas poblaciones; las enormes y desproporcionadas expectativas que generó Oslo dieron lugar a un batacazo del que ninguna de las dos partes se ha recuperado. Palestinos e israelíes tienen muchas relaciones (ocupante/ocupado, capataz/patrono, productor/consumidor…) y todas han empeorado después de haber mejorado.

Gaza y Cisjordania son de facto dos entidades diferentes, el muro ha mordido aún más territorio cisjordano, los asentamientos han crecido hasta la asfixia y el sistema combinado de muro, terminales, check points, colonias y carreteras de uso exclusivo para israelíes han creado un intrincado laberinto de bantustanes que, en la práctica, tienen como consecuencia hacer inviable la solución de los dos estados que, sobre el papel, sigue siendo el objetivo del Proceso de Paz. Por no hablar de la imparable colonización de Jerusalén Este. Eso sí, la postrera lucidez tardosionista de Sharon le llevó a desmantelar las colonias en Gaza.

Casi todos los planes de paz, las conferencias, los encuentros, las cumbres y las entrevistas que se han sucedido desde Madrid (para muchos, incluso Madrid) serán, en el mejor de los casos, notas al pie de página en la historia del conflicto.  La fórmula surgida de Oslo (y pergeñada en Madrid), paz por territorios, ha sido cambiada de forma unilateral por Israel: con la retirada de Gaza fue geografía por demografía; este (mantener una mayoria judía en Jerusalén y en lo que acabe llamándose Israel) sigue siendo el juego desde el punto de vista israelí, por mucho que grite la derecha de Netanyahu y Lieberman.

Desde el punto de vista palestino, son tiempos de decadencia y transición tanto de un liderazgo demasiado longevo como del fruto predilecto de Oslo, la Autoridad Nacional Palestina como institución. Cuando ambos desaparezcan, los palestinos deberán apostar por una nueva ecuación que sustituya a esa solución de los dos Estados que Israel ha hecho inviable. Una nueva fórmula que pasa más por reconocer los derechos individuales de los palestinos dentro de un Estado que los de los palestinos a tener un Estado.

Ese es tal vez el resumen de estos 20 años desde Madrid: en este periodo de tiempo, la voracidad territorial de Israel ha hecho inviable tanto una autonomía palestina como un Estado palestino. La vieja partición, primero rechazada por los palestinos, ahora simplemente es una quimera. ¿Qué queda? El Estado binacional es la respuesta obvia, por justa. Existe otra que siempre está ahí y casi nunca se cita abiertamente, al menos por los árabes: el Estado jordano-palestino.

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