De crisis en crisis hasta la caída final

En el embrollo griego que hemos vivido los últimos días hubo un momento especialmente iluminador. Fue cuando Merkozy, dando por hecho que iba a haber un referéndum sobre el plan de rescate, cambiaron de estrategia y pasaron a exigir que se celebrara cuanto antes. Cuanto antes se sepa el resultado, antes podrá reaccionarse a lo que no queremos que suceda. Pero siempre después de que haya estallado el problema, nunca antes, esa es la filosofía marcada a fuego en el funcionamiento de la UE. 

Una reacción típica de la UE, empeñada en retorcer hasta romper las leyes de la física la máxima de que la política es el arte de lo posible. De un tiempo a esta parte, la construcción europea (se puede elegir la fecha que a uno más le guste: desde la última ampliación, desde Lisboa, desde el fiasco de la Constitución, hay incluso quien se remontaría hasta Maastricht) funciona a base de crisis que se solucionan con parches (o que no se solucionan) y que son la génesis de la siguiente crisis. El embrollo griego, con sus parches, sus indecisiones y sus inacciones, es un ejemplo de libro de este mal europeo. Con esas ironías que hacen daño, Barack Obama dijo en Cannes que estos días de G-20 han sido para él “un curso intensivo en política europea”. “Hay muchas instituciones aquí en Europa”, añadió el presidente estadounidense, como si ese fuera el único problema (y como si en Washington no sobrara burocracia y no fuera desde hace tiempo, y especialmente en su presidencia, una ciudad políticamente bloqueada, aunque ese es otro tema). Ojalá ese fuera el único problema. Ahora lo que de verdad hay es un grave problema económico que pone en riesgo la eurozona; después, hay otro de gobernanza económica; también lo hay de integración política; y al final, por encima de todos ellos, de legitimidad democrática.

Vale, es cierto que una democracia no funciona (sólo) a base de referéndums; y probablemente lo último que hacía falta en estos momentos es que los griegos votaran que abandonan el euro. Pero algo falla cuando la consulta directa a la poblaciones (sobre planes de rescate, sobre la Constitución, sobre la entrada en el euro…) se ha convertido en el peor enemigo de las decisiones que se toman en Bruselas, Berlín o París teóricamente en nombre y en beneficio de esos a los que no se puede consultar.

PD: ¡Ah!, el ladrillo…

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