Rajoy o cómo arrasar por resignación

¿Cómo explicaría las elecciones españolas a un diario extranjero si fuera corresponsal en España y pudiera separarme del detalle y del día a día? Así.

Lo habitual es que un gran vuelco político vaya acompañado de una gran efervescencia, de un enorme entusiasmo en la calle. No es el caso de España, que se dispone a dar al principal partido de derechas la mayor concentración de poder desde la caída de la dictadura en un ambiente de resignación y preocupación por la incierta situación económica. Entre el castigo al Gobierno saliente por la crisis, la prima de riesgo y el desencanto político, el domingo casi 36 millones de españoles con derecho a voto están llamados a las urnas para elegir a un nuevo jefe de Gobierno que sustituya al socialista José Luis Rodríguez Zapatero, que abandonará el palacio de la Moncloa (sede del Gobierno español) tras siete años en el poder que han dejado a España en la vanguardia de las políticas sociales y en el furgón de cola de la zona euro. De hecho, a dos días de las elecciones, la prima de riesgo (el diferencial con el bono alemán) superaba los 500 puntos básicos, cifra que coloca a España ante el abismo del rescate por parte de la UE como ya les sucedió antes a Grecia, Irlanda, y Portugal.Ante esta situación, es lógico que la economía sea el tema estrella de las elecciones. Al renunciar a presentarse a la reelección, Zapatero no correrá la misma suerte que otros colegas suyos europeos a los que la crisis apartó del poder. Pero su partido, el PSOE, no podrá esquivar la furia del electorado, y será el que fue durante años su número dos en el Gobierno, Alfredo Pérez Rubalcaba, el que reciba el castigo de unos ciudadanos desconcertados por la crisis e indignados por la forma con la que el Gobierno de centroizquierda de Zapatero la ha manejado.

Así lo indican los sondeos, que predicen una amplia mayoría (posiblemente absoluta) del conservador Partido Popular (PP) liderado por Mariano Rajoy, improbable líder de la que se prevé que sea la mayor victoria de la derecha en la historia de la democracia española después de haber perdido dos veces unas elecciones ante Zapatero. Vasos comunicantes en un sistema bipartidista de facto como es el español, el PSOE también coquetea peligrosamente con un batacazo histórico. Será la forma del electorado de hacerle pagar a los socialistas una gestión pésima de la crisis, que, según el discurso oficial, empezó siendo una cosa de EEUU, después una pequeña desaceleración para acabar convirtiéndose en el motivo de un espectacular giro ideológico sin apenas precedentes en la historia española.

Ese ha sido el lastre insuperable para Rubalcaba desde que asumió la tarea suicida de ser el cabeza de lista del PSOE en estas elecciones. Es Rubalcaba un candidato de izquierdas que ha sido co-partícipe de los recortes sociales más profundos de la democracia española que se enfrenta a un candidato de derechas al que acusa de planear el mayor recorte jamás visto del Estado del Bienestar español. Rubalcaba no ha podido superar la combinación de este pecado de nacimiento de su candidatura con los malos datos económicos. Ante esta situación, Rajoy ha sido como el agua: insípido, incoloro, inodoro. Nadie sabe qué propone ­porque nada ha dicho de sus planes a lo largo de la campaña, más allá de la obviedad de que es necesario aumentar la actividad económica para poner en marcha algo parecido a la curva de Laffer o un círculo virtuoso rajoyano de a más actividad, combinada con no subir impuestos, más ingresos, menos déficit y menos necesidad de endeduarse. Tan imposible es la misión de Rubalcaba que esta escandalosa estrategia de silencio ha permitido a Rajoy aumentar aún más su ventaja en los sondeos.

Tal vez sea así por una de las corrientes subterráneas que marcan estas elecciones: la convicción en el electorado de que en el fondo da igual quién gane, que las decisiones sobre la economía española no se tomarán en Madrid sino en Berlín. En este sentido, Rajoy ganará porque el PSOE va a ser castigado por los propios y los ajenos, no porque haya esperanzas de que el PP vaya a hacer algo diferente. Si acaso, insistir aún más en unos recortes que, según Rubalcaba (de nuevo la contradicción insuperable para los socialistas en estas elecciones) han logrado impedir hasta ahora que España sea rescatada gracias a la mano firme de Zapatero.

Vinculada a esta percepción de la futilidad de la elección del domingo hay otra: el desencanto creciente hacia la política de un sector de la población, sobre todo los más jóvenes que integran el Movimiento de 15-M y que protagonizaron lo que dio en llamarse la spanish revolution. En esta campaña electoral la presencia de los auto-denominados indignados ha sido menor de lo que cabía esperar después de haber sido los grandes animadores de la campaña de las elecciones municipales y autonómicas de mayo de este año. Medio año después, las promesas de los políticos de escuchar a los jóvenes acampados en las plazas se han concretado en un mayor bipartidismo del que ya es habitual, si cabe, y en dos candidatos que simbolizan mejor que nadie el establishment político español por edad y currículum. Un dato: desde 1982, salvo en un pequeño paréntesis en los 90, en la administración española siempre ha habido un Rajoy o un Rubalcaba ostentado un cargo público. Para los que ya se denominan generación perdida, hay poco que votar en el sistema tradicional de partidos.

Y en cambio, más allá de la crisis económica que todo lo acapara, hay mucho que decidir en esta legislatura, a pesar de que hace tiempo que en España no se habla de política. Está por ver si el PP, legitimado por su apabullante victoria, decide aplicar su programa de máximos y qué supondrá eso para los innegables avances sociales conseguidos durante los dos gobiernos de Zapatero. El cese definitivo de la violencia por parte de ETA (un tema escandalosamente ausente en la campaña) abre un debate político (guste o no) que tal vez pueda demorarse hasta las elecciones vascas (2013) pero no mucho más allá. Y este debate lleva consigo el de la estructura del Estado de las autonomías, un invento español que descentraliza el Estado pero no llega a una estructura federal. En esa discusión estará Catalunya, la zona de España que más aporta al PIB (casi un 20%) y que quiere cambiar su financiación, entre otros motivos, por la crisis. Una negociación siempre compleja agravada por el deterioro del consenso constitucional español de los últimos años y envenenada por los apuros económicos de todos los eslabones de la compleja y profusa cadena administrativa española. Con todo lo que esto significa para las pulsiones separatistas (y separadoras) que rodean siempre las relaciones entre Catalunya y el Gobierno central, parece difícil que con esta coyuntura económica y con una aplastante mayoría en el Congreso de los Diputados el PP vaya a negociar un cambio de las reglas de la financiación de una comunidad que tanto aporta como la catalana. Temas como este también los vota España el domingo, a pesar de que no lo parezca entre tanta resignación.

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3 pensamientos en “Rajoy o cómo arrasar por resignación

  1. Ya me gustaría, ya, ser corresponsal extranjero. Suscribiría en líneas generales este análisis y en ningún caso eximiría a los socialistas de su responsabilidad, pero me sentaría a observar cómo a la derecha le estallan más que merecidamente en los morros los efectos de la escandalosa deslealtad a España que han mostrado en la oposición -si, ellos, siempre tan dispuestos a un vacuo discurso patriótico-, sembrando tempestades para hacerse con el poder a cualquier precio. Pues bien, ahí lo tienen, a ver qué hacen ahora con él. Pedir sacrificios y unidad y ponerse en manos de Berlín, supongo. Y eso que se supone que basta con que se marche Zapatero para que los mercados van la luz y descubran la gran nación que somos… Por lo visto, los mercados no leen las encuestas, ¿no? En fin, retomando el hilo, ojalá fuera corresponsal extranjero… pero no lo soy, y no me llega la camisa al cuerpo

  2. A todo ello, coincido, Joan, en que es cuanto menos curioso que en esta campaña no se ha hablado nada de política. Solo un poco de economía, y por lo general planteando objetivos pero sin explicar cómo se van a lograr. Lo dicho, para salir corriendo

  3. Pingback: La económica no es la peor de las crisis (un desahogo) | Décima Avenida 2.0

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