La insuperable contradicción del Ejército egipcio

Está claro qué quieren los que se están manifestando, jugándose la vida y en algunos casos perdiéndola, en la plaza de Tahrir de El Cairo: pararle los pies al Ejército en su pretensión de ser el garante, el padrecito del proceso democrático iniciado en la revolución del 25 de enero. Quiénes son los que se están manifestando es más complicado de discernir. ¿Los islamistas? A veces sí, a veces no, siempre los salafistas, siempre ambiguos los Hermanos Musulmanes. ¿Los jóvenes laicos, profesionales liberales y estudiantes que fueron la cara de esa primavera en invierno? Por supuesto, el Movimiento del 6 de Abril está en la calle, pero eso no significa que estén todos los laicos. ¿Los partidos políticos? Superados y dejados de lado, como siempre desde el inicio de las protestas. ¿Los cristianos? Tienen motivos para estar enfadados con los militares.

Hay varias capas en lo que está sucediendo en la plaza de Tahrir. De entrada, existe el malestar primario, de base, evidente. Por la represión, por las muertes, por las detenciones y por las torturas. Por lo intrincado del proceso electoral, por el retraso de las elecciones presidenciales, por la creencia de que los uniformados no quieren entregar el poder a la sociedad civil.

Una segunda capa es el cálculo político de los diferentes actores que juegan en el tablero egipcio. Hay sectores laicos (y me atrevería a decir que occidentales, empezando por EEUU, de nuevo escrupulosamente ambiguo ante lo que ocurre en la calle egipcia) que pueden aceptar una tutela militar del sistema egipcio al estilo de Turquía para parar los pies a los islamistas. En esta complicada transición hay ocasiones en que los intereses de militares e islamistas también confluyen. Los que más aislados se sienten por el devenir de la revolución son los jóvenes liberales, pero Egipto es un país de 85 millones de personas con amplias capas de población en la que el Ejército sigue siendo una institución muy respetada.

 Lo cual lleva a la tercera capa, los militares. Desde que en1952 la monarquía fue derrocada, los cuatro presidentes de Egipto han sido militares, incluido Hosni Mubarak. En este tiempo, el Ejército se ha convertido en el mayor poder dentro del Estado egipcio, poder no sólo político sino económico: es un auténtico imperio que produce bienes y servicios al margen del presupuesto nacional y que desde hace décadas recibe una substancial ayuda económica estadounidense a cambio de ser los guardianes del statu quo.

Cuando estalló la revolución contra Hosni Mubarak, el Ejército se tomó su tiempo hasta que llegó a la conclusión de que alinearse al lado de los manifestantes era la mejor forma de preservar sus intereses. En otras palabras, que el régimen era inviable y que había que dejarlo caer. Esa decisión convirtió automáticamente a las fuerzas armadas en el garante de la revolución a nivel interno frente a la represión de la policía y de los mubarakistas, y en la garantía a nivel externo de que según qué cosas no iban a cambiar. Esta es la contradicción insalvable que ha estallado estos días en Egipto: el Ejército no puede al mismo tiempo defender sus intereses y los de quienes exigen democracia y que el poder pase a los civiles. ¿Por qué? Simplemente porque son intereses opuestos.

La situación está ahora, pues, bloqueada. Por un lado, el Ejército es una poderosa realidad armada, y no cederá su posición de privilegio alegremente. Por el otro, no se puede gobernar ahora en Egipto de espaldas a Tahrir, represaliando, matando, arrestando y torturando a los que allí exigen democracia y enrocándose para mantener un poder que ya no puede ser dictatorial, que ya no puede recaer en otro lugar que no sea la soberanía popular. Y, finalmente, la fuerza política civil más organizada es la de los islamistas. Estos son los tres vértices del triángulo político de la plaza de Tahrir.

Hace un rato el mariscal Mohamed Hussein Tantawi ha acabado su discurso televisivo en el que ha prometido una rápida entrega del poder y ha anunciado que las elecciones presidenciales serán, como muy tarde, en julio del 2012. La reacción en Tahrir ha sido exigir a gritos que se marche. No puede negarse que los jóvenes egipcios están dando luchando por su futuro.

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3 pensamientos en “La insuperable contradicción del Ejército egipcio

  1. Creo que el camino que esta siguiendo el pueblo egipcio los llevará en algún momento a vivir la democracia que ahora exigen con gritos y sangre; quizás más tarde que temprano se verán los resultados de tanta destrucción y muerte, ojala que esa primavera se prolongue y de verdaderos frutos de bienestar para el pueblo que hoy sufre.

    Un saludo desde http://lunare.wordpress.com/ ojala pueda pasar a dejar un comentario en mi bitácora, gracias de antemano.

  2. Pingback: Lágrimas en Alejandría | Décima Avenida 2.0

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