La guerra de Irak y la primavera árabe

Creo que fue en el 2005, o puede que fuera en el 2006, en cualquier caso antes del propio proceso electoral de los palestinos. En casa en Jerusalén debatíamos durante una cena con una amiga palestina si la guerra de Irak había inoculado en el mundo árabe el virus de la democracia. Hubo, entre ellos esa amiga, quien defendió que sí; también hubo quien argumentó que bajo ningún concepto de aquella guerra ilegal que por entonces ya se deslizaba claramente hacia un infierno sectario y sangriento podía extraerse ninguna consecuencia positiva. La primavera árabe, por  aquel entonces, era una quimera. Los palestinos, y antes que ellos los iraquíes, eran los únicos árabes que protagonizaban un proceso electoral libre, ambos bajo una ocupación. El resto ni lo soñaban.

Dick Cheney, eminencia gris tras la invasión iraquí, y otros colegas hace ya meses que argumentan que Irak fue la chispa que encendió las revueltas árabes, un intento a posteriori de justificar una aventura bélica que Barack Obama ha dado por finalizada ahora, siete años después. Es, por supuesto, una tesis muy discutible por muchos motivos: una guerra ilegal a la que se fue con premisas falsas (las armas de destrucción masiva), que acabó con el dictador sin cumplir con unos mínimos estándares democráticos (esa ejecución), que deja un reguero de vulneración de derechos humanos (Abú Graib como símbolo menor; Guantánamo como símbolo mayor), muerte y destrucción y un sistema en Irak en el que es cierto que hay elecciones libres pero que difícilmente puede considerarse plenamente democrático. La influencia política que el Irak democrático ha tenido sobre el entorno árabe en esta época de revoluciones ha sido nula (lo único que el Irak post-Sadam exportó fue yihadismo) y la popularidad entre los árabes primero de la guerra y después del propio Irak es inexistente; nadie ha mirado hacia Bagdad desde Túnez, Egipto, Libia, Bahrein o ahora Siria. Es más, el caso libio se pone como ejemplo de cómo una intervención militar extranjera bien hecha, con paraguas legal de la ONU, sí sirve para derrocar a un tirano, siempre en contraposición de lo mal que se hicieron las cosas en Irak.

Y sin embargo… sin embargo yo sigo inclinándome a estar de acuerdo con esa amiga palestina, como lo estuve esa noche en casa en Jerusalén. Lo del “Gran Oriente Próximo democrático” para justificar la guerra fue propaganda, pero fue una propaganda que en muchos iraquíes y muchos árabes caló como la lluvia fina. Recuerdo muy bien la profusión, en el inmediato Bagdad de la posguerra, de decenas de periódicos, del deleite por la libertad de expresión en un país sin electricidad, sin teléfonos fijos y sin apenas Internet (y un Internet de hace nueve años, cuando Mark Zuckerberg tenía 19 años). No fue la democracia el motivo para ir a la guerra, no fue crear un régimen democrático lo que guió la gestión estadounidense del Irak ocupado y no es un régimen democrático del que se han dotado los iraquíes. Por eso esa noche hablábamos de inoculación: entre tantos hechos que las desmentían a diario, nuevas palabras empezaron a circular con fuerza en el discurso público árabe. En Al Jazeera, en Al Arabiya incluso en la penosa Al Hurra se hablaba en libertad de democracia en Irak aunque fuera para decir que no había, que era una excusa, que era una mentira, que era propaganda. Y esas palabras se escuchaban en todo el mundo árabe.

Y aunque entonces y allí esas palabras estuvieran vacías de contenido, no lo estaban de significado.

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