Primaveras más primaverales

La lista de motivos por los que Siria no es Libia es larga y harto conocida: el Ejército sirio es más fuerte que el libio y, a pesar de las deserciones que nutren el llamado Ejército Libre Sirio (ELS), más cohesionado; Muammar al Gaddafi estaba solo, mientras que Bachar al Asad tiene aliados en la zona, desde Irán hasta Hizbulá,  y al menos hasta hace poco, Hamas. Por tanto, una intervención internacional a la libia entrañaría riesgos en un país que está en el meollo de Oriente Próximo, fronterizo con Irak, Israel. Turquía, Jordania y Líbano y piedra angular del conflicto con Israel. ¡Ah!, añaden los que ven el mundo a través de un solo prisma, en Siria no hay petróleo, cosa que sí había en Libia. Y otro ¡ah!, añaden otros: en Siria se puede prender una llama sectaria que arrase la zona, lo que no ocurría en la Libia de Gaddafi.

Es decir, por plantear el tema en términos ortodoxos, Libia (y Túnez) están en la periferia geoestratégica del mundo árabe, mientras que Siria, como antes Egipto  e incluso Bahrein (esa Quinta Flota de EEUU), están por diferentes motivos en el centro. A propios y extraños les gusta hablar del mundo árabe como algo único. A los propios, por retórica; a los extraños, por comodidad, por reduccionismo. En ambos casos no es cierto. Más allá del referente sentimental, cultural y lingüístico (y a veces ni eso) no existe el mundo árabe como entidad política. El panarabismo fue un sueño que ya pasó.

Quienes hace tiempo que aprendieron eso fueron los palestinos, los eternos parias de los hermanos árabes, al mismo tiempo la gran excusa y los grandes abandonados. Los iraquíes lo sufrieron en sus carnes por etapas, a cual más dura: la guerra con Irán, la invasión de Kuwait, la última guerra. Arabia Saudí es la quintaesencia del país árabe que dice una cosa y hace otra (casi siempre aumentar su producción de barriles de petróleo); Jordania lo intenta, pero con valor simbólico y político en lugar de petróleo. Egipto se convirtió al pragmatismo hace décadas, entre otros motivos para mantener las prebendas del régimen (y en ello sigue su Ejército).

La capacidad de contagio de la primavera árabe ha vuelto a crear la ilusión de que existe un mundo árabe unificado desde el punto de vista político. La renacida Liga Árabe (liderada por Qatar, lo cual merece un post al margen), convertida en imposible azote de tiranías, intenta encabezar políticamente un movimiento de protesta que no tiene en común el hecho de ser árabe (de hecho la primera ‘primavera’ técnicamente fue en Irán) sino el rechazo por parte de la población –sobre todo los jóvenes– a vivir bajo el yugo de unas dictaduras apoyadas por Occidente por ser el dique que frenaba la ascensión islamista.

A partir de aquí, cada cual es de su padre y de su madre. Árabes, sí, pero diferentes. Túnez fue la primera, y excepto Francia, fue recibida con simpatías; Yemen fue tratada casi como un asunto regional; Egipto fue una cosa mucho más seria, hubo quien avisó (Israel) de que no le gustaba lo que estaba viendo y que, visto lo visto (las elecciones), se ha ratificado en que la democracia y las revoluciones las carga Alá; Bahrein es Bahrein y la flota, y poco más hay que añadir; Libia es café para todos, la oportunidad de lucir ropajes primaverales sin más daños colaterales que la repugnancia de ver una ejecución en directo. Y Siria… Bueno, Siria es primavera árabe pero otra primavera árabe. Porque hay primaveras más primaverales que otras y árabes más árabes que otros.

Hechos: el régimen de Asad es una tiranía sangrienta; Siria se encuentra acosada internacionalmente y en permanente enfrentamiento regional con Arabia Saudí desde, por ponerle una fecha más simbólica que otra cosa, el 14 de febrero del 2005, cuando Rafic Hariri fue asesinado en Beirut; tras Egipto, Israel no sabe si prefiere enemigo conocido (Asad) o por conocer (o sí lo sabe); la primavera empezó en Siria con manifestaciones y, centenares de muertos después, los rebeldes ya atacan militarmente los suburbios de Damasco con armas que sólo pueden haber llegado del extranjero; en el puerto sirio de Tartus hay la única base naval de Rusia en el extranjero; Marruecos, esa democracia, impulsa nominalmente la resolución que hoy se debate en la ONU; Siria es la bisagra del eje Teherán-Damasco-Hizbulá; de las tres corrientes subterráneas que realmente cuentan en la zona (palestinos-israelíes; suníes-chiíes aka Arabia Saudí-Irán; Irán versus el Resto del Mundo) Siria es encrucijada, a veces protagonista, a veces secundario, pero siempre presente e importante.

Árabe entre los árabes, guardián de las esencias geopolíticas árabes más duras durante décadas, el régimen de Asad está herido pero no está muerto y su devenir marcará el de Oriente Próximo. En Siria hay mucha más en juego que la caída de una tiranía. Lo de la primavera casi que es lo de menos.

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2 pensamientos en “Primaveras más primaverales

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