Corresponsales en peligro

Nos costó mucho entrar en Yenín, casi todo el día conduciendo, jugando al gato y al ratón con los soldados israelíes. Al volante, Eugeni García Gascón. De copiloto, Tomás Alcoverro. Yo estaba en la parte trasera del coche, los ojos muy abiertos, recién llegado a Jerusalén, hace diez años ya. Cortados los accesos principales a la ciudad cisjordana, tuvimos que conducir, mapa en mano, por pequeñas carreteras que serpenteban por un paisaje de olivos y que atravesaban pequeñas aldeas. Almorzamos en uno de estos pueblos, desde donde se dominaba el valle. Hummus y kebab. Nos abría el camino Luis de Vega, cuya tarea de guía en la distancia fue clave para que ese día pudiéramos dar un testimonio directo de lo que había hecho el IDF en el campo de refugiados de Yenín. Logramos entrar, hicimos nuestro trabajo, yo aún no tenía casa en Jerusalén, así que Eugeni y Tomás me dejaron en mi hotel pasada la medianoche. Me costó dormirme, pensando en lo que habíamos hecho, las primeras veces suelen dejar una impresión imperecedera. No se me quitaban de la cabeza unas palabras de Tomás: “Mirad esto –dijo, abarcando el paisaje con la mano– esta vista, este sol, este aire puro… Y nuestros compañeros encerrados en la redacción. ¡Y encima nos pagan!”

Y encima nos pagan. Ser corresponsal solía ser un gran trabajo. Y el corresponsal era perfectamente consciente de ello. Por eso, bajo ningún concepto un corresponsal quiere regresar a la redacción, el horror concentrado en cuatro paredes, el vacío profesional, el infierno personal. Por eso, el corresponsal es depredador por definición: siempre quiere publicar más, y más grande, y siempre piensa que su ciudad, su país, su región, su continente es el más importante del mundo, sin atender a razones; la redacción nunca nunca, pero nunca, entenderá esto en la justa medida y por eso nunca nunca, pero nunca, el trabajo del corresponsal lucirá como debe por culpa de la estulticia de la redacción.

Es lo suyo, está convencido el corresponsal, el periodismo auténtico, el de verdad, el más puro. Lo otro (deportes, política, cultura, judiciales, sucesos, local…) es periodismo, vale, pero otro tipo de periodismo. Esta convicción alcanza, en el imaginario popular pero también en el de gran parte de la profesión, su zenit con el corresponsal o reportero de guerra, convertido en la quintaesencia del periodista, el hecho de arriesgar la vida como prueba definitiva del compromiso con la profesión. Y es que en Washington o en Kabul, informando de la crisis de la deuda soberana desde Bruselas o de la de Siria desde Homs, un corresponsal es considerado una jerarquía superior de periodista, una especie de embajador de su diario en el extranjero, alguien que puede y debe escribir de todo porque su campo de especialización no es temático, sino geográfico y su horizonte no está delimitado por las pequeñas miserias simbolizadas por la redacción sino el mundo entero. Ser corresponsal es la vocación periodística hecha realidad: muchos son los llamados, pocos los elegidos.

“Y encima nos pagan”. Bueno, Tomás, pagaban.

Abducido desde hace algún tiempo por la redacción, instalado en el lado oscuro, soy testigo de primera fila de la dolorosa decadencia del corresponsal. También de la precarización del oficio de periodista en general, por supuesto, pero lo del corresponsal tiene componentes especiales, su propia crisis dentro de una recesión dentro de una depresión dentro de una reconversión dentro de un cambio de soporte dentro de un cambio de paradigma que es esta muñeca rusa trocada en tormenta perfecta que está arrasando el periodismo cuando, paradójicamente, más información se consume.

El corresponsal se enfrenta a problemas comunes al del resto de periodistas pero también a específicos. La precariedad es una enfermedad común. Es más fácil trabajar en el extranjero como freelance que a sueldo de un medio. Ninguna empresa quiere pagar aviones, hoteles, chóferes, traductores, viviendas, oficinas, seguros médicos o de vida, dietas, plus de peligrosidad, visados o sobornos de policías de fronteras. Y además, un sueldo. Qué digo un sueldo, un precio digno por la crónica por la que te has pateado durante todo el día las carreteras de Cisjordania. Para qué; si de testimonios (“color”) se trata, seguro que hay tuiteros, blogueros y demás. Si de información se trata, ya están las agencias y los medios franceses y anglosajones, que esos sí cuidan la información internacional. Y si no, algún cooperante habrá con el que se pueda hablar, o alguien de la embajada, o algún español en el mundo; o, en el peor de los casos, tú llama cuando llegues y me cuentas lo que tienes y ya intentaremos valorarte la crónica de forma generosa, no te preocupes. Y allí donde no hay conflictos, ¿para qué queremos un corresponsal en Washington, por decir algo, si leer los periódicos estadounidenses y analizarlos ya podemos hacerlo desde la redacción a través de internet? Y es que en el fondo, si alguno de mis lectores quiere seguir las elecciones en EEUU, ¿no es muy probable que lo haga directamente a través de The New York Times, The Washington Post y los blogueros y tuiteros estadounidenses de referencia, sin intermediarios?

Dos de las funciones básicas del corresponsal son, pues, menospreciadas desde la propia redacción: el corresponsal testigo cuando ahora hay tantos testigos con móvil a los que recurrir y el corresponsal intermediario entre la realidad de un país extranjero y la opinión pública de su propio país en la era internet, el gran aniquilador de intermediarios.

Queda otra gran función: el corresponsal-narrador, el corresponsal que, digamos, absorbe todo lo que ocurre en Tahrir y te lo explica para que lo puedas entender. Los periodistas en el fondo somos unos románticos. Donde hay una crisis de modelo de negocio, de reconversión de un modelo a otro en el que el producto final (la información) tiene menos valor  social porque hemos decidido que mucho equivale a mejor, nosotros, los periodistas, vemos un cambio de un soporte (el analógico) a otro (el digital). Y no vemos problema, y aplicamos la lógica en la que siempre nos refugiamos: ante la duda, periodismo, y decimos que lo que hay que hacer es buscar enfoques originales, temas propios, una voz única, y que nadie comprará un periódico si la crónica desde Berlín es un refrito de la prensa local perpetrada con más o menos gracia por parte del corresponsal no porque eso sea lo que el periodista quiera hacer, sino porque eso es lo que se le pide desde la redacción. Que no tiene ningún sentido que las crónicas desde EEUU sean las mismas en todos los diarios, con una ligera aportación de estilo personal, porque –paradoja de las paradojas– los periodistas, que solíamos ganarnos la vida buscando noticias, ahora queremos huir de ellas en estos tiempos en los que un tuit pesa más que una crónica. Argumentamos que nadie comprará un periódico si hacemos mal esta praxis periodística, y dejamos implícito que sí nos comprarán si hacemos crónicas más largas, más reposadas, temas en profundidad, si dejamos las noticias (periodismo supuestamente barato contra el que no podemos competir) para internet y el análisis, la interpretación y la calidad para el papel. Esto requiere tiempo y  no es barato, y eso es lo que reclamamos: más inversión para escapar de la crisis a base de calidad.

Puede que la receta funcione con el periodismo que no es internacional (y tengo mis dudas; la crisis es tan endiablada que hacer un mejor periodismo en general no tiene por qué traducirse en una mejor cuenta de resultados empresariales, pero eso es otro tema), pero no creo que salve a los corresponsales. No lo creo por dos motivos. El primero porque en España la opinión pública no está interesada en la información internacional; incluso en los tiempos de vacas gordas lo que aportaba a la empresa periodística eran intangibles que ahora son demasiado onerosos. El segundo porque una tendencia clara de supervivencia en este contexto es que, en el mundo global, los medios se hagan más locales. Apostar por la noticia, y cuanto más cercana al lector-consumidor, mejor, ya que más probabilidades habrá de que compre esa información. Si tu opinión pública, además, tradicionalmente ha desdeñado la información internacional, ya tenemos el pez que se muerde la cola y devora a los corresponsales. Y, cuanto menos interés se tenga por la información internacional, lo que se pedirá de los periodistas que se dediquen a ello son las noticias, es decir, los refritos: no hay espacio, ni tiempo, ni ganas ni recursos para desmarcarse en un tema que no es prioritario para ningún medio español.

 Los mejores fotógrafos y cámaras españoles en el extranjero son en su aplastante mayoría freelance que trabajan (y triunfan) en medios extranjeros. De los tres finalistas del último premio Cirilo Rodríguez, dos son freelance. El ganador, Eugenio García Gascón, es uno de los damnificados por el cierre de Público. Ver, leer y escuchar muchas de las firmas que nos han informado de la Primavera Árabe desde lugares tan comprometidos como Libia y Siria es deprimente desde el punto de vista laboral: mayoría de freelance pluriempleados en no sé cuántas teles, radios, revistas y diarios, muchos de ellos de prestigio y de ámbito nacional.

Ser corresponsal sigue siendo un gran trabajo, pero cada vez pagan menos y pronto casi casi habrá que pagar

@jcbayle

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4 pensamientos en “Corresponsales en peligro

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