Corresponsales en peligro (II)

Todos tenemos un pasado. “Jamás olvidaré la primera vez que llegué a Bagdad. Era el 12 de abril. Sadam Husein había sido derrocado tres días antes y al pisar la ciudad me sentí atrapado al otro lado de la pantalla en dos películas: Mad Max y Apocalypse Now . La ciudad sin ley ardía por los cuatro costados; multitudes saqueaban todo lo que estaba a su alcance; los tanques circulaban por las calles y los helicópteros Black Hawk, en vuelo rasante entre las palmeras, bombardeaban la universidad. No era difícil imaginarse a Robert Duvall fumando un puro”. Esto lo escribí el último día del 2003, cuando el diario publicó una doble página en la que se nos pidió a los enviados especiales a la guerra de Irak una “visión personal” del conflicto. Pues eso, que todos tenemos un pasado.

Consejo a los corresponsales noveles: desconfiad cuando desde la redacción os pidan una visión personal de una guerra. O no. Igual es la mejor forma que tenéis de lograr unos minutos de fama y conseguir que os paguen de forma digna. Depende de hasta qué punto os hayáis jugado la vida y, sobre todo, de qué gracia tengáis a la hora de contarlo. Una pista: cuanto más fronteras cruzadas de forma clandestina, contrabandistas, kalashnikov y hoteles de mala muerte sin agua caliente aparezcan, mejor.

El mundo periodístico europeo ha tenido el corazón en vilo estos días porque cuatro reporteros estaban atrapados en Homs. Mónica García Prieto, parte muy implicada en el asunto por motivos personales y periodísticos, lo resumía en unos tuits mucho mejor de lo que yo seré capaz de explicarlo en este post: “20.000 civiles, no sólo dos periodistas franceses, siguen en #Homs. El cerco se sigue estrechando contra #BabaAmr, bajo intenso bombardeo”. “Al- 23 personas han muerto hoy en #Homs No leo ninguna mención sobre ellos Mucha mención sobre 4 periodistas Cada vez me gusta – este oficio”.

Decíamos en el anterior post que este oficio en España se ha convertido en hostil para el corresponsal, que no hay interés no tiempo, ni ganas ni recursos que dedicar a la información internacional y que por eso, como norma general, al corresponsal se le piden refritos y seguir la corriente general. Hay una segunda cosa que se le pide: que se convierta en protagonista de la noticia. Eso sí que nos gusta en las redacciones, eso sí que diferencia al medio del resto. En ocasiones la noticia es evidente; es cuando la desgracia golpea al reportero en forma de muerte, herida o secuestro. Cuando esto no ocurre, que por suerte es en la mayoría de las ocasiones, lo que se le pide al reportero es esa “visión personal” del conflicto. El ‘making off’ convertido en portada o apertura de informativo, en ejemplo de periodismo auténtico: cómo entraste, cómo viviste, qué hiciste, cómo saliste, qué te pasó, cómo te amenazaron, cómo te apuntaron, cómo te agredieron. No hay mayor exclusiva que una aventura que sólo le haya sucedido a una persona que, además, trabaja para tu medio de comunicación.

Y entonces se da la paradoja: el periodista que ha ido, digamos que a Siria, pero sirve la caída de Gadaffi, el tsunami de Japón, el terremoto de Haití o los secuestros en el Sahel, a explicar lo que sucede, acaba explicando lo que le sucede a él porque eso es lo único que de verdad le interesa a su medio.

Obsceno, desde cualquier punto de vista: el periodístico pero también el moral.

Permitidme que vuelva a citar a Mónica García Prieto: “20.000 civiles, no sólo dos periodistas franceses, siguen en #Homs. El cerco se sigue estrechando contra #BabaAmr, bajo intenso bombardeo”.

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