El miedo tras la histeria

Editorializa el diario Haaretz sobre la repercusión que ha tenido en Israel el ya famoso poema de Günter Grass, y la califica de “histérica”. Hombre, histérica, lo que se dice histérica, sí ha sido la reacción ([el poema es la expresión] “del egoísmo de los así llamados intelectuales occidentales, capaces de sacrificar al pueblo judío en el altar de los locos antisemitas por segunda vez, con tal de vender unos cuantos libros más o logar reconocimiento”, dijo el ministro de Exteriores, Avigdor Lieberman, ese demócrata, ese intelecto) pero, sobre todo, lo que ha sido es significativa de una de las peores pesadillas israelíes: el ostracismo internacional.

El poema de Grass habla por sí solo, que cada uno lo lea y extraiga sus conclusiones. En términos de Oriente Próximo, la mayor parte de lo que dice son obviedades (que Israel es una potencia nuclear, por ejemplo). A veces, sus versos en realidad se dirigen más a su país, Alemania, que a Israel. Ver antisemitismo en Grass por estos versos es caer en las cansinas e interesadas confusiones de siempre que, por ejemplo, convierten en judíos que se odian a sí mismo a gente como Amira Hass, Gideon Levy, Norman Finkelstein y Ilan Pappe y que elevan a racismo intolerable cualquier crítica al Estado hebreo. Es una táctica ya antigua que sólo funciona entre los convencidos. En cualquier caso, la reacción contra Grass (persona non grata en Israel, atroz campaña contra él a nivel mundial, Alemania de nuevo en el diván) no es nueva. Antes que él ya la han sufrido otros escritores e intelectuales, desde Jose Saramago hasta Mario Vargas Llosa, pasando por actores como Alan Rickman por su obra de teatro sobre Rachel Corrie. En lo más duro de la intifada, hice el ejercicio de pedir un libro de Saramago en una prestigiosa librería de Jerusalén Oeste, regentada entonces por una amable mujer amante de la cultura y de las letras. Fue una experiencia muy triste.

No es Grass la primera personalidad que pone al mismo nivel Israel e Irán. No es Grass el primer intelectual que critica al Estado hebreo. Ni siquiera es el primer intelectual alemán, aunque eso ya es más difícil de encontrar. Tampoco es el primer premio Nobel. Sus versos no cambiarán conciencias, no causarán un giro en la opinión pública mundial, ni siquiera en la alemana, no abrirán la puerta a un giro de la política europea o de EEUU sobre Tel-Aviv. Alemania, por decir algo, no dejará de vender submarinos nucleares a Israel por el hecho de que Grass escriba “Ahora, sin embargo, porque mi país / alcanzado y llamado a capítulo una y otra vez / por crímenes muy propios / sin parangón alguno / de nuevo y de forma rutinaria / aunque enseguida calificada de reparación / va a entregar a Israel otro submarino cuya especialidad /es dirigir ojivas aniquiladoras / hacia donde no se ha probado / la existencia de una sola bomba”. Este no es un mundo que vaya a cambiar por unos versos, sólo faltaría, qué nos hemos creído.

¿Entonces? ¿Cuál es el problema? La imagen. El vacío. El reflejo del espejo. A Israel le gusta ir por el mundo y que le den golpecitos en el hombro, la única democracia de Oriente Próximo, la luz entre las tinieblas de Oriente Próximo, el vergel en el desierto. Más que cualquier resolución de la ONU, Israel teme que sus ciudadanos no puedan pisar Londres no sea que los detengan por lo que hicieron cuando estaba en el IDF, que su Maccabi no pueda jugar la Final Four, que sus cantantes no participen en Eurovisión. Boicotéame, que dice Pappe, el espectro de Suráfrica. El peor miedo de Israel, país oriental, es que Occidente se levante y le diga: no eres de los nuestros. Por eso las campañas de boicot son tan virulentamente perseguidas y desprestigiadas y la política de comunicación constituye un pilar tan importante de la política exterior israelí.

Para que luego digan que a nadie le importa la poesía…

PD: Leo, aunque no he logrado encontrar la fuente original, que Grass ha puntualizado que su poema se refería al actual Gobierno y no al Estado de Israel. Es un error clásico que, por ejemplo, también cometió Vargas Llosa en su valiente (y extraordinariamente bien escrito) compendio de artículos. Es un error, porque esta puntualización no salva a los autores mancillados con el estigma del antisemitismo de seguir siendo insultados por doquier (porque ser acusado falsamente de antisemita, de racista, es un insulto) y sí pone en duda el rigor de su análisis. Ahora es el Gobierno de Netanyahu, antes el de Olmert, antes el de Sharon, antes el de Shamir, antes el de Rabin, antes el de Golda Meir… Por este motivo, en muchas ocasiones los análisis más rigurosos, las críticas más honradas proceden de judíos a los que, total, sólo llaman self-hating jews.

@jcbayle

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