El futuro ya está aquí

Hay básicamente tres formas de ver el contencioso que se presume (aún no oficializado) por la intención del Gobierno argentino de expropiar gran parte de la participación de la multinacional Repsol en la petrolífera YPF. Una es una viñeta publicada en Página 12 que ilustra el post (gracias, Sandra), resumida en una postura de petronacionalismo: los recursos naturales de un país pertenecen a ese país, una apuesta por la “soberanía energética” después de haber hecho ondear la bandera de la “soberanía territorial” de las Malvinas. La otra forma de verlo es hablar de petropopulismo boliviariano en Argentina, que un país serio no promueve la inseguridad jurídica de las empresas extranjeras radicadas en su suelo, no vulnera el derecho internacional, no le hace esto a sus socios. Hay, decía, una tercera opción: lo que le faltaba a España, justo ahora la Kichner sale con esto. Y surge el nacionalismo a la inversa: atacar Repsol es atacar a España, por principios pero también por intereses en una hora de máxima necesidad como la actual, en la que si hay algo que funciona en la economía española son las exportaciones y las multinacionales con intereses en el extranjero.

Como suele ocurrir, los conflictos no son tan sencillos como para etiquetarlos en categorías inamovibles o, en este caso, reducirlo a un duelo entre argentinos y gallegos. En este asunto de YPF y Repsol se mezclan muchas cosas, desde las inversiones necesarias en el crucial yacimiento de gas en la zona de Vaca Muerta hasta las propias estratégicas políticas de CFK, pasando por el interés de China en los yacimientos argentinos. Sólo dejo algunos datos que son fáciles de encontrar en la prensa de ambos países estos días: Argentina necesita importar combustible por más de 10.000 millones para sostener su crecimiento, España es el primer inversor extranjero en el país (sus activos suman 17.776 millones), Argentina exporta a España por valor de 2.294 millones de euros, YPF supone para Repsol el 25% de sus resultados operativos, el 40% de sus reservas de hidrocarburos y el 40% de sus inversiones en el 2011. En 1999, la empresa española se hizo con el control de YPF pagando 15.000 millones de dólares durante el proceso privatizador impulsado por Carlos Menem. Y luego están los detalles: oficialmente nada se sabe de las intenciones argentinas con YPF, aunque hace tiempo que ambos países están hablando del asunto; la existencia del proyecto de ley que declara de “utilidad pública” las acciones de YPF la desvelaron Clarín y La Nación, dos diarios enfrentados al Gobierno de CFK.

A mí me llama la atención el momento elegido, la víspera de que en Cartagena de Indias se celebre una cumbre de las Américas vendida como la cumbre del optimismo, el que generan la robusta salud económica de una región, América Latina, que crece mientras EEUU cojea y Europa se desploma en caída libre. “Si jugamos bien nuestras cartas, si ponemos en marcha las políticas correctas y pensamos a lo grande podremos decir después de tantos años que el futuro ya llegó”, dijo el presidente colombiano, Juan Manuel Santos. Optimismo, futuro, esas palabras han huido en globo de Europa (y especialmente de España) y se han exiliado, con su hatillo y su maleta de cartón, en América Latina para prosperar.

Cabizbajos, concentrados en nuestro propio ombligo en crisis, los europeos parece que hayamos olvidado que la prosperidad económica suele ir acompañada de poder político. Es verdad que en América Latina no es oro todo lo que reluce, es cierto que el proteccionismo comercial por un lado y el nacionalismo económico por el otro son irritantes. Pero, como la reciente cumbre en Washington entre Barack Obama y Dilma Roussef puso de manifiesto, los países de la zona ya sólo hablan de lo que quieren hablar, y no de lo que les interesa a estadounidenses y europeos, y, sobre todo, hacen lo que quieren hacer. No están unidos (¿qué continente lo está?), hay dos claros ejes ideológicos y unos cuantos que intentan mediar entre ellos y crear una tercera vía, pero con un promedio de crecimiento regional del 4,9% y un 16% del comercio mundial resulta complicado que los países latinoamericanos piensen más allá de sus propios intereses y los de la región. La referencia, como en tantas otras cosas, es China, y, por ejemplo, su indiferencia a las presiones internacionales sobre la utilización del valor del yuan, cuyas fluctuaciones Pekín retoca siempre a conveniencia.

El final del conflicto entre YPF y Repsol aún no está escrito, pero lo sucedido estos días es un mensaje, otro, de que en lo que a América Latina y sus relaciones políticas, económicas y comerciales con EEUU y Europa se refiere, el futuro ya está aquí.

@jcbayle

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