El cluedo de la Muqata

Dice la cadena Al Jazeera, en un documental al que ha dedicado nueve meses de trabajo, que un análisis de las posesiones de Yasir Arafat (su ropa, el surrealista gorro con el que marchó de Ramala, incluso su kefiya) descubrió restos anormales de polonio en suficientes cantidades como para sostener la tesis de que el emblemático ‘rais’ palestino fue asesinado por envenenamiento. Polonio y en botella, ya que las características del envenenamiento por este elemento químico radioactivo encajan con el extraño y sospechosamente rápido deterioro de la salud de Arafat, primero en la Muqata de Ramala y después en el hospital de París donde fue trasladado y donde acabaría muriendo.

Desde el principio hubo grandes especulaciones, y no sólo en la calle palestina, sobre los motivos de la muerte de Arafat. El asesinato fue, por supuesto, la primera causa de la lista, y más entre los árabes, tan dados a las teorías de la conspiración. Se habló de muchas posibles causas, cáncer, incluso sida. Anna Politkóskaya seguía viva, así que nadie habló de envenenamiento por polonio. Pero ahora ya sabemos que el espía ruso Aleksandr Litvinenko murió tras ser envenenado con polonio, así que las conclusiones a las que llega Al Jazeera suenan, al menos, como creíbles.

Juguemos a que sea verdad, a que Al Jazeera haya identificado al fin la pistola humeante de misterioso caso de la muerte del icono palestino. Aclarado qué mató a Arafat, el siguiente paso sería averiguar quién lo hizo. El primer sospechoso que viene a la cabeza, claro, es Israel, por ganas, por trayectoria histórica, porque ya lo había intentado matar en multitud de ocasiones antes, porque lo de asesinar, incluso con veneno, enemigos es una práctica habitual del Estado hebreo… El primer ministro entonces era Ariel Sharon y todo el mundo sabe que lo suyo con Arafat ya era personal. Sobran los motivos, que diría aquel.AUTOR: JOAN CAÑETE BAYLE

Y sin embargo… ya entonces e incluso ahora, que sabemos qué es lo que sucedió después, tengo mis dudas de que a Israel le beneficiara la muerte de Arafat. El 2004 fue un año tremendo: en marzo Israel mató al líder espiritual de Hamas, el jeque Ahmed Yassin, y en abril a su sucesor, Abdelazziz Rantisi. Gaza se había convertido en el principal campo de batalla de la intifada (lo cual no significa que en Cisjordania no hubiera violencia, pero nada parecido a lo del 2002), y el pulso al menos sobre el terreno era entre Israel y Hamás. De hecho, políticamente Arafat ya era un cadáver: Sharon ya tenía en su poder la carta blanca de George Bush y en la mente del primer ministro israelí una palabra ya danzaba: unilateralismo. En febrero de aquel año Sharon anunció su idea de desmantelar las colonias de Gaza, y en Cisjordania el muro empezaba a dibujar con trazo grueso una frontera más allá de la Línea Verde.

La figura clave de la política unilateral impulsada por Sharon (cuyas consecuencias en términos de bloqueo de la situación vemos hoy) no era otro que Arafat. Diplomáticamente hablando, la tremenda operación militar del 2002 en Cisjordania (la ‘Defensive Shield’) dejó imágenes para el recuerdo (la destrucción del campo de refugiados de Yenín, los asedios de la Basílica de la Natividad de Belén y del propio Arafat en la Muqata de Ramala) y dos grandes consecuencias: la destrucción de facto de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), convertida en una muerta andante desde entonces, y que Israel logró que Arafat fuera considerado irrelevante en la esfera internacional. El ‘rais’ se encerró en la Muqata, de donde ya no saldría más que para ir a morir a París, y Occidente le impuso un primer ministro, primero Mahmud Abbas y tras su dimisión en septiembre del 2003, Ahmed Qurei. Ambos, más el primero que el segundo, expresaron su frustración de que Arafat no les dejaba trabajar, lo que azuzaba el discurso de Sharon de que Israel no tenía un ‘partner’ entre los palestinos y de que, por tanto, se imponían las políticas unilaterales. En este sentido, Arafat era necesario. De hecho, ya con Abbas de presidente de la ANP Sharon tuvo que buscar otros motivos para continuar con la tesis del ‘there is no palestinian partner’. Hamas ocupó ese papel.

Pero, si no fue Israel, ¿quién mató a Arafat? En la arena palestina sobraban los candidatos. La Muqata, convertida en un Gran Hermano a lo árabe de decenas de hombres encerrados allí sin apenas salir, era un zoco de intrigas. El gusto de Arafat por enfrentar a sus hombres se le había ido de las manos, y latente germinaba ya el pulso que marcaría de forma inevitable la política palestina tras su muerte, el enfrentamiento entre Hamas y Al Fatah. En la franja había una guerra entre los islamistas y Mohammed Dahlan, y las dos partes tenían cuentas personales con el ‘rais’. Para los islamistas, por ejemplo, y como se demostró después, su presencia era lo único que los separaba del poder, al menos en Gaza. En Cisjordania mucho barones de Al Fatah tenían motivos para sentirse humillados, y las nuevas generaciones, ninguneadas y frustradas.

Dentro de Al Fatah, para muchos Arafat era un estorbo político: su estilo de dictador árabe de gestionar la ANP, la corrupción que había germinado a su sombra, los sueldos a los funcionarios que pagaba personalmente con sobres… también sobraban los motivos para pensar que su incidencia en el día a día era más negativa que su valor como icono. Si se hubiera apartado, si hubiera aceptado ser un presidente florero, simplemente el símbolo, hubieran podido hacerse con más facilidad según qué políticas que demandaba Occidente y que muchos palestinos (Abbás, por ejemplo) creían que era la única salvación posible para la causa palestina. U otras políticas que Occidente no quería ver ni en pintura pero que muchos palestinos creían que era la única vía digna que le quedaba al pueblo palestino dada la situación de la intifada. Pero Arafat no era de los que se apartaban.

Israel no puede descartarse nunca, pero si Al Jazeera tiene razón yo buscaría en el cluedo de la Muqata la mano que suministró el plutonio (quién se lo dio a esta mano es otra historia, el plutonio no crece junto a los olivos de Cisjordania). En caso de que fuera asesinado, la de Arafat fue, como tantas y tantas otras en Oriente Próximo, una muerte inútil. Nada cambió tras su desaparición en la dinámica del conflicto, si acaso se confirmaron algunas ideas que Arafat manejaba entonces, como que el unilateralismo israelí no beneficiaba a los palestinos y que la política de Abbás de hacer los deberes no serviría para nada porque si algo sabe hacer Israel es ir poniendo más deberes, con la aquiescencia de EEUU. Con la perspectiva del tiempo, y más allá del indiscutible peso icónico de Arafat, creo que su muerte lo único que hizo es ponerle fecha simbólica al fin de la ANP como institución más o menos viable, y con ella a la segunda Intifada. Cerró una etapa, la de Oslo, y abrió otra, en la que nos encontramos, que con la perspectiva del tiempo tal vez sea considerada un valle entre montañas.

PD: “En árabe, el signo de la ‘V’ es el número siete. “¿Qué quiere decir Arafat cuando sale a la puerta de la Mukata y hace la uve con las manos?”. “El toque de queda se levanta de siete a siete”. Es un chiste de Cisjordania, popular en los últimos años, los del asedio de Ramala. En eso acabó Yasir Arafat: en un viejo chiste que los propios ríen con cariño y que los ajenos odian por repetido. Ninguneado por Israel y Estados Unidos, el Yasir Arafat de los últimos años representó el estado de su pueblo: moribundo, asediado, ignorado y dependiente de Israel hasta para ir al médico. La suya ha sido la muerte más triste para un símbolo”.

@jcbayle

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