Desde la Entidad Ibérica

Si yo fuera corresponsal extranjero en España (o Catalunya, o esta Entidad Ibérica, o como a cada cual le guste llamar al territorio que va de los Pirineos al Ebro y sigue hasta Gibraltar) y tuviese que explicar lo que está sucediendo con el lujo del observador externo diría que la crisis económica como mucho ha acelerado el proceso que se vive en Catalunya, pero que no es la causa y ni siquiera lo explica, que las balanzas fiscales a lo máximo a lo que llegan es a reforzar un movimiento que lleva tiempo larvándose en la sociedad catalana.

Si yo fuera corresponsal extranjero diría que la crisis es política, ni más ni menos, y que nace en la Transición, que de aquellos polvos escondidos bajo la alfombra vienen estos lodos. Estamos presenciando el fracaso del café para todos, o mejor, la consecuencia del fracaso del café para todos. El sistema autonómico murió el día en que el PP llevó al Constitucional el Estatut catalán, y sólo el Estatut catalán, tras organizar una campaña de recogida de firmas en su contra en toda España.

Si yo fuera corresponsal extranjero diría que nadie le dio nunca ninguna oportunidad al sistema autonómico. Nació mal, y se desarrolló peor. Los nacionalistas entraron de inmediato en la espiral del Peix al cove, de la confusión de la parte (CiU) con el todo (Catalunya) y del uso de su peso en el Parlament para arrancar concesiones que nunca tenían fin. Cada pacto ha sido sólo el prólogo del siguiente proceso negociador en una espiral sin fin. Los partidos españoles desde el primer día dejaron claro que la Constitución sólo se interpretaría de forma abierta bajo absoluta necesidad y presión nacionalista. Y ni así. Extorsionadores, gritaron unos. Expoliadores, dijeron los otros. Y España pasó a ser Expaña, perdidos entre todos los papeles de Salamanca.

Si yo fuera corresponsal extranjero diría que a perro flaco todo son pulgas, y que este envite catalán que entre todos se han buscado por su mala cabeza llega en el peor momento para todas las partes. Para España, porque, al margen de la demoledora crisis económica que todo lo impregna, vive una profunda crisis política y social de varias caras. Hay una profunda crisis institucional que nace en el Jefe del Estado y que contamina al poder judicial, al legislativo y al ejecutivo. También hay una crisis del sistema de partidos políticos, convertido ‘de facto’ en un sistema bipartidista que tiene una doble consecuencia: inmovilismo en los temas cruciales, como la reforma de la Constitución y la estructura del Estado; y la imposibilidad del consenso en aspectos que deberían estar fuera de la ideología, como la educación o derechos como el aborto. Hay cosas que no hay manera que se muevan y otras que no hay forma de que permanezcan estables, y la causa en cambos casos es el bipartidismo. Y hay una crisis de valores e incluso moral, con un paro juvenil por las nubes tras una época que elevó a los altares el enriquecimiento rápido por delante de conceptos como la educación, el sacrificio y el esfuerzo.

Si yo fuera corresponsal extranjero diría que esta debilidad en la que se encuentra España no beneficia, en contra de lo que dicen los independentistas, a la causa de una Catalunya independiente. Porque no hay salida dialogada sin platos rotos si no hay con quien dialogar, y en Madrid no hay nadie con autoridad y ni siquiera poder con el que hablar de nada.

Si yo fuera corresponsal extranjero diría que resulta sorprendente y hasta entrañable, si no fuera tan peligroso, estos Mundos de Yupi en los que se ha instalado Catalunya desde el 11-S, un País de les Maravelles en el que los medios de comunicación públicos (y muchos privados) mecen a la opinión pública con un discurso naíf, inocente. Un lugar en el que se habla de divorcios a la checoslovaca, se añora la amplitud de miras de Londres (ejem) con Escocia, se anuncia que los perros se atarán con fuets cuando llegue la independencia porque en realidad las empresas catalanas no dependen tanto del resto de España como podría parecer, se anuncia un país sin Ejército y en la UE (o no, qué más da) y relaciones privilegiadas con España, porque ir solo no implica que no quiera saberse nada de los amigos españoles, que la liga de fútbol española estará encantada de contar con el Barça y que en el Benito Villamarín y en Zorrilla recibirán al equipo con pétalos de rosas rojigualdas. Es sólo fatiga, tenéis que entenderlo, dicen. Como si históricamente esto fuera tan fácil, así de sencillo, como si Madrid fuera Praga y Barcelona Bratislava, como si quitarle a un país el 20% de su PIB (sólo por ponerlo en términos económicos) se hiciera con un apretón de manos y un quedamos esta noche para tomar una copa.

Si yo fuera corresponsal extranjero diría que el catalán siempre se ha caracterizado por su pragmatismo, no por ser un iluso. Y que alguien debería ser responsable y explicar que los divorcios suelen ser un asunto muy feo.

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