Obama debe decidir qué quiere ser de mayor

Las lágrimas están bien. Y más si uno es presidente de Estados Unidos: hay que dar imagen de empatía. Las lágrimas, hay que admitirlo, aún están mejor si son sinceras, como es el caso de las que derramó Barack Obama al expresar sus condolencias a las familias de las víctimas del atroz tiroteo de Connecticut. Lloraba el presidente de Estados Unidos pero también el padre de dos niñas. Pero hay una cosa mejor que las lágrimas: intentar hacer todo lo que está en tu mano para que no vuelvan a derramarse.

Es obsceno, por elegir un término suave, el desfile de políticos estadounidenses que ofrecen sus pregarias y sus condolencias a las víctimas de los tiroteos indiscriminados para añadir, a continuación, que no es el momento de hablar sobre el control de armas y la Segunda Enmienda de la Constitución. Es vergonzoso y una dejación de responsabilidad en un país que tiene el papel de la prensa en tan alta consideración ver, leer y escuchar a la gran mayoría del periodismo `mainstream¿ estadounidense tratar hechos como el de Connecticut como si fuera algo inevitable, como si se tratara de un desastre natural, un huracán o algo así. “Well sir I guess there’s just a meanness in this World”, que canta Springsteen. Y ante esta maldad, nada se puede hacer salvo preguntarse cómo reforzar la seguridad en las escuelas. Cómo un chico en la veintena tiene acceso a un fusil y dos pistolas y si eso es razonable no parece ser una pregunta procedente en el discurso `mainstream¿.

Matanzas de este tipo reabren el debate de las armas en EEUU, solemos decir la prensa europea, y nunca es así porque ese debate en realidad casi no existe. Veremos qué pasa ahora cuando los muertos son una veintena de niños de primaria que estaban en clase. Unos datos: hay 90 armas por cada 100 ciudadanos estadounidenses, y desde mediados de los años 90 ha habido más tiroteos en centros educativos de EEUU que en todos los países del resto del mundo juntos, lo cual incluye zonas de conflicto. En este 2012, ha habido dos de los tiroteos más sangrientos de la historia del país.“Hemos escuchado toda la retórica antes. Lo que no hemos visto es liderazgo, ni desde la Casa Blanca ni el Congreso”, se ha lamentado el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, destacada voz a favor del control de las armas.

Al margen de llorar, animar a rezar y expresar sus condolencias, en su discurso Obama llamó a la sociedad estadounidenses a unirse y a tomar“acciones significativas para evitar tragedias como esta, al margen de la política”. Obama debe decidir qué quiere ser de mayor: un presidente pusilánime en unos tiempos convulsos que casi no dejó huella y que decepcionó las altas expectativas generadas a su alrededor (su primer mandato) o por el contrario un líder, un dirigente que lucha para al menos desencadenar cambios decisivos que su país necesita a nivel interno y externo aunque él no tenga tiempo de llevarlos a cabo.

La masacre de Connecticut es, en este sentido, una prueba decisiva. El Obama del primer mandato balbuceará generalidades, llorará, rezará, tal vez escenificará un encuentro con los Republicanos y poco más. La Segunda Enmienda es un tema sagrado en EEUU, de imposible consenso, y para revocar este texto redactado y pensado para la sociedad del siglo XVIII que genera niños muertos en el siglo XXI hace falta una voluntad política de hierro, un talante casi suicida, convicciones y princioios. La Asociación Nacional del Rifle es uno de los mayores lobis del país, y el Partido Republicano, instalado en esa irracionalidad que tanto daño le hace al GOP y al país, no sólo no ayudará sino que se opondrá frontalmente. Además, si en EEUU las fronteras entre progresistas y conservadores siempre son difusas, el tema de las armas es intrínsecamente transversal: no hay ideología cuando de la Segunda Enmienda se trata.

Un presidente de EEUU no puede revocar la Segunda Emienda. Probablemente tampoco puede legislar sobre control de armas sin inmiscuirse en las competencias de los estados. Cualquier iniciativa legal será difícil, espinosa y acabará en el Tribunal Supremo, en una guerra legal, social y política mucho mayor que la de la reforma sanitaria. Pero EEUU ya ha librado combates de este tamaño: contra la esclavitud, por los derechos civiles, contra el nazismo y el fascismo. Y en cada una de estas guerras ha tenido líderes (Abraham Lincoln, Martin Luther King) que han tomado la bandera a pesar de los riesgos y peligros (en algunos casos físicos, no sólo políticos) que ello suponía.

Obama está ahora en el segundo mandato. Ya no puede ser reelegido. No es que se espere de él un bandazo o una revolución, sino un cambio de discurso, preparar el terreno para que en algunos ámbitos pueda darse una política diferente. Instalado por encima de las servidumbres de la política que implica tener cita con las urnas, ¿qué quiere ser Obama de mayor? ¿Cómo quiere pasar a la historia? Connecticut nos lo empezará a decir.

 

Artícul publicado en El Periódico de Catalunya el 15 de diciembre del 2012

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