La ‘auctoritas’ israelí en un conflicto muy sencillo

Admito que me da pereza ponerme a debatir sobre los argumentos, por llamarlo de alguna forma, con los que Antonio Muñoz Molina ha justificado su decisión de recoger el premio Jerusalén de literatura. Para alguien que dijo que una de las tareas de los escritores es “luchar contra los clichés y los estereotipos”, sus justificaciones son un cúmulo de lugares comunes y frases hechas (esa sociedad israelí tan “abierta y plural”) que me causan eso, pereza. Zanjaré el tema diciendo que no puedo estar más de acuerdo con el extraordinario escritor: en España existe poco conocimiento de Israel y el que hay está lleno de estereotipos. Él es un perfecto ejemplo.

Perdón, antes de zanjarlo: en referencia a la carta que le hicieron llegar los intelectuales favorables a la  campaña de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) en la que le pedían que no acudiera a Jerusalén, Muñoz Molina dijo: “Cuando uno recibe una carta llena de estereotipos piensa que podrían haberse esforzado un poco más”. Dicho por alguien que reclama más conocimiento sobre el conflicto sin haber pisado los territorios palestinos ni haber hecho ningún esfuerzo por escuchar a una de las dos partes, no me queda más que decir que son peculiares esfuerzos, los suyos, por no hablar de la viga, la paja y el ojo ajeno.

Lo dicho, pereza. Hay, sin embargo, dos aspectos del discurso justificativo de Muñoz Molina respecto su presencia en Jerusalén que sí quisiera comentar. El primero es una frase gloriosa por todo lo que encierra: “No conozco a nadie que sea más lúcidamente crítico de lo que hace Israel que muchos israelíes”. Yo sí: los palestinos. Muchos palestinos, desde gente común que sufre la ocupación a diario hasta intelectuales que teorizan sobre ella y la combaten en el plano de las ideas y la acción política.

Es esta una postura muy habitual: la ‘auctoritas’ del conflicto recae, a ojos de Occidente, en los israelíes. Nadie puede ser más “lúcidamente crítico” con la ocupación israelí que un… israelí; nadie sabe mejor que un israelí cómo piensa un palestino, o cómo sufre la ocupación; o cómo ama, o cómo odia, o cómo vive. Ningún cineasta mejor que un israelí para mostrar en la gran pantalla la vida diaria en los territorios ocupados; ningún escritor, mejor que un israelí, para explicar cómo vivían los árabes bajo el Mandato británico. ¿Hay que hablar de la gestión del agua en los territorios? Expertos israelíes. ¿Del fenómeno de los suicidas en la intifada? Expertos en seguridad israelíes. ¿De las luchas internas palestinas? Analistas israelíes. ¿De la vulneración de los derechos humanos en los territorios? ONG israelíes. ¿Del papel de la mujer en la lucha contra la ocupación? Feministas israelíes. ¿Del hummus y el babaganush? Cocineros israelíes.

A esto se le llama mentalidad colonialista. Profundamente en la psique occidental descansa la idea de que “los israelíes son como nosotros” (de hecho, muchos de ellos lo son, ya que ellos o sus padres o abuelos hicieron la ‘aliya’). De ahí que su opinión valga más que la de los palestinos, que la de los árabes. Hasta el punto de que los palestinos, –sus ONG, sus académicos, sus artistas– no son referente ni fuente de autoridad ni siquiera en ser propalestino ni en conocer los efectos de la ocupación en los territorios ocupados.

Lo segundo: esa idea de que el conflicto es muy complicado, de que no es tan sencillo como esa panda de simplones propalestinos lo presentan, esos  estereotipos de los que habla Muñoz Molina, que él no se ve en sí mismo porque ha hablado con gente que de verdad sabe de esto (israelíes, o al menos proisraelíes, por supuesto, me atrevo a deducir). Gente que no usa argumentos simplones, como el del boicot, o el de la ocupación, sino más complicados: que esto va de dos pueblos que tienen el mismo derecho sobre la misma tierra, por ejemplo. O que la “ecuación es sencilla, y por lo tanto halagadora. O se es proisraelí o se es propalestino; israelí=malo; palestino=bueno; proisraelí= de derechas; propalestino=izquierda”, escribe Muñoz Molina, que también escribe esto: “Pero la realidad es mucho más compleja: tanto que por poco que uno se asome a ella resulta ultrajante la reducción de todo un país a unos cuantos lugares comunes, a los términos excluyentes de lo uno o lo otro. Yo no creo que haya que elegir entre estar con los israelíes o estar con los palestinos. Estar a favor de los unos implica necesariamente defender a los otros, porque sólo un acuerdo justo y practicable puede garantizar el porvenir de Israel y el de Palestina” (?)

Lamento decir que la realidad no es nada compleja. Al contrario, este es un conflicto muy sencillo: hay unos territorios ocupados, unos refugiados, unas vulneraciones de los derechos humanos y una resistencia, en algunos casos armada e indiscriminada, en otros pacífica, a esta ocupación que hace décadas que dura. Y sí, lo siento, hay unas víctimas y unos culpables. Esto es tan sencillo que a muchos intelectuales que huyen de estereotipos y de la simplicidad de la realidad les cuesta mucho asumirlo. “¿Cómo va a ser tan fácil?”, se preguntan. “Israel no puedo hacerlo todo mal”, argumentan, escandalizados. “Los palestinos no son tan buenos y los israelíes, tan malos, no puede ser. Algo habrán hecho mal los palestinos, ¿no?”.

Sí, llevar minifalda y vestirse como una puta.

Si cualquiera hace algo que Muñoz Molina no ha hecho, que es hablar con israelíes y palestinos de a pie, le dirán lo mismo. Los israelíes, que el conflicto es una cosa muy complicada, que ambos tienen derecho a la misma tierra, que el antisemitismo, que los palestinos no pierden la oportunidad de perder una oportunidad, que el control árabe de la ONU, que Irán, que Arafat… Los palestinos, que esto es muy sencillo: “¿ve estas llaves? Son de la casa de mi abuelo en Haifa”. Tremendo estereotipo.

Un estereotipo más para acabar: ¿quién suele decir que un conflicto que ha derivado en violencia es más complicado de lo que parece? ¿El verdugo o la víctima?

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