La económica no es la peor de nuestras crisis (un desahogo)

Si yo fuera corresponsal extranjero en España, escribiría que la crisis económica, siendo como es gravísima, es la menos importante de las crisis que sufre este país. Intentaría explicar que somos un país enfangado en la corrupción política y que esta es parte indisociable (el palco del Bernabéu; los ‘300 senyors de Barcelona’) de la crisis económica. También diría que estamos inmersos en una crisis institucional (de los tres poderes; de las administraciones desde la jefatura del Estado hasta los ayuntamientos; de los partidos, sindicatos y patronal) que es causa, y no consecuencia, del desastre económico. Afirmaría que vivimos una crisis ética y moral que hace tiempo que se arrastra (el desprestigio del esfuerzo y el mérito; el triunfo de la cobardía escondida de prudencia sobre la justicia simbolizada en la Transición, la gran alfombra bajo la que esconder la suciedad) que es origen y no efecto de la depresión económica. Si yo fuera corresponsal extranjero en España, querría decir tantas cosas que me quedaría sin papel, sin palabras, sin ‘scroll’ en la pantalla del ordenador para tanta, con perdón, mierda.

Diría que los partidos políticos en este país hacen de todo (repartidores de cargos; tráfico de influencias; oficina de colocación; garantizar una carrera profesional desde el primer curso de universidad hasta la jubilación) menos política. Que los ciudadanos durante años hemos confundido políticos con política y hemos seguido a pies juntillas el consejo del dictador: no nos hemos metido en política, dejando en manos de los profesionales lo que era obligación del ciudadano. Que somos un país que ha tenido siete leyes educativas en democracia, que no habla un inglés merecedor de ese nombre y que ha convertido en la universidad en una extensión de la enseñanza secundaria. Que somos una sociedad en la que el estudiante que saca buenas notas es objeto de burla y el pillo, de popularidad; que aplaude al pícaro y ve con recelos al que gana dinero; que tiene una cultura del trabajo que no entiende que la principal víctima del escaqueado es su compañero y una cultura del empresariado basada en la explotación. Que la pregunta no es cuánta gente trabaja en negro, sino cuántos lo hacen en blanco. Que tenemos unos horarios laborales demenciales y, sin embargo (o tal vez por eso), una productividad ridícula pero no pasa nada, coño, o es que en la Finlandia esa tienen este sol, las tapas y las terrazas, ¿eh?

Intentaría explicar que nuestra corrupción es consecuencia de nuestra mala cabeza (política), que a diferencia de otros países aquí no necesitamos untar al funcionario para tramitar nada y que, por tanto, no estamos hablando de una cuestión intrínsecamente cultural que enfangue todas las capas sociales y de la administración pública, sino de una escandalosa falta de control, responsabilidad y madurez políticas. Más ‘checks and balances’ y menos protestantismo, vamos, más democracia, transparencia, supervisión y control y menos poder para las cúpulas de los partidos.

Diría que, sólo en lo que va de año, en este país se han suicidado siete personas por motivos vinculados a la crisis, sobre todo la pérdida de la casa por no poder pagar la hipoteca, y que, pese a ello, el partido en el poder sólo tramitó una ILP por la dación en pago con el apoyo 1,4 millones de firmas cuando hizo el cálculo que de el ‘no’ tal vez dañaría su ya de por sí maltrecha imagen. Que lo hizo pensando en el qué dirán y las encuestas, no en la democracia. Explicaría que en un lugar que se llama Catalunya y que ha iniciado un proceso hacia la independencia siete personas han perdido un ojo en cuatro años a causa de material antidisturbios y literalmente no ha pasado nada. En serio, no ha pasado nada. Bueno, sí, que se ha puesto tanto en duda la historia de la última víctima que tan sólo ha faltado llamarla en público mentirosa y acusarla de haberse quitado ella misma el ojo por antipatriota (catalana).

De todas formas, no sé por qué me extraño si este es el país que aún mantiene las fosas comunes en los arcenes en nombre de la convivencia y que da lecciones de transiciones de una dictadura a la democracia; que permite el robo de los ahorros de los ancianos que invirtieron, engañados, en acciones preferentes en nombre de la estabilidad del sistema financiero; que bautizó una ley fiscal con el apellido de un futbolista inglés; que ve brotes verdes donde sólo hay miseria, y que se después de una década intentado enviar a sus ancianos a geriátricos ahora recurre a sus menguantes pensiones para sobrevivir. Un país en el que no todo es malo, donde hay gente lista, inteligente, trabajadora, pundonorosa, responsable, talentosa, cívica y emprendedora, tantos como en cualquier otro lugar, pero que no entiende que ese no es el problema: que el talento individual, por grande que sea, no sirve para nada en términos colectivos si no se dan las circunstancias y las estructuras adecuadas.

Un país que si aguanta, que si no arde por los cuatro costados, es precisamente porque es mediterráneo y, por tanto, tiene una vasta red informal de solidaridad familiar, un estado del bienestar de emergencia.

Un país que se encuentra en una encrucijada: en el punto en el que estamos, la moneda puede caer del lado de la una regeneración democrática sana, de abajo hacia arriba, o bien del contrario, en la cancha del populismo salvapatrias. Tenemos que elegir si miramos hacia el Norte o hacia Italia. De si pasamos de indignarnos en Twitter a hacer algo útil en la calle depende.

Me temo que si yo fuera corresponsal extranjero me despedirían por hablar mucho de política y poco de economía.

Por escribir desahogos en lugar de crónicas.

@jcbayle

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3 pensamientos en “La económica no es la peor de nuestras crisis (un desahogo)

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