Las 17 balas de Iman al Hams

Es ver la foto que un francotirador del Ejército israelí ha colgado en Instagram (un niño en la mirilla de su fusil) y acordarme de Iman al Hams, una niña de 13 años que murió en Rafah en octubre del 2004 después de que un capitán del Ejército israelí, al que se conoció durante todo el proceso como capitán R., vaciara en su cuerpo un cargador entero de su arma. 17 balas se encontraron en el cadáver de la niña. Empecemos por el final: tras un largo proceso de investigación interna en el IDF y un juicio militar, el capitán R. acabó… ascendido a mayor.

La muerte de Iman sucedió en plena operación Días de Penitencia, una fuerte ofensiva militar israelí en la franja de Gaza oficialmente como respuesta al lanzamiento de cohetes Qassam en Sderot que causaron, entre otras víctimas, la muerte de dos niños israelíes. Eran los meses anteriores a la salida de los colonos de Gaza, y por aquel entonces el vocabulario bélico en la franja hablaba de una “franja de seguridad de nueve kilómetros” y “desmantelar las infraestructuras terroristas” antes de la evacuación forzosa. Eran tiempos muy duros en Gaza, desde Beit Janún en el norte hasta Rafah en el sur. Entrar en la franja durante los ‘días de penitencia’ nos costó a los periodistas un día entero de espera en Erez y una desagradable aventura nocturna entre tanques rodeando Jabalia, el epicentro de la resistencia, con cambio de coche a medio camino incluido.

Iman al Hams.

Iman al Hams.

La foto de la mirilla.

La foto de la mirilla.

Rafah, por aquel entonces, era un Beirut de los tiempos de la guerra civil en miniatura. Un muro –protegido por torres de control en los que se apostaban los tiradores del IDF– separaba la franja de Gaza de Egipto. A esa zona se le llamaba la Ruta Philadelphi y, en virtud de  los acuerdos de Oslo, Israel controlaba la seguridad. Bajo tierra, decenas de túneles de contrabando conectaban Egipto con Rafah. Las puertas de acceso a los túneles se escondían en las casas situadas frente al muro y los tiradores israelíes. En aquellos años, un castigo habitual era destruir las casas. Por eso, la anchura de la Ruta Philadelphi no hacía más que crecer, como puede verse en estas  fotos que formaron parte de un informe de Human Rights Watch. Las fachadas de las casas que quedaron en pie estaban agujereadas por centenares de impactos de bala (de nuevo el recuerdo de Beirut). Rafah era un lugar muy peligroso: a las continuas incursiones militares israelíes (entonces, el IDF estaba dentro de la franja de forma permanente y tenía incluso grandes ‘check points’ de infausto recuerdo, como el de Abu Holy en Jan Yunis) había que sumársele los ataques de los milicianos palestinos contra las tropas israelíes y los disparos de los francotiradores del IDF desde las torres. Cruzar una esquina de Rafah a destiempo podía suponer perder la vida; más de un rechace perdido en un partido de fútbol jugado entre polvo por decenas de niños descalzos acabó en tragedia.

Es en este contexto que Iman al Hams, mochila a la espalda, se adentró en una zona de nadie cercana a la Ruta Philadelphi. Según las grabaciones de sus conversaciones, los soldados la reconocieron por lo que era, una niña (uno dijo que estaba “muerta de miedo”). Dispararon contra ella (oficialmente, porque temían que llevara explosivos en la mochila) y, después, el capitán R. y un grupo de soldados acudieron hasta ella. El oficial, entonces, vació sobre Iman el cargador  de su arma cuando la niña yacía en el suelo y no se había comprobado si estaba viva o muerta. Es lo que se conoce como “confirmar la muerte”, una práctica habitual en el IDF “para eliminar amenazas terroristas”.

Hubo un considerable revuelo, y el capitán R. pasó por dos investigaciones internas, un tribunal militar y una investigación de la policía militar. Fue un proceso complicado, en el que no se le acusó de la muerte de la niña sino de cuestiones menores, como un mal uso de su arma de fuego, conducta impropia de un oficial y pervertir el curso de la justicia al pedir a sus soldados que cambiaran su versión de los hechos. Hubo acusaciones de racismo, ya que el capitán R, era druso y los hombres bajo su mando, judíos, pero el caso acabó en nada. Fue, como denunciaron varias ONG internacionales, un caso de libro de la cultura de la impunidad en el IDF.

Es por eso que es ver la ya famosa foto de Instagram que tanto revuelo ha causado y acordarme de Iman al Hams. Hubo testigos palestinos que dijeron que la niña se había perdido; hubo analistas y militares israelíes que dijeron que estos errores ocurren en una zona de guerra. Puede ser, aunque cuesta creerlo; “es una niña muerta de miedo”, recordemos que dijo un vigía por la radio. Aun así,  aceptemos que puede ser; es cierto que todo palestino sabía que acercarse a la Ruta Philadelphi equivalía a jugarse la vida (a pesar de que sus límites no hacían más que cambiar a golpe de excavadora y, por tanto, eran difusos). Bajo la presión de la guerra estas cosas suceden. Es más, en un entorno como el del conflicto entre palestinos e israelíes y lo que supone servir en el IDF pueden suceder aún más (sólo hay que leer los relatos de Breaking the Silence). Los errores, por llamarlo de alguna forma, ocurren; la locura, criminalidad, deshonestidad, etcétera, de un individuo dentro de una organización no puede controlarse por completo.

Vale.

El problema es después. ¿Qué sucede después? Es esta pregunta la que marca el estándar de actuación de una organización. En el caso del IDF es un nivel de exigencia muy bajo. Según datos correspondientes a 2009-2011 de la ONG israelí Yesh Din, el 2,5% de las investigaciones internas del IDF acabaron en alguna sanción. En el 2012, ninguna de las 240 quejas acabó en sanciones. Ninguna.

Lo que es significativo, por tanto, no es que un soldado israelí apunte por la mirilla de su fusil a un niño palestino. Ni siquiera que lo fotografíe. Lo que es significativo respecto lo que ocurre dentro de ese Ejército es que no tenga ningún reparo en publicarlo. Es posible que un individuo (en este caso un soldado) haga algo tremendamente prohibido, tabú en una organización (en este caso el IDF). Lo que seguro que no hará, además, es fotografiarlo y publicarlo. A no ser que su acción no sea tan contraria a las normas. Es decir: Si un soldado  ha hecho algo así y no sólo no lo oculta sino que, orgulloso,lo publica en internet, es porque a nivel interno el supuesto acto tabú no es ni tan grave ni un hecho tan aislado. Y por supuesto, porque no teme demasiado la consabida investigación interna.

Tras la absolución del capitán R., Samir al Hams, padre de Iman, dijo: “Nunca hubo la intención de condenarlo a pesar de que disparó contra mi hija tantas veces. Esto fue el asesinato a sangre fría de una niña. ¿Cuál es el mensaje? Le están diciendo a los soldados que maten niños palestinos”.

Una vez acabado el proceso legal, el capitán R., al margen de ser ascendido a mayor, recibió una compensación de unos 17.000 dólares por los gastos de su defensa.

@jcbayle

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