Astenia primaveral

Cansado de estar cansado, harto de estar harto, leo los discursos de Barack Obama en su primer día de visita a Israel, veo los gestos, los brazos abiertos, la sonrisa franca, y no me enfado; tan sólo me entristezco. No me embarga ninguna indignación, sino tan sólo una suerte de astenia primaveral (cuestión de fechas, supongo), una fatiga existencial, un encogimiento de hombros. No cabe ya ni una gramo más de ira, ni  un ‘basta ya’, ni un ‘puñetazo en la mesa’, ni un ‘voy a desahogarme ante tanta sandez’. No, qué va. Tan sólo una apesadumbrada aquiescencia, un ‘ya lo sabía’ trocado en un ‘ya me lo temía’. Un ‘qué pena’ murmurado muy adentro, donde apenas se oye, donde casi no lo oigo ni yo mismo.

Podría, claro que sí, rebatir las palabras de Obama, indignarme con ellas. Recordarle que su “encantador” anfitrión, Shimon Peres, sería considerado un criminal de guerra si se envolviese en cualquier otra bandera que no fuera la de la Estrella de David. Podría denunciar de nuevo la prostitución de la palabra ‘paz’ de tanto (mal)usarla, manosearla, toquetearla. Podría recordarle a Obama que si los niños israelíes quieren vivir libres de cohetes, los palestinos simplemente quieren vivir.

Es más, podría tirar de memoria, rebuscar y reescribir la historia de algunos de los niños palestinos (Ahmed, Nidal, tal vez Mohammed, por supuesto, o mejor, Iman al Hams) a los que he conocido y ponerla como ejemplo de cuán cruelmente equivocado está Obama, de cuánto duelen sus palabras entre las auténticas víctimas del conflicto de Oriente Medio. También podría, retóricamente, recomendarle al presidente estadounidense un paseo por el nuevo campamento de Bab al Shams, o mejor, por la calle Shuhada de Hebrón o por la misma ‘casbah’ de la ciudad, ejemplo aberrante de cómo se entiende un acuerdo de paz en Tierra Santa. O podría enviarlo a dar una vuelta por el campo de refugiados de Yenín, o mejor aún, a que intentara cruzar por Hawara con su nombre completo, Barack Hussein Obama, y sin su pasaporte americano, a ver qué pasaba, a ver a qué sabe la paz de Peres.

Podría citarle a Rosa Parks, y decirle que hay decenas, centenares de ellas en las cárceles israelíes o con hijos y maridos encerrados en ellas. Podría citar cualquier discurso de Luther King, o de Malcom X, o incluso los del propio Obama, ya sabéis, “It was whispered by slaves and abolitionists as they blazed a trail toward freedom through the darkest of nights. Yes we can”, pero me da pereza, dichosa astenia primaveral. Ni siquiera me apetece usar como boomerang el discurso de El Cairo.

Podría intentar revelarme contra esta apatía que me embarga al ver aterrizar el Air Force One en el Ben Gurion, el lugar donde para mi desdicha me enseñaron a odiar los aeropuertos. Podría, no sé, volver a explicar que al fin y al cabo Obama es americano, citar a Norman Finkelstein para explicar los orígenes de la “eterna alianza entre EEUU e Israel”, recordar a Chomsky cuando dice que nos nos engañemos, que no es Israel quien marca las políticas de EEUU sino EEUU quien marca las de Israel, qué nos hemos creído. Releer a Mearsheimer y Walt para llevarle la contraria.

Podría insistir en que todo esto es una farsa, que el sintagma “Gobierno extremista israelí” es una redundancia, que la ANP ya no existe, que Abú Mazen es un espantapájaros, que lo de los dos Estados es un absurdo, que no existe proceso de paz ni nada que se le parezca.

Podría.

Pero no.

¿Para qué? Obama ya sabe todo esto. Ese es el problema con él: que más que una decepción, es un fraude intelectual. De ahí que no haya más opción que dejarse llevar por la astenia primaveral.

No sin antes apuntar, eso sí, que de esta forma, abrazado a Shimon Peres, es como recordarán a Obama los libros de historia…

@jcbayle

PD: …Antes de caer presa del síndrome de exdirector del Shin Bet, claro.

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3 pensamientos en “Astenia primaveral

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