Democracia campechana

Coherente con los tiempos que corren, la Casa Real española también se despeña por un barranco a lomos de una bicicleta sin frenos. La económica no es la peor de nuestras crisis, decíamos, y una de estas crisis es la institucional, la caída en desgracia de los tres poderes del Estado, de los partidos políticos, de los sindicatos, de las empresas, etcétera. La jefatura del Estado, la monarquía, no sólo no se escapa de esta tendencia, sino que pedalea con fuerza hacia el infinito y más allá.

En España no hemos tenido una monarquía parlamentaria, sino una democracia campechana. Explicado a niños de siete años: había una vez un dictador muy malo y muy longevo, que llegó al poder tras una guerra civil en la que derrocó a una República que a su vez había acabado con una monarquía que, tras el cambio de régimen, había sido refrendada en las urnas. Este dictador, antes de morir, nombró sucesor como jefe del Estado a un príncipe descendiente de esa monarquía. Cuando el dictador murió, el príncipe se hizo Rey, y junto a políticos procedentes de esa dictadura lideró un proceso llamado Transición en el que se hizo virtud del olvido, de la no-reconciliación y de la voluntaria decisión de no hacer justicia. Tanta virtud se hizo, tanto nos lo quisimos creer, tanto nos gustó la idea de esconder bajo la alfombra los problemas o solucionarlos mediante el complicado proceso de llamarlos de otra manera (¿estado federal? No, de las autonomías) que hasta nos permitimos la desfachatez de dar lecciones y de exportar el modelo al resto del mundo. Sí, al resto del mundo.

Lo llamaron responsabilidad. Pragmatismo. Convivencia. Altura de miras, ¿qué otra cosa querías que hiciéramos?

Fue una pelota hacia delante, una patada hacia arriba, un fenomenal ejercicio de auto-engaño colectivo, un caso único no ya de un Rey desnudo, sino de un Rey y un país enteros en pelota picada. Y de esos polvos vinieron estos lodos.

Porque en nombre de la convivencia decidimos no ser exigentes con la justicia. Porque en nombre de nuestra eternamente joven, inexperta y frágil democracia decidimos hacer la vista gorda no ya con los demócratas de nuevo cuño que prosperaron por la dictadura y se instalaron en el nuevo régimen, sino con las mismas estructuras mentales, las mismas maneras de actuar, de hacer y de ser. Porque para no crear tensiones territoriales decidimos no cerrar nunca la cuestión territorial y el modelo de Estado, brillante idea. Porque para garantizar la seguridad y los derechos de los ciudadanos consagramos un sistema político en el que los ciudadanos votan cada cuatro años y poco más y dimos todo el poder a las cúpulas de los partidos, creando una casta ombliguista y endogámica por obligación y por devoción. Porque convertimos en símbolo máximo de la democracia, en la imagen viva del demócrata, a un Rey. Sí, un Rey, el mismo que pasa el poder de padre a hijo, ese método tan democrático. Muy campechano, eso sí. España, democracia campechana.

Lo peor de todo lo que está sucediendo con Iñaki Urdangarin, la infanta Cristina, las “amigas entrañables” del Rey, etcétera, ha sido el comunicado de la Casa del Rey tras la imputación de la hija del Rey en el que la Zarzuela  mostró su “sorpresa” por el “cambio de posición” del juez José Castro y manifestó su “absoluta conformidad” con la decisión de la Fiscalía Anticorrupción de recurrir el auto. Si la Casa del Rey se comporta, digamos, como el PP en el caso Bárcenas, no necesitamos al Rey ni siquiera bajo las reglas (redactadas con cartas marcadas) de la Transición.

La función del Rey, y de su familia, es ser ejemplar. No ser uno más, no trabajar, no viajar en clase turista en los aviones. Digo la función, pero es mucho más que eso: la única forma de que una sociedad abierta, en el  siglo XXI, realmente democrática, tolere una monarquía es que no moleste, que no se note, que no cueste (mucho) dinero. Porque podemos engañarnos todo lo que queramos en nuestra democracia campechana, pero existen pocas cosas, en esencia, más antidemocráticas que una monarquía. Por muy majos que sean.

¿Con qué dinero se pagan las cacerías en África y el pisito de la amiga entrañable? ¿Qué significa que “la buena relación” del Rey con las monarquías árabes abre vías de negocio para España? ¿En qué se basan estas “buenas relaciones”? ¿Cuánto nos cuestan? Sí, sí, ya sé el argumento: necesitamos un jefe de Estado, y un presidente de la República igual nos costaba lo mismo. O más. Ya, pero lo elegimos (y lo cambiamos) en las urnas, pequeño detalle. Su pervivencia institucional no depende de lo que haga, y con quién, en un dormitorio ni de su descendencia. El cómo lo es (casi) todo.

En un contexto de bonanza la defensa de la monarquía en una sociedad democrática ya es muy complicada, más allá de agradecer los servicios prestados, aun así discutibles en este caso. Pero en una situación de crisis multisistémica como la española, es tarea imposible. Si en España hay un sistema político determinado que ha enfangado a todas las instituciones es lógico que la monarquía también se vea salpicada. Si lo que está sucediendo es el colapso del espejismo de la Transición, es natural que su cara más visible también caiga. Si la monarquía reacciona a una imputación igual que un partido político o un alcalde o un secretario general de un sindicato, no sirve para mucho más que para llenar espacio en la prensa rosa.

Si lo que va a surgir de este tremendo embrollo es una segunda Transición, una democracia más fuerte y más exigente, no hay lugar para ningún Rey. Ni el campechano ni su hijo, por mucho que, ironías de la vida, sea probablemente el Borbón con la cabeza mejor amueblada de la historia.

No olvidemos que lo de la monarquía parlamentaria y la democracia campechana no deja de ser una confluencia de intereses: la única forma que había, cuando ese dictador tan malo murió, de que regresara y perviviera la institución monárquica. Ese es el único objetivo del Rey, y bajo este prisma hay que analizar tanto los servicios prestados como lo que sucede ahora y lo que pueda llegar a suceder. Javier Cercas lo explica muy bien, para que todos lo entendamos.

@jcbayle

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2 pensamientos en “Democracia campechana

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