Arna y Juliano

Leo que en el Teatro de la Libertad del campo de refugiados de Jenín representan ‘The Island’, una traslación a una cárcel israelí de la obra de Athol Fugard ambientada en Robben Island, la prisión donde cumplió condena Nelson Mandela. Qué apropiado, que el teatro que impulsó Juliano Mer-Khamis programe esta obra cuando se cumplen dos años de su asesinato, el 4 de abril. Qué apropiado que, pese a tanto dolor, sangre y muerte, el telón siga subiendo y bajando en Jenín.

Una de las historias que más me influyó en mi etapa en Jerusalén la vi en Barcelona, en el marco de un festival de cine judío, y la rodó Juliano. Era, en el fondo, su historia tanto como la de su madre, por mucho que Arna fuera la protagonista. No recuerdo en qué sala vi ‘Arna’s children’; sí que nos pasaron el detector de metales antes de entrar, algo cotidiano en mi vida en Jerusalén que, en mi ciudad y lejos del contexto de la intifada, me pareció no sólo inapropiado, sino intrusivo, descorazonador y fuera de lugar, como un viaje a un futuro al cual no quería ir. También recuerdo que hubo gente –señoras mayores con collares; algún señor con traje y corbata y kipá­—que abandonó la sala con aire de digna indignación. No es que la historia de Arna les hubiera disgustado y ofendido, no; es que la mirada de Arna se les debió de hacer intolerable, les desnudó ante sí mismos y probablemente no les gustó lo que vieron.

La fama y atractivo de la figura de Zakaria al Zubeidi eclipsó en un principio (al menos entre nosotros, la prensa) la historia de cómo Juliano reencuentra, en el Jenin de la Intifada, a los niños con los que su madre había trabajado en el teatro años atrás. Convertidos ya en jóvenes adultos (y con Zakaria como comandante) todos eran milicianos y muchos o habían muerto en enfrentamientos o atentados contra la ocupación israelí o bien participaron activamente en la cruenta batalla que hubo en Jenin en el 2002 durante la Operación Muro de Defensa que acabó con el campo de refugiados de la ciudad arrasado. Como espectador que sabía lo que la vida fuera del escenario les iba a deparar, ver a aquellos niños descubriendo y disfrutando de la magia del teatro era una mezcla emocional y documentalmente explosiva, el impacto de la ocupación en la vida de los palestinos servido sin intermediarios, la mirada perdida de Ala en los cascotes de su casa destruida como símbolo de miles de vidas destrozadas. Y sin embargo, ahora, transcurrida una década, del documental recuerdo con mayor fuerza la frágil figura de Arna, ya muy enferma de cáncer, protestando ante los soldados en el ‘check point’ de Jenin, la cabeza rala protegida por una kufiya, sus recuerdos de miliciana en la Brigada Judía: “Éramos jóvenes y éramos salvajes”.

Una familia pasea por el campo de refugiados de Jenin, en el 2002. AUTOR: JOAN CAÑETE BAYLE

Una familia pasea por el campo de refugiados de Jenin, en el 2002. AUTOR: JOAN CAÑETE BAYLE

En ‘Arna’s children’, en el silencio de la noche, un monstruo ruidoso se mueve hacia la cámara. Está oscuro, y unos potentes haces de luz dañan la vista. Un estruendo industrial resuena, en la calle y en la pantalla; ruido, todo es ruido. Es un tanque, abriéndose paso entre las estrechas calles del campo de refugiados de Jenin. A Jenin los periodistas la llamábamos en nuestras crónicas, adornándonos, la ciudad de los mártires, no tanto porque de ella hubieran salido más suicidas que de otros lugares (aunque podría ser), sino porque probablemente en las paredes de su campo de refugiados era el lugar donde más carteles de ‘sahibs’ podían encontrarse. “Bienvenidos a la zona cero de Cisjordania”, titulé mi crónica de la destrucción del campo de refugiados en el 2002. Y escribí esto: “Cerca de donde deambula Husein, una pared se yergue solitaria con agujeros de bala y una pintada en árabe: «Hamas está en todos los sitios». Junto a ella, unos niños patean un zapato. Hay muchos zapatos entre los escombros. Mocasines, sandalias, deportivas, botas, de niños, de mujer, de hombre….. Son zapatos cubiertos de polvo y desparejados. Zapatos sin dueño”.

Una mirada. Eso es lo que tiene ‘Arna’s children’, y por eso influyó tanto en mi trabajo. Es la mirada de quien entiende que historias como la de la ocupación israelí de los territorios palestinos uno las cuenta cubierto de polvo, con nombres y apellidos, lejos de las declaraciones políticas, de las cumbres, de los cortes de voz de los portavoces, de las conexiones en directo desde un balcón del edificio de las teles de Gaza. Yo desconfío por instinto del periodista que no se ensucia los zapatos y que renuncia por voluntad propia a ver con sus propios ojos lo que va a explicar, de aquellos reporteros que tras palabras nobles (imparcialidad; objetividad) esconden que tienen miedo a tener una mirada propia o que, simplemente, carecen de ella. Una vez ves, contar es más sencillo, aunque en no pocas ocasiones contar después de ver implica tener más coraje que contar sin haber visto. “Lo que dejaron atrás los soldados en su casa es inenarrable: un montón de objetos destrozados, fotos, televisores destripados, colchones agujereados…. Durante varios días algunos soldados durmieron allí. Dejaron de recuerdo estrellas de David garabateadas en la pared y una inscripción en hebreo tras la puerta de un armario: «Destrucción del campo de refugiados de Yenín 2002». Encima de la frase, una bandera de Israel”.

Juliano veía, contaba y, además, actuaba, no se quedó de brazos cruzados en el papel de espectador porque probablemente el espectro de Arna no se lo hubiera permitido. Reabrió el teatro de su madre, y lo llamó el Teatro de la Libertad, y ahora, dos años después de su muerte, en Jenin se puede ver una obra que se escribió para protestar contra el apartheid en Suráfrica.

A Juliano lo mataron hace ahora dos años unos enmascarados en Jenin, y aún no se ha hecho justicia con él, y probablemente nunca se hará. “Soy 100% judío; soy 100% palestino”, solía decir.

@jcbayle

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