Los Des-Orient-Ados

“Prefiere decir que está en suspensión. Como su país, como este planeta. En suspensión, como todos nosotros”

De la lectura de Robert Fisk y de las largas veladas compartidas con Tomás Alcoverro en medio Mediterráneo y cercanías  (Beirut, Jerusalén, Ramala, Gaza, Barcelona, Bagdad…) aprendí que Oriente Medio se resume en el Líbano, que este desdichado país concentra, como un frasco de perfume, la esencia pura del drama levantino, por usar las palabras de Amin Maalouf: la guerra, la desdicha, el exilio, la traición, la fábula del león y el cordero, la pérdida irreparable de algo que pudo ser y que ya no será, no podrá ser.

Acabo de terminar ‘Los Desorientados’, de Maalouf. Un libro sobre el Líbano (y, por tanto, sobre Oriente Medio) en el que jamás se escribe la palabra maldita y al mismo tiempo amada: ‘Líbano’. Tiene ‘Los Desorientados’ un título doblemente acertado, porque sus protagonistas (ese Club de los Bizantinos) son doblemente desorientados. Por un lado, sufren la desorientación que padece el mundo árabe desde hace décadas, sobre todo el mundo árabe más lúcido y, por tanto, el más proclive a caer en el cinismo al ver con diáfana claridad la senda por la que transita. Por otro lado, son des-orient-ados en el sentido en que sus protagonistas dejaron de formar parte de ese oriente levantisco, ya sea porque físicamente se exiliaron a Francia, Brasil, EEUU o a un mundo de aeropuertos y, por tanto, etéro; ya sea porque para sobrevivir tuvieron que exiliarse en el exilio interno del integrismo (aquí un mero disfraz de la supervivencia) político o del fundamentalismo religioso, en su faceta más bondadosa o más intolerante.

Literariamente, ‘Los Desorientados’ no me parece a la altura del asombro que genera la lectura de ‘León el Africano’ o ‘Los viajes de Baldassare’. Pero sí se me antoja una estupenda  guía al exilio externo e interno del mundo árabe, que es al mismo tiempo Semiramis y Nidal y, por supuesto, Adam.

Dejo aquí unas cuantos subrayados que he ido acumulando a medida que leía ‘Los Desorientados’, citas que Maalouf pone en boca de sus protagonistas, arquetipos de ese Levante que no pudo ser y que vive doblemente exiliado, doblemente desorientado . Citas para leer, para animar a la lectura del libro y, sobre todo, para reflexionar y, a quien le plazca, debatir.

“Los militantes radicales como él acabarán por convertirse forzosamente un día en opresores. Pero ahora mismo los persiguen en la mayor parte de los países y en Occidente los miran como al diablo. ¿Te apetece defender a un oprimido si sabes de forma pertinente que dentro de poco se portará como un tirano? Es un dilema que no sé resolver…”

“Tanto ayer como hoy, Dios es un refugio para los vencidos, su último recurso. ¿En nombre de qué quieres privarlos de él? ¿Y para sustituirlo con qué?”

“A Palestina [los judíos] tenemos derecho a llamarla eretz yisrael, y tenemos derecho a vivir allí, tanto como cualquiera, e incluso un poco más. Pero nada nos autoriza a decirles a los árabes: ¡Venga, largo, fuera de aquí, esta tierra es nuestra desde siempre y aquí no pintáis nada! Eso a mí me parece inadmisible, interpretemos como interpretemos los textos y hayamos padecido lo que hayamos padecido. (…) Pero no es menos cierto que si nos hubiéramos presentado tímidamente, disculpándonos por la intromisión y preguntando a los árabes si tenían a bien hacernos un huequecito, no habríamos conseguido nada y nos habrían echado. (…)¿Cómo dejar de ser un cordero sin convertirse en lobo?”

“Cuando los árabes cayeron en la cuenta de que la inmigración judía no consistía en unos cuantos grupos de refugiados, sino que era una empresa organizada que pretendía incautarse del país, reaccionaron como habría hecho cualquier población: empuñando las armas para impedirlo. Pero los vencieron. En todos los enfrentamientos que hubo, los vencieron. No puedo ya contar la cantidad de derrotas que han padecido. Lo que sí es seguro es que tantos desastres consecutivos fueron desequilibrando progresivamente el mundo árabe y, luego, todo el conjunto del mundo musulmán. Lo desequilibraron en el sentido político de la palabra, pero también en el sentido clínico. Nadie sale indemne de una serie de humillaciones públicas. Hay en todos los árabes rastros de un hondo traumatismo; y no me excluyo del lote. Pero ese traumatismo árabe, cuando se mira desde la orilla opuesta, la orilla europea, mi orilla adoptiva, no causa sino incomprensión y suspicacia (…) Nada más acabar la Segunda Guerra Mundial, Occidente se enteró del horror de los campos, del horror del antisemitismo; mientras que, a ojos de los árabes, los judíos no se presentan en modo alguno como civiles desarmados, humillados, en los huesos, sino como un ejército invasor, bien equipado, bien organizado, temiblemente eficaz. (…) Y, durante las décadas siguientes, esa percepción diferente se fue acentuando. En Occidente, reconocer el carácter monstruoso de la matanza que perpetró el nazismo se convirtió en elemento determinante de la conciencia ética contemporánea (…). Mientras que en el mundo árabe, donde Israel se alzaba con una victoria tras otra, contra los egipcios, los sirios, los jordanos, los libaneses, los palestinos, los iraquíes, e incluso contra todos los árabes unidos, está claro que no se podían ver las cosas de la misma forma. (…) El resultado es que el conflicto con Israel desconectó a los árabes de la conciencia del mundo, o, al menos, de la conciencia de Occidente, lo que viene a ser más o menos lo mismo”.

“Existen, objetivamente, dos tragedias paralelas. Incluso aunque la mayor parte de las personas, tanto entre los judíos como entre los árabes, prefieran no admitir sino una. A los judíos, que padecieron tantas humillaciones y persecuciones en el curso de la historia, y que hace poco que pasaron, en pleno siglo XX, por un intento de exterminio total, ¿cómo explicarles que no tienen que perder de vista las tragedias de los demás? Y a los árabes, que atraviesan en la actualidad la etapa más sombría y humillante de su historia, a los que Israel y sus aliados infligen derrota tras derrota, que se sienten escarnecidos y rebajados en el mundo entero, ¿cómo explicarles que no pueden hacer caso omiso de la tragedia del pueblo judío? (…) No hay muchos que, como nos pasa a ti y a mí, sean muy sensibles a estas dos “tragedias rivales”. Y son —somos—, de entre todos los judíos y todos los árabes, los más tristes y los más desvalidos. Es cierto que a veces me dan envidia esos que, tanto en un bando como en otro, se sienten capaces de decir, con ánimo sereno: ¡Que triunfe mi pueblo y que revienten todos los demás!”

“Nosotros, que nos jactábamos de volterianos, de camusianos, de sartrianos, de nietzscheanos o de surrealistas, volvimos a ser cristianos, musulmanes o judíos ateniéndonos a denominaciones específicas, un martirologio nutrido y los píos aborrecimientos que entran en ese lote”

“El orgullo es por mis amigos. (…) Éramos portadores de los valores más nobles (…) La tristeza es por lo que nos ha pasado, ¿Cómo explicas que hayamos tenido tan poca influencia en la marcha de nuestro país y de nuestra comarca? Y para qué mencionar la marcha del mundo, ¿Cómo explicas que nos veamos ahora en el bando de los perdedores, de los vencidos? (…) ¿Y que esta voz sensata que es la nuestra se haya vuelto tan inaudible?”

“Los vencidos siempre tienen tendencia a presentarse como víctimas inocentes. Pero no es algo que corresponda a la realidad, no son inocentes en absoluto. Tienen la culpa de que los hayan vencido. Tienen la culpa ante sus pueblos y ante su civilización. Y no me estoy refiriendo sólo a los dirigentes; me refiero a ti, a mí, a todos nosotros. Si somos hoy los vencidos de la Historia, si estamos humillados ante los ojos del mundo entero y también ante nuestros propios ojos, la culpa no la tienen sólo los demás; para empezar, la tenemos nosotros”

“Me dices: invadieron nuestros países, los ocuparon, nos humillaron. La primera pregunta que se me ocurre es: ¿por qué no conseguimos impedírselo? (…) Porque somos débiles, me dirás, porque estamos divididos y mal organizados y mal equipados. Y ¿por qué somos débiles? ¿Por qué somos incapaces de fabricar unas armas tan poderosas como las de Occidente? ¿Por qué esa deficiencia de nuestras industrias? ¿Por qué ocurrió la revolución industrial en Europa y no aquí? ¿Por qué nos quedamos en el subdesarrollo, la vulnerabilidad y la dependencia? Podríamos seguir repitiendo sin cesar: la culpa es de los demás, la culpa es de los demás. Pero al final no nos quedará más remedio que mirar de frente nuestras carencias, nuestros propios defectos, nuestras propias invalideces. No nos quedará más remedio que mirar de frente nuestra propia derrota, la gigantesca y clamorosa debacle histórica de esta civilización, de nuestra civilización”

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2 pensamientos en “Los Des-Orient-Ados

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