El espectro de Mohammed al Durrah

Recién llegado de corresponsal a Jerusalén, en el 2002, visité al padre de Mohammed al Durrah en su casa en la franja de Gaza, en el campo de refugiados de Al Bureij. Era una visita obligada para el periodista novato: dos años antes, este hombre y su hijo se habían convertido en uno de los iconos de la intifada. Ya conocéis la historia: el hombre que defiende a su hijo de 12 años del fuego cruzado hasta que el chico acaba muriendo de un tiro, una muerte grabada por un cámara de France 2. Era el 30 de septiembre del 2000, unos días antes Ariel Sharon había visitado la explanada de las Mezquitas y había estallado la segunda intifada.

A Mohammed al Durrah lo mataron en la carretera de acceso a Netzarim, uno de los asentamientos más duros de las ya de por sí radicales colonias de Gaza. A diferencia del bloque de Gush Katif, que se encontraba más apartado y, por tanto, protegido, Netzarim se alzaba en medio de la franja, en plena carretera de la costa, y partía por la mitad la franja y la circulación norte-sur. Si en general los colonos de Gaza tenían la convicción de vivir en la última frontera (y actuaban en consecuencia), los de Netzarim se creían los habitantes del último poblado de la última frontera: marcianos en la Tierra. Y actuaban en consecuencia. Por eso, Netzarim era una de las colonias más detestadas entre los palestinos. Años después, cuando el desalojo de las colonias de Gaza, milicianos de la Yihad Islámica y Hamas se pelearon por ser los primeros en colocar la bandera (la suya, no la palestina) en la abandonada sinagoga del asentamiento. Desde la kufiya de Yasir Arafat al signo de la victoria, pasando por la figura del miliciano encapuchado, a los palestinos, da igual el credo y la militancia, siempre les ha perdido el simbolismo.

Campo de refugiados de Al Bureij, 2002. Autor: Joan Cañete Bayle

Campo de refugiados de Al Bureij, 2002. Autor: Joan Cañete Bayle

Netzarim fue durante años escenario frecuente de enfrentamientos entre el Ejército israelí y los milicianos palestinos. Mucha gente murió allí. Mohammed al Durrah fue uno de ellos. Durante la entrevista en su casa, su padre me dio la impresión de ser un hombre que cargaba sobre sus hombros un peso superior al que podía soportar. La casa era sencilla, y estaba repleta de fotos de Mohammed. En la calle, la fachada del edificio y los colindantes estaban repletas de pintadas con el rostro de Mohammed. Mohammed fue el nombre que aquel hombre decidió ponerle a otro hijo que tuvo. Ser símbolo de la intifada tiene muchas consecuencias, entre ellas, que a los vivos no les está permitido ni el olvido ni el duelo. Eso explica el tono funcionarial con el que aquel hombre despachó a los periodistas que fuimos a hablar con él. No podía declinar recibirnos (“el mundo tiene que saber lo que le sucedió a Mohammed”) pero había repetido tantas veces la misma historia, había respondido tantas veces a las mismas preguntas, que era evidente que para el padre de Mohammed al Durrah el fantasma de su hijo era un peso muy difícil de sobrellevar.

Campo de refugiados de Al Bureij, 2002. Autor: Joan Cañete Bayle

Campo de refugiados de Al Bureij, 2002. Autor: Joan Cañete Bayle

 Ahora Israel ha vuelto a sacar de paseo el espectro de Mohammed al Durrah. En un caso típico de las dinámicas del conflicto, quién mató en realidad a Mohammed al Durrah se convirtió en un objeto de controversia que hace años que dura. El debate: si fue o no fue una bala israelí. La polémica es cansina (centenares de páginas de internet de amigos de Israel se dedican a ella) y desagradable, sobre todo para la familia del chico. Una comisión de investigación israelí (israelí, sí. Ya sabemos cómo funcionan estas comisiones) acaba de llegar a la conclusión de que no fue una bala israelí la que mató a Mohammed al Durrah. Igual, qué sé yo, que lo de Jenin no fue una masacre o que lo de Rachel Corrie fue que la excavadora se movió sola y la atropelló. Es un caso de libro de la política de relaciones públicas israelí: el retorcimiento de la verdad hasta convertirla en algo irreconocible y, sobre todo, sujeto a interpretación, a opinión. Y en el mundo de las opiniones, todo el mundo tiene derecho a la suya. Uno de los casos recientes más escandalosos fue el sangriento asalto a la flotilla de Gaza. Ni siquiera ahora, que  el Gobierno israelí ha pedido disculpas al turco, dejan de oírse voces diciendo que Israel no actuó de forma incorrecta en ese abordaje.

Campo de refugiados de Al Bureij, 2002. Autor: Joan Cañete Bayle

Campo de refugiados de Al Bureij, 2002. Autor: Joan Cañete Bayle

Así, entre nosotros, y que me disculpe el padre de Mohammed al Durrah, que ha pedido una investigación internacional independiente que evidentemente nunca verá porque Israel jamás permitirá. Que me disculpe, digo, pero yo no tengo curiosidad por saber si fue una bala palestina o israelí la que mató a su hijo en el fuego cruzado en Netzarim ese 30 de septiembre del 2000. Sí tengo una opinión de lo sucedido, basada en la experiencia de la actitud de Israel en casos similares, y no digo que no sea importante saberlo: lo es en tanto en cuanto es necesario para reclamar justicia por la muerte de un niño de 12 años. Pero en el plano simbólico de la muerte de Mohammed al Durrah, da igual quién disparó la bala que lo mató. Y Mohammed, para desgracia de su padre, vive en ese ámbito simbólico desde el mismo momento en que un cámara de France 2 grabó su muerte.

En ese plano simbólico, decía, da igual quién disparó la bala mortal porque Mohammed al Durrah fue una víctima de la ocupación israelí de los territorios palestinos. Sin ocupación, una bala en un tiroteo cruzado en Netzarim no hubiese acabado con su vida el 30 de septiembre del 2000. Sin ocupación, no hubiera existido Netzarim, ni la segunda intifada ni ningín tiroteo cruzado. Sin ocupación, Mohammed al Durrah no se hubiera convertido en un símbolo. Paradójicamente, esa es la fuerza del simbolismo de Mohammed al Durrah, que va más allá de su atribulado padre y de la bala que acabó con su joven vida.

@jcbayle

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2 pensamientos en “El espectro de Mohammed al Durrah

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