Obama nos rompe el corazón

Cubrir como corresponsal en Washington las elecciones del 2008, las elecciones de Barack Obama, fue un formidable reto periodístico, un enorme privilegio, por muchos motivos: la trascendencia del momento histórico que vivía EEUU tras los ocho años de George Bush, el 11-S y las dos guerras, la propia figura de Obama, el color de su piel y lo que eso implicaba, la terrible crisis económica que ya enseñaba sus fauces en forma de hipotecas ‘Subprime’ y la caída de Lehman Brothers… Pero también lo fue por las propias características del sistema estadounidense, las primarias, la política y el periodismo hechos espectáculo, el duelo con Hillary Clinton, comprobar a pie de terreno en Washington, en Nueva York, en Iowa, en New Hampshire, en Texas, en Mississippi, en Tennessee, en Colorado, en Indiana, en Chicago, en Alaska, en Nevada, en Los Ángeles cómo la elección de un presidente de EEUU es un acontecimiento global con un asombroso componente local, un asunto que se dirime en los puentes de Madison pero que tiene repercusiones, qué se yo, en Ramadi.

También fue un reto periodístico por la propia figura de Obama. No llegué nunca a entrevistarlo, claro, pero sí tuve la ocasión de seguir muy de cerca su campaña: desde sus mítines en la nevada Iowa, “donde empezó todo”, hasta su primera rueda de prensa en la Casa Blanca, pasando por los debates presidenciales o sus encuentros electorales con ancianos, con hispanos, con estudiantes, con mujeres. Ya fuera en grandes recintos y momentos solemnes, como su discurso de aceptación de la candidatura demócrata en Denver, o en lugares inverosímiles (para estándares europeos), como un mitin ante un centenar largo de personas en una pequeña estación de tren en Paoli (Pennsylvania), no os voy a engañar: resultaba difícil, muy difícil, abstraerse de su enorme carisma. John F. Harris, cofundador de ‘Politico’, lo expresó en una famosa reflexión: “As one who has assigned journalists to cover Obama at both ‘Politico’ and ‘The Washington Post’, I have witnessed the phenomenon several times. Some reporters come back and need to go through detox, to cure their swooning over Obama’s political skill”.

En muchas ocasiones, los corresponsales españoles y europeos comentamos cómo nos encontrábamos atrapados en la Obamamanía. Nuestros medios –de hecho (casi) todos los medios europeos, da (casi) igual la tendencia ideológica–, nuestra opinión pública, nuestros políticos, incluso los dirigentes, enloquecieron con Obama mucho antes no de que fuera presidente de EEUU, sino de que fuera candidato demócrata. Qué labia. Qué carisma. Qué porte. Qué negro. Qué mala era Hillary. Nos dieron mucho espacio para hablar de él, Obama se convirtió en omnipresente en la prensa europea. En todas partes buscaban al Obama alemán, al italiano, al francés, al español, al catalán o al extremeño. En España también hubo elecciones, Zapatero contra Rajoy, y claro, las comparaciones dolían. El 24 de julio del 2008 fue el día cumbre de la Obamamanía en Europa: miles de personas, se informó de que 200.000, escucharon un discurso del candidato Obama en Berlín.

Me pregunto si los espiaron a todos.

Es broma.

O no.

Aquel día escribí en el blog antecesor a este, Décima Avenida (que ya no existe), que esas miles de personas –muchas de las cuales tal vez no entendían inglés— habían acudido a ese mitin que a Obama no le iba a proporcionar ni un voto de la misma forma que decenas de personas hacían cola durante días para ser los primeros en comprarse un iPhone (que por aquellas fechas había irrumpido en el mercado). Márketing. Molaba. Tras lo de Berlín, la idolatría acrítica europea hacia el demócrata siguió creciendo hasta alcanzar su cota más ridícula cuando se le concedió un premio Nobel de la Paz preventivo, para animar al muchacho cuando ya era presidente de EEUU. Su cara de estupor al recibir el premio está en los anales del humor político.

Con Obama es como si Europa hubiera dicho: “Ahora sí voy a permitirme amar a EEUU. No nos engañemos, ya amo a EEUU, es mi socio preferente, me reconstruyó tras la segunda guerra mundial, fuimos aliados durante la guerra fría, consumo su cultura, y su tecnología, pero…” Pero en realidad no es amor, sino otra cosa, tal vez Europa puede amar a los demócratas como Kennedy o incluso Clinton, y a Nueva York, y a San Francisco, pero no a los tejanos que beben cerveza a morro de la botella, ponen los pies encima de la mesa, mascan tabaco y son tan, tan… poco sofisticados. Y si algo era, y es, Obama es sofisticado. E inteligente. Como Woody Allen. Como un iPhone. Así que con Obama Europa podía dejarse de remilgos, acortarse la falda, maquillarse y volar hacia una noche de amor sin reservas a bordo del Air Force One.

Ahora sabemos que todo era mentira, que Obama es un yanki más. Y por si necesitábamos que nos corroboraran que el príncipe azul era una rana con un bañador de barras y estrellas, ahora ha estallado este escándalo de espionaje. Vaya escándalo, vaya sorpresa, que EEUU espíe a diestro y siniestro, a enemigos y amigos, como si no lo hubiera hecho nunca antes. El problema es que en la vieja Europa nos esperábamos algo así de EEUU. De George Bush, también. Pero de Obama… Barack nos ha roto el corazón.

Ante todo, Obama es un pragmático, un político con poca ideología y que hasta ahora ha demostrado que su capacidad política no está a la altura de su carisma y elocuencia. Su decepcionante balance de cinco años en la presidencia habla por sí solo. Pero lo que Europa pareció olvidar en su momento es que Obama es el presidente de EEUU, no el de los 200.000 que le escucharon pronunciar un hermoso discurso en Berlín. Y, perdón por la perogrullada, pero un presidente de EEUU siempre es un presidente de EEUU. ¿Qué esperábamos? ¿Qué Obama dejara de actuar como un presidente de EEUU? Insensatos, qué engaño colectivo. Si Europa tuviera madre esta le diría a su hija: nunca pierdas la cabeza por un presidente de EEUU; tarde o temprano te romperá el corazón.

PD: Ante las previsibles críticas. No voy a presumir de algo que es falso: yo no avisé de que Obama era un bluf en mis crónicas en el 2008, aunque sí doy fe de que con los corresponsales europeos sucedió el fenómeno contrario al que se refería John F. Harris: en plena ola de obanismo, los menos obamistas fuimos nosotros. Los corresponsales, en términos generales, avisamos de que se trataba de un tipo pragmático, y todos teníamos claro de que un presidente de EEUU tiene un margen concreto de acción que Obama no iba a saltarse, básicamente porque no puede ser de otra forma. A título personal: Obama me fascinaba entonces, igual que me fascina ahora. Estoy seguro de que muchos de los que me leían entonces me consideraban acríticamente obamista, aunque es verdad que también hubo quien me dijo, con media sonrisa de complicidad, una sonrisa que decía “tú y yo sabemos la verdad sobre este tipo”, que no parecía gustarme demasiado Obama. Esta disparidad da fe del fenómeno Obama y daría para un largo texto sobre periodismo. En resumen: si decías algo malo de Obama es que no eras obamista; si no decías nada malo, es que eras obamista hasta las cachas. No había punto medio, leer crónicas o posts enteros es un ejercicio muy cansado y a todo el mundo le gusta etiquetar a periodistas. Si alguien quiere perder el tiempo y etiquetarme en este asunto, ahí está la hemeroteca de El Periódico. Ánimo.

@jcbayle

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