‘Hannah Arendt’: Hablemos de Israel

Vista ‘Hannah Arendt’, la película de Margarethe von Trotta sobre la insigne intelectual, hay que moderar el primer impulso, que es lanzarse de cabeza al primer ejemplar que encuentres de ‘Eichmann in Jerusalem’. El segundo impulso, cuidado, es ponerte a pensar. No sé si es una reacción generalizada; en la sesión a la que fui yo, el final de la película fue recibido por un silencio reflexivo, cada espectador sentado en su butaca sin ánimo de levantarse, sumido en sus pensamientos. Se me ocurren pocos elogios mejores para una película.

De ‘Hannah Arendt’ se pueden hacer muchas lecturas; de hecho, se dice que la controversia alrededor de ‘Eichmann in Jerusalem’ supuso una guerra civil en los círculos intelectuales de Nueva York. Yo elijo una de las lecturas de la película: es una de las críticas más demoledoras que he visto en el cine sobre Israel, probablemente en contra de la intención de la propia directora. Una crítica durísima a Israel sin que aparezca ni un solo palestino.

“Hay que hablar más de Israel”, solíamos decir algunos periodistas en mis tiempos de Jerusalén. Sí, hay que hablar más de Israel y menos de los palestinos. Hay que hablar de las leyes de Israel, y de sus mitos fundacionales, y de su propaganda, y de su nula separación entre Estado y religión, y de su asfixiante nacionalismo llevado a su última estadio, y de cómo funciona el mecanismo de la ocupación, y del papel de su Tribunal Supremo, y de lo que sucede en sus campos de fútbol, y de la manipulación de la imagen ‘gay-friendly’ de Tel-Aviv, y de Mea Shearim, y de las colonias (aunque no sean Israel), y de sus jóvenes, y de su sistema político, y de la libertad de expresión de su sistema mediático, y de las costuras de su democracia… Hay que hablar más de Israel, y del sionismo, y del pensamiento único sionista, y de los israelíes judíos, y de los que no lo son, y de su Ejército y de sus universidades. Hay que hablar de Israel porque es falso que el suyo con los palestinos sea un conflicto entre iguales y, por tanto, lo que hagan los palestinos tiene una influencia más bien escasa en el desarrollo del conflicto. Solíamos decir los corresponsales, en broma, pero no tanto, que si los palestinos mañana se convirtieran en unos impecables demócratas a la sueca o a la finlandesa seguiría habiendo ocupación. La ocupación no es un castigo divino que les haya caído a los palestinos por ser corruptos, despóticos, caóticos, no saber gobernarse o dotarse de líderes que son mejorables, por decirlo suave. La ocupación es la consecuencia de un mecanismo que puso en marcha Theodor Herzl en su momento. “En el principio, fue Herzl”, que escribió Eugeni García Gascón. Los palestinos, los árabes, literalmente, pasaban (en su caso, estaban) por allí.

El problema es que para hablar (criticar) de Israel, en contra de lo que suelen decir los que acusan a los periodistas de ser anti-israelíes, antisionistas o, directamente, antisemitas, se requiere más coraje que para hablar (criticar) de los palestinos. Como periodista extranjero,  no te llamarán antiárabe por criticar, qué se yo, a Abu Mazen o al líder supremo de Hamas. Ningún diplomático llamará a tus jefes porque hayas denunciado la corrupción en la policía palestina. Nadie te acusará de parcial por informar del aumento de pañuelos entre las chicas palestinas en la última década o la opresión de la mujer en las capas sociales más conservadoras religiosamente. ¡Ah, pero no hables de la proliferación de kipás ni de las pelucas de las ultraortodoxas…!

Hablar de Israel requiere, decía, más valor, y esa es una de las lecturas de ‘Hannah Arendt’: cómo entonces (‘Eichmann in Jerusalem’ se publicó en 1963, antes de la organización a gran escala, a partir de 1967, de lo que Norman Finkelstein llamó ‘La industria del Holocausto’) escribir según qué implicaba esa guerra civil de intelectuales de la que hablaba antes. Un eufemismo (la expresión es de un artículo de ‘The New York Times’) para referirse a otra cosa: la reacción furibunda en contra de quien se sale del camino trillado (‘conventional wisdom’; ‘consensus’) en lo que se refiere a Israel, especialmente en el campo de la historia y la teoría política. Una reacción que incluye despidos, injurias y malinterpretaciones de sus trabajos. Cada uno que ponga los nombres que quiera: hay ejemplos a patadas. Yo pondré uno: Ilan Pappe.

Una de las corrientes profundas que recorre ‘Hannah Arendt’ es el vacío, la crítica y el coste personal que acarreó para una insigne intelectual pensar, analizar, discrepar, discutir. Ese es otro de los dramas del sionismo: por definición, establece un pensamiento único, sin más matices  que el que puede haber, por ejemplo, entre la izquierda sionista y la derecha sionista: dónde ponemos la línea verde en el mapa. Y ese pensamiento único expulsa a muchos, expulsó a Hannah Arendt. De ahí la expresión ‘self-hating jew’ aplicada a aquellos judíos críticos con el sionismo y el Estado de Israel. Expresión, por cierto, que importan otros nacionalismos.

“Ya sabes que yo no puedo querer a un pueblo, pero sí quiero a mis amigos”, le dice en la película Hannah Arendt a un querido amigo sionista en Jerusalén cuando la controversia está en pleno apogeo. Y este le da la espalda.

PD. ‘Hannah Arendt’ no es un documental, pero sí utiliza imágenes reales del juicio de Eichmann. Un detalle: llama mucho la atención el escaso número de kipás entre jueces, abogados y público asistente.

@jcbayle

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