Los niños de la Intifada

A partir de la detención de un niño de 5 años en Hebrón por parte del IDF, recupero este reportaje que publiqué en El Periódico el 28 de noviembre del 2004 sobre los efectos de la violencia de la ocupación en los niños, ilustrado por dibujos de niños de Gaza. Por desgracia, nueve años después, me parece que el texto sigue siendo de actualidad.

Samer Amar tenía 11 años cuando murió de un disparo en la cabeza de un francotirador israelí en la localidad cisjordana de Salfit. Hussam Bilal Abdu tenía 14 años cuando fue interceptado por los soldados en el puesto de control de Hawara, en Naplusa, con un cinturón de explosivos. Los Tanzim le prometieron 25 euros si se explotaba. La profesora de Primaria Entesar Mabrook tiene una sobrina de 8 años que vivió una incursión militar en su escuela. Regresó serena a su casa, se plantó en el salón y empezó a llorar y gritar. Tardó dos semanas en volver a andar y hablar.

Historias para no dormir que todos los niños de la Intifada han vivido. Según la ONU, el 53% de la población palestina tiene menos de 18 años. Son 1,2 millones de niños y adolescentes que, como escribió el periodista israelí Gideon Levi, «viven en el miedo constante de que en cualquier momento los soldados y los tanques entren en su ciudad, la excavadora destruya su casa o el helicóptero dispare un misil».

 No exagera Levi: desde septiembre del 2000 hasta el 30 de octubre de este año, han muerto a manos de militares o colonos israelís 323 niños menores de 14 años, según datos del Palestinian Human Rights Monitoring Group. Los menores de 18 años muertos ascienden a 573 hasta junio de este año. La ONU estima que en cuatro años 6.000 niños se han quedado sin casa porque fue destruida por los militares, que casi 2.000 niños han sido arrestados o interrogados y que hay 337 menores en las cárceles israelís. Aún hay más: el 25% de estos niños, según la Agencia para el Desarrollo Internacional de EEUU, sufre malnutrición crónica, su horario de clase es sólo de cuatro horas al día –son tantos que las escuelas deben dividirlos en turnos–, apenas tienen actividades extraescolares y pasan gran parte de su tiempo en la calle. La Agencia de la ONU para los Refugiados Palestinos (Unrwa, en sus siglas en inglés) afirma que los bloqueos y los toques de queda han causado la pérdida de 1.475 días lectivos. En sus 60.000 alumnos en Gaza y Cisjordania, la Unrwa detectó un 20% de casos de hipertensión y un 11,5% de miedo y ansiedad.

 «La violencia que sufren y ven los niños los convierte en menores traumatizados, lo que les causa desórdenes como mutismo, pesadillas, orinarse en la cama, dependencia, actitudes violentas, dificultades de aprendizaje y de comunicación, desajustes afectivos y tendencias autodestructivas», explica la psicóloga Rana Nashashibi, directora de la ONG Palestinian Counseling Center, que cuenta con clínicas de salud mental en Jerusalén, Ramala, Naplusa y Yenín. «Los adultos palestinos están psicológicamente exhaustos, sólo piensan en el instante, en cruzar ese puesto de control, en sobrevivir a la incursión militar. Cualquier decisión o acción en su vida cotidiana no tiene efecto en su entorno, lo que les lleva a la depresión. Los niños necesitan un entorno en el que soñar, imaginar… ¿Qué entorno les dan unos adultos exhaustos, deprimidos y alienados?», se pregunta Nashashibi.

 

En Gaza, los adolescentes pasan horas y horas en los cafés de Internet y juegan en red a videojuegos de guerra como Counter strike y Red alert, donde se reparten los papeles de israelís y palestinos. En Cisjordania, los más pequeños simulan incursiones militares, atentados suicidas y juegan a los entierros: las niñas lloran como madres, esposas o hermanas de los mártires, que son llevados en volandas en una procesión únicamente masculina para ser enterrados con todos los honores. «La situación de las niñas es aun peor. Los niños pueden jugar en la calle, y así sacan la tensión. Las niñas no lo tienen tan fácil, se quedan a menudo en casa, interiorizan el trauma y suelen tener mas problemas psicológicos», afirma Noor Eldeen Amra, profesora de Primaria en Gaza.

Niños Intifada 1Niños Intifada 2

Es tarea imposible para padres y profesores desterrar estos juegos, o evitar la típica situación de niños rodeando a los milicianos que se enfrentan al Ejército o tirando piedras a los tanques. Uno de los alumnos de Noor tiene un sueño recurrente: ve cómo un soldado se dispone a dispararle en el puesto de control de Jan Yunis. Llama a su padre, pero éste, de espaldas, no le oye. El soldado dispara, y se acaba el sueño. «Los niños no respetan a sus padres porque ven que no pueden protegerles », señala Nashashibi. «Por supuesto que los palestinos quieren a sus hijos, que no quieren que los maten. Les prohíben salir cuando llegan los militares, pero los niños no obedecen. No tienen autoridad», dice vehementemente Noor. «La violencia es algo habitual para ellos. Al principio de la Intifada tratábamos de explicarles lo que estaba ocurriendo, pero ahora es tan cotidiano que no hace falta. Ya ni miran por la ventana cuando oyen disparos», explica Yehna Abú Amna, director del Centro Heker al Jammi del campo de refugiados de Deir Balah (franja de Gaza), donde durante dos horas y media seis días a la semana se organizan actividades extraescolares: música, teatro, pintura. «Intentamos que olviden su entorno. Los niños aquí son muy violentos», afirma Abú Amma.

 Deir Balah es un agujero hacinado de un kilómetro cuadrado rodeado de asentamientos en el que viven 7.500 personas. Las calles están empapeladas de fotos de mártires. Presiden el centro dos retratos de Yasir Arafat y Maruán Barguti, condenado por Israel a cinco cadenas perpetuas por terrorismo. Un día un alumno murió de un disparo tras una operación militar. «Los niños trajeron flores al centro. Intentamos calmarlos, les dijimos que es la voluntad de Dios, que todos moriremos algún día, que cualquiera puede morir porque estamos bajo ocupación y que su amigo está en el paraíso, que es un lugar muy bonito donde se vive para siempre. Que no deben estar tristes», recuerda Noor.

 «Si yo les digo a los compañeros de un alumno muerto que está en el paraíso, me acusan de incitar el terrorismo», dice con sarcasmo Ahmed A. Alla, director de la escuela de la Unrwa del campo de refugiados de Yabalia. La pobreza no es un pecado, se lee en el patio de la escuela, donde 500 estudiantes de 13 a 15 años estudian árabe, inglés, religión, matemáticas, ciencia, geografía, historia, tecnología, manualidades, arte y educación física. Durante la Intifada han muerto cuatro estudiantes de esta escuela. «La Unrwa me obligó a descolgar sus retratos porque promovía la violencia entre los alumnos», se indigna Alla.

 El pasado 1 de noviembre, Amer al Far, de 16 años, del campo de refugiados de Al Askar, en Naplusa, se inmoló en un mercado de Tel-Aviv, matando a tres personas. No es el primer caso de un adolescente suicida, un hecho que genera indignación en parte de la sociedad palestina. «Yo entiendo por qué lo hacen, aunque no lo comparto. Si cualquiera en Europa, EEUU o Israel viviera nuestra vida, serían suicidas. Ellos sienten que el futuro no existe, que no tienen nada. Los israelís han robado la esperanza de los niños, que piensan: ‘Si muero, moriré por algún motivo, no camino de clase’», dice Alla, quien añade: «Yo intento que mis estudiantes aprendan el valor del perdón, y no el de la venganza. Pero cuando vienen a clase después de una incursión militar en la que han muerto 15 personas, mis alumnos me dicen: ‘¿Por qué nos hablas de perdón?’ Yo no puedo enseñarles a olvidar».

 «La gente traumatizada es peligrosa. Tu sentimiento de inferioridad desaparece si te conviertes en un mártir. Pasas de la inferioridad a la superioridad social en un instante», analiza Nashashibi. «En todo grupo de población –añade– hay un

porcentaje que se suicida porque no puede construirse una identidad. En todas las comunidades hay un alto riesgo de suicidio juvenil. En Palestina, la ecuación es: ‘quiero morir, pero como un héroe’. Y entonces los reclutan, porque no hay que olvidar que también estamos hablando de una cuestión de modelos. Y el del mártir es ahora el dominante. Desafortunadamente, Gandhi es historia».

 Ante este panorama de menores víctimas de la violencia, ya sea del Ejército israelí, ya sea de los grupos armados palestinos, ¿qué futuro les espera a este 1,2 millones de niños? «Los grandes efectos psicológicos –pánico, dolor, trauma– pueden tratarse. Lo peligroso es lo que cala en la psique. Si mañana acaba la ocupación israelí, en su mayoría serán adultos normales. Pero si en su vida sigue predominando el desamparo, serán adultos amargados, o víctimas pasivas o personas muy agresivas. El futuro no es optimista», opina Nashashibi.

@jcbayle

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