El Barça y la paz (II)

Es  verdad, a israelíes y palestinos les apasiona el fútbol. Y, claro, si a uno le gusta el fútbol, y no habita en la caverna, los últimos años se habrá aficionado al Barça. Cómo no hacerlo. Así que podemos afirmar que es un hecho cierto que a palestinos e israelíes les gusta el fútbol y que a muchos de ellos les gusta el Barça.

A partir de este hecho, nacen frases del tipo “si hay algo que tienen en común palestinos e israelíes es…”. En este caso, “si hay algo que tienen en común palestinos e israelíes es el fútbol”. O, como ha dicho el presidente del Barça, Sandro Rosell, “Si algo tienen en común israelís y palestinos es que son del Barça”. Es mentira, claro. De entrada, porque la popularidad del baloncesto entres los israelíes es altísima y allí, en la cancha, el Barça como club no es un amigo, sino un rival del Maccabi de Tel-Aviv.

Pero, bueno, dejando el deporte al margen (porque esto de la visita del Barça a Israel y los territorios ocupados es cualquier cosa menos deporte) la frase “si algo tienen en común israelíes y palestinos es…” es una falsedad porque lo que es difícil encontrar es algo que no tengan en común ambos pueblos. Comparten, de entrada, una ocupación: uno (Israel) ocupa; otros (los palestinos) son ocupados. De hecho, palestinos e israelís se pasan la vida hablando: capataces y trabajadores en fábricas y asentamientos, militares y civiles en ‘check points’, empresas y consumidores. El 21% de la población del Estado de Israel (el de las fronteras de 1967, sin contar las colonias) es árabe, palestinos con ciudadanía israelí. Comparten país (mal que bien; son ciudadanos de segunda) y, si hablamos de fútbol, comparten Liga (esos insultos a los jugadores árabes) y selección (esas polémicas porque los jugadores árabes no cantan el himno nacional, ‘Hatikva’). Si hablamos de los ‘otros’ palestinos, los habitantes de los territorios ocupados, comparten moneda, por ejemplo; leyes (las que unos imponen y otros acatan). No comparten, es verdad, carreteras: el sistema viario establece una discriminación  de carreteras para israelíes y para palestinos en la Cisjordania ocupada. Si se es otro tipo de palestino (hay muchas clases de palestinos, todo proceso de ocupación busca dividir a la población ocupada y la ocupación israelí ha sido muy exitosa en este sentido), el habitante de Jerusalén, los llamados ‘blue ID’, comparten régimen fiscal con los ciudadanos israelíes de la ciudad; no comparten, eso sí, sus derechos pese a pagar los impuestos (eso del ‘taxation without representation’ es una cosa de otros lares). Puestos a compartir, palestinos e israelíes comparten hasta el muro de Cisjordania: los israelíes lo idearon, lo diseñaron y lo financiaron (bueno, tal vez compartieron esa carga con algún que otro estadounidense) y  trabajadores palestinos lo construyeron.

Así que hablar, lo que se dice hablar, ambos pueblos se pasan el día hablando, a todos los niveles. El problema de ese conflicto no es que dos pueblos irreconciliables no se hablen entre sí y que haya que hacer esfuerzos para sentarlos a una misma mesa. Existe una lógica muy generalizada, falsa y muy perniciosa, de que aquello es un conflicto simétrico y equilibrado, de dos pueblos que no se entienden que tienen el mismo derecho a la misma tierra y que no hay manera de que hablen y se pongan de acuerdo entre sí, así que hay que tender puentes, también conocidos como la Paz y su eterno Proceso. La verdad, claro, es otra: es un conflicto asimétrico, profundamente desequilibrado, con una parte poderosa y otra que no lo es, con una legalidad internacional muy clara respecto a quién ha tomado lo que no le pertenece y unas consecuencias de estos actos (el entramado social y económico de la ocupación) también muy claras.

El discurso de la Paz, de su Proceso y de lo bonito que es sentar a ambas partes en una mesa está muy generalizado. Esta misma semana, John Kerry, Saeb Erekat y Tzipi Livni lo han ejemplificado una vez más en Washington en la enésima puesta en marcha del proceso de paz. Así que no debería extrañar a nadie que el Barça llame Peace Tour a los dos clínics que ha organizado en Cisjordania y Tel-Aviv. El viaje es impecable desde esta óptica: una visita a cada lado del muro (eso que cruzarán los jugadores para ir a Belén no es una tapia de cemento, es un muro), sonrisas y fotos con los dos dirigentes y con niños. Una pena que, en términos de paz, lo único que logran viajes de este tipo es alejarla y hacerla más difícil. Y es que estos ejercicios de supuesta imparcialidad dan legitimidad y normalidad a la fuerza ocupante, Israel, y la ponen al mismo nivel que el ocupado. El argumento es muy manido: en la época del apartheid, ni el Barça ni nadie hubiera jugado al mismo tiempo con el Soweto F.C y con la selección sudafricana de rugby.

No creo que una institución tan grande a nivel global como el Barça pueda alegar ignorancia o buena fe en este aspecto, y en cualquier caso no creo que haya que darle el beneficio de la ignorancia. Por si acaso, los activistas del BDS ya le han hecho llegar al club la información necesaria. La cuestión es que este viaje, pese a su nombre, va de cualquier cosa menos de paz. Es, en realidad, una gran operación propagandística.

Lo es, en primer lugar, para el Barça, si bien la operación es buena pero no perfecta. Por un lado, si uno quiere jugar en según qué ligas globales (sobre todo tras exiliar a Unicef), hay que decir cosas del tipo “Si algo tienen en común israelís y palestinos es que son del Barça”, hacerse la foto de rigor con Shimon Peres, pronunciar la palabra paz al menos cinco veces en dos frases y declararse en contra de los fanatismos y extremismos de ambas partes. Todo muy bien equilibrado e imparcial, sobre todo imparcial, que a nadie se le ocurra hablar de ocupante y ocupado. Es verdad que la popularidad del Barça en el mundo árabe se resentirá, pero por otro lado el Peace Tour sirve como intento para hacerse perdonar ante según quién según qué pecados como el de Qatar Foundation.

Para Israel sí que es una operación propagandística perfecta, en unos tiempos en que aumentan los nombres que boicotean al Estado hebreo por la ocupación de los territorios palestinos (el último, el cantante Eric Burdon). Esa foto de Binyamin Netanyahu con el equipo será una bocanada de oxígeno. Una oleada de normalización, que es una de las cosas que más anhela Israel.

Para gran parte de la sociedad palestina la visita del Barça es una derrota en tanto en cuanto normaliza a Israel y refuerza el discurso de los dos pueblos iguales que no se entienden en su reclamación idénticamente legítima de la misma tierra. Para la élite de Al Fatah –encabezada por el eternamente débil presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abbás, para quien el imposible Proceso de Paz es su única razón de ser— la visita, más que un refuerzo político que no tendrá y que, en el fondo, ya le da igual a estas alturas, supone la posibilidad de fotografiarse con Messi.

Eso sí, cuando los jugadores del Barça salten al estadio de Dura centenares de niños palestinos sin duda se emocionarán, y vivirán un momento mágico de los que no sobran, precisamente, en su vida bajo la ocupación israelí. Pese a que Dura está cerca de Hebrón, no sé si se encontrará entre los niños que se fotografíen con Messi, Neymar y compañía Wadi Maswadeh, el niño de 5 años que recientemente fue detenido en Hebrón por el Ejército israelí por lanzar piedras a los soldados. Hace unos días, el asesor legal del Ejército israelí falló que sí, que el hecho de que unos soldados de uno de los ejércitos más poderosos del mundo detuvieran a un niño de 5 años está justificado y es legítimo, ya que el niño suponía una “amenaza de seguridad” para los militares.

Ya saben, “si hay algo que tienen en común palestinos e israelíes es…”, dos pueblos que no se entienden y bla, bla, bla.

¿Quién puede estar en contra de la paz? Nadie. Por ese motivo el Barça no debería haber viajado a Israel.

@jcbayle

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4 pensamientos en “El Barça y la paz (II)

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