Dejar en paz a la paz

Texto preparado para una charla organizada por el Col.lectiu Antimilitarista de Sant Cugat el 12 de octubre del 2013

Antes de empezar quisiera tener unas palabras de recuerdo para mi amigo y compañero de El Periódico Marc Marginedas, que se encuentra secuestrado en Siria desde principios de septiembre por el simple hecho de haber ido a contar lo que allí sucede.

Me gustaría empezar hablando de una de las víctimas ocultas del conflicto entre palestinos e israelíes. No, no me refiero a los palestinos, ni a los beduinos, ni a los cuatro israelíes de izquierdas, ni a los académicos que piden un boicot a las universidades israelíes ni a los habitantes de las aldeas árabes de la Galilea. No. Me refiero a las palabras, a la capacidad de elaborar un discurso coherente en el que todos sepamos lo que estamos diciendo porque las palabras significan lo que significan y no otra cosa. Una de las consecuencias del conflicto es la desnaturalización de una serie de palabras que no significan lo que deberían significar sino que sirven de parapeto, de muralla, para ocultar una realidad diametralmente opuesta a su significado. Espero que comprendáis que, para mí, las palabras son un bien valioso, a proteger. Soy periodista, y mientras haya alguien interesado en ello me dedico a captar hechos, manipularlos (en el sentido etimológico del verbo) y convertirlos en palabras. Les tengo, pues, un cariño especial a las palabras.

No hay palabra más prostituida, más castigada, más humillada, más pisoteada, más destrozada en Israel y los territorios ocupados que la palabra paz. Por motivos diametralmente opuestos, no hay palabra más ignorada, despreciada, menospreciada y  vilipendiada que justicia. Ambas coinciden, eso sí, en una cosa: ni a la una ni a la otra las podemos encontrar ni en Israel ni en los territorios ocupados.

Paz. Ese es, oficialmente, para Israel, los líderes de la OLP y la ANP y la comunidad internacional, el objetivo, la meta, el final deseado del conflicto entre unos y otros. Paz buscaba el proceso de Oslo del que ahora se cumplen 20 años. La paz, ese esquivo objetivo que, dice el discurso oficial, a punto estuvo de lograrse en Camp David. O en Taba. Conferencia de Paz de Madrid, se llamó el famoso encuentro que también hace dos décadas dio inicio al gran santo grial de las relaciones internacionales desde entonces: el Proceso de Paz entre palestinos e israelíes. Así, en mayúsculas.

Llevamos, pues, veinte años de proceso en busca de la paz. En este tiempo ha habido tres premios Nobel de la paz y una Intifada. Ha habido siete primeros ministros israelíes (Rabin, Peres, Netanyahu, Barak, Sharon, Olmert) y dos líderes palestinos (Arafat y Abbas). Hamas ha pasado de ser una formación residual a ser el principal movimiento palestino a juzgar por la única encuesta que vale: los resultados electorales. La sociedad israelí se ha vuelto más religiosa, más nacionalista, más radical, más racista, más insensible a la misma existencia de los árabes, según sus propios estudios de opinión. Sharon se fue de Gaza y la OLP aceptó la existencia de Israel. Han muerto miles de personas, mayoritariamente palestinos. Podemos hacer muchos balances: yo lo reduzco a una cifra: 600.000 colonos en Jerusalén y Cisjordania. Esta cifra resume una realidad: después de 20 años buscando la paz a través de su proceso, la situación en los territorios ocupados es peor de lo que era antes de iniciar el proceso. Podemos elegir parámetros: geográficos, políticos, sociales, económicos. Después de 20 años de proceso de paz, la paz está más lejos de lo que estaba cuando se empezó. Si la situación en 1992 y en 1993 era mala, ahora es peor.

Es frustrante, claro. En el discurso público, político y mediático, existe una especie de fatalismo, como si lo que sucediera en los territorios ocupados fuera una catástrofe natural, un tsunami, un terremoto, el capricho de los elementos. Nos esforzamos todos en lograr la paz y no hay manera, mecachis. No quiere, la maldita. A veces hemos encontrado culpables (Arafat, en Camp David; durante un tiempo la tozudez de Sharon y de los halcones israelíes en contraposición a la bondad de las palomas lideradas por Shimon Peres) pero la mayoría de las veces es algo casi esotérico. Palestinos e israelíes empiezan las conversaciones de paz en el hotel King David, escuchamos a los corresponsales informar, y todos deseamos que lleguen a buen puerto. Como si juntos estuvieran subiendo sin oxígeno al Everest. Juntos podemos. Venga, vamos, muchachos. Aparece Saeb Erekat en la CNN y dice que el pueblo palestino quiere la paz, y junto a él Shimon Peres asiente y casi llora de emoción. El Barça organiza giras en nombre de la paz y ni así, ni siquiera Messi puede golear por la paz. Se resiste, la muy puñetera. ¿Por qué será, pobre gente, acaso no se merecen los niños israelíes y palestinos vivir en paz?

El problema es el que os decía al principio: las palabras son las grandes víctimas ocultas del conflicto. La palabra paz no significa lo mismo para quienes participan en este proceso y para quienes lo sufren o se ven afectados.

Para los ciudadanos israelíes, la palabra paz significa ausencia de violencia, que los árabes les dejen en paz.

Para el sionismo, la palabra paz significa muchas cosas: sumisión, tierra sin gente y sin derechos, sin memoria, sin perdón. Una cortina de humo, una maniobra de engaño para seguir a lo suyo mientras dicen que trabajan por ella. La paz es que los árabes se vayan en paz y que su lugar lo ocupen ciudadanos israelíes, ciudades israelíes, carreteras israelíes, bosques israelíes.

Para los líderes palestinos de la OLP y la ANP, para Al Fatah, el proceso de paz es un oficio, un estilo de vida, su única razón de ser, de enriquecerse, de medrar. Aquí paz y después gloria.

Para Hamas la paz a la que oficialmente se aspira es sumisión, rendición, humillación, una forma en vida de descansar en paz.

Para los ciudadanos palestinos la paz es… pues depende.

Porque cuando hablamos de palestinos, ¿de qué palestinos hablamos? Hay muchas clases de palestinos, todo proceso de ocupación busca dividir a la población ocupada y la ocupación israelí ha sido muy exitosa en este sentido. ¿En nombre de qué palestinos negocian Erekat y Abu Mazen? ¿De los de Gaza, de los de Cisjordania o de los que trabajan en la Mukata? ¿De los Blue ID de Jerusalén o de los árabes israelíes? ¿De los refugiados del Líbano o de los de Jordania? Ni siquiera la palabra palestino tiene un único significado. Puede que por eso la paz para los palestinos de a pie suele significar poco. Normalmente de lo que hablan es de justicia.

 

Pero este es un proceso de paz, no de justicia, y esta no llega nunca, y nos preguntamos por qué, decíamos, con la impotencia con la que uno ve llover y no puede evitarlo. Porque la palabra paz entendida como se usa en el denominado proceso de paz lleva implícito varios discursos que no hacen más que, precisamente, alejar la paz.

1. El discurso de la igualdad. Es la lógica falsa y muy perniciosa, de que aquello es un conflicto simétrico y equilibrado, de dos pueblos que no se entienden que tienen el mismo derecho a la misma tierra y que no hay manera de que hablen y se pongan de acuerdo entre sí, así que hay que tender puentes, también conocidos como la Paz y su eterno Proceso. La verdad, claro, es otra: es un conflicto asimétrico, profundamente desequilibrado, con una parte poderosa y otra que no lo es, con una legalidad internacional muy clara respecto a quién ha tomado lo que no le pertenece y unas consecuencias de estos actos (el entramado social y económico de la ocupación) también muy claras.

2. El discurso de Israel es uno de los nuestros. La autoridad del conflicto recae, a ojos de Occidente, en los israelíes. Por un lado, por supuesto, existe el peso histórico del Holocausto y lo sucedido en la segunda guerra mundial a pesar de que el problema en Palestina empezó mucho antes (la Declaración de Balffour, un intento británico de solucionarlo, es de 1917). Norman Fikelstein lo explica mucho mejor que yo en ‘La Industria del Holocuasto’.

Hay también mentalidad colonialista. Profundamente en la psique occidental descansa la idea de que “los israelíes son como nosotros” (de hecho, muchos de ellos lo son, ya que ellos o sus padres o abuelos hicieron la ‘aliya’). Esto condiciona, de entrada, la posibilidad por parte de la comunidad internacional de ejercer una sobre Israel del estilo de la que se hizo, por ejemplo, sobre Suráfrica.

No ocurre sólo en el ámbito político y diplomático. Cuando Antonio Muñoz Molina, Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat desoyeron la petición del BDS de no acudir a actos culturales a Israel, uno de los argumentos que usaron es que hay poca gente tan propalestina como… los israelíes. Hombre, los palestinos suelen ser bastante propalestinos. Pero fijaros que en el discurso público, nadie puede ser más “lúcidamente crítico” con la ocupación israelí que un… israelí; nadie sabe mejor que un israelí cómo piensa un palestino, o cómo sufre la ocupación; o cómo ama, o cómo odia, o cómo vive. Ningún cineasta mejor que un israelí para mostrar en la gran pantalla la vida diaria en los territorios ocupados; ningún escritor, mejor que un israelí, para explicar cómo vivían los árabes bajo el Mandato británico. ¿Hay que hablar de la gestión del agua en los territorios? Expertos israelíes. ¿Del fenómeno de los suicidas en la intifada? Expertos en seguridad israelíes. ¿De las luchas internas palestinas? Analistas israelíes. ¿De la vulneración de los derechos humanos en los territorios? ONG israelíes. ¿Del papel de la mujer en la lucha contra la ocupación? Feministas israelíes. ¿Del hummus y el babaganush? Cocineros israelíes.

De ahí que la opinión de los israelíes valga más que la de los palestinos, que la de los árabes. Hasta el punto de que los palestinos, –sus ONG, sus académicos, sus artistas– no son referente ni fuente de autoridad ni siquiera en ser propalestino ni en conocer los efectos de la ocupación en los territorios ocupados.

En la construcción de este discurso de que Israel es uno de los nuestros no es ni mucho menos ajeno el trabajo del loby israelí en Washington.

3. El discurso de que las dos partes deben hacer esfuerzos por la paz. Consecuencia de los anteriores dos puntos. Al conflicto en realidad tendríamos que llamarlo

ocupación. Hay unos territorios ocupados, unos refugiados, unas vulneraciones de los derechos humanos y una resistencia, en algunos casos armada e indiscriminada, en otros pacífica, a esta ocupación que hace décadas que dura. Y hay unas víctimas y unos culpables.

Este discurso de los esfuerzos por la paz niega que el tema sea tan sencillo y exige a las dos partes concesiones. “¿Cómo va a ser tan fácil?”, me han preguntado muchas veces. “Israel no puedo hacerlo todo mal”, argumentan. “Los palestinos no son tan buenos y los israelíes, tan malos, no puede ser. Algo habrán hecho mal los palestinos, ¿no?”. En el fondo, es irrelevante qué hagan los palestinos. Si mañana se levantaran siendo unos impecables demócratas suecos, la ocupación y sus consecuencias serían exactamente las mismas.

De hecho, lo han intentado. Toda la política de Abu Mazen se basa en cumplir unos deberes que nunca se acaban. La estrategia israelí siempre es la misma, independientemente de quién gobierne: decir una cosa y hacer otra, crear realidades sobre el terreno que cambian sobre la marcha las reglas del juego. Ha sido así cuando ha habido violencia palestina y cuando no la ha habido.

4. El discurso de que lo importante es dialogar. En el súmmum de la destrucción del significado de la palabra paz, el objetivo máximo del proceso de paz es el hecho de que palestinos e israelíes hablen de paz, dialoguen entre ellos, hablen entre ellos. Es una falacia más, porque palestinos e israelíes se pasan el día hablando a todos los niveles. En la calle, donde a pesar del daño hecho por la violencia no se da, allí donde conviven, situaciones de violencia extrema (hay excepciones: Hebrón, por ejemplo). Hablan como capataces y trabajadores en fábricas y asentamientos, militares y civiles en ‘check points’, empresas y consumidores. El 21% de la población del Estado de Israel es árabe, palestinos con ciudadanía israelí (ciudadanos de segunda, eso sí). Los árabes ciudadanos de Jerusalén pagan impuestos (aunque no tienen los mismos derechos que los ciudadanos israelíes de la ciudad). Los líderes políticos hablan continuamente entre ellos. No hay un problema de piel, de dos comunidades enfrentadas

5. El discurso de que la paz es la ausencia de violencia. Es el razonamiento que se esconde detrás de la frase “Israel tiene derecho a defenderse” y de la ecuación en que siempre se ha basado el proceso de paz, “paz por territorios”, o “la creación de dos Estados viviendo el uno al lado del otro en paz y seguridad”. La paz no es, sólo, ausencia de violencia. Es muy importante la justicia. La reconciliación como segundo paso tras la asunción de responsabilidades y el reconocimiento de culpas. El reconocimiento del derecho a existir del otro. La lista es larguísima. Nada de esto se trata en el denominado proceso de paz.

Así las cosas, claro, la paz, la de verdad, no la del proceso,  se resiste. Cómo no va hacerlo. La experiencia de estos 20 años de proceso de paz arrojan una conclusión clara: las negociaciones directas entre palestinos e israelíes sobre la base de estos cinco discursos a los que nos referíamos no sirven absolutamente de nada.  Bueno, sí, para profundizar la ocupación y agravar sus consecuencias sobre la sociedad palestina y también la israelí.

¿Qué hacer, pues? La única solución pasa por acabar con la ocupación, y esto sólo puede hacerse aplicando el derecho internacional mediante una presión internacional que fuerce a la sociedad israelí a acabar con la ocupación. ¿Cómo?

1. Hablar más de Israel. Si los palestinos, decíamos, son irrelevantes, la lupa de la comunidad internacional debe recaer sobre Israel, la autoproclamada única democracia de Oriente Próximo. Prensa y activistas debemos hablar de Israel, de sus leyes, del proceso de involución que padece, de su economía, de sus estructuras sociales, del integrismo político y el fundamentalismo religioso que anidan en su seno.

En Israel, en el sionismo, anidan dos grandes tendencias desde el impacto que supuso la segunda Intifada. A grandes rasgos, desde el 2005 hay dos visiones de futuro de Israel. El ideal sionista tenía dos pilares: la tierra y la demografía. En el 2005, Ariel Sharon decidió sacrificar la tierra (Gaza entera, algunas pequeñas partes de Cisjordania) a cambio de garantizar la demografía, es decir, la mayoría judía del Estado. En eso es lo que piensa el sionismo cuando habla de dos Estados: Israel no quiere, ni puede, gestionar la vida de los palestinos por varios motivos: porque entonces pronto no habrá una mayoría judía o porque, por definición, un Estado ocupante no es un Estado democrático. Urge, por tanto, que los palestinos tengan un Estado propio. Llegados a este punto, se trataba de que los palestinos firmaran un acuerdo que beneficiara territorialmente lo máximo posible a Israel. A ello se dedicó Sharon primero y Olmert, después. Sin éxito, entre otros motivos porque a ello se opusieron Hamas y Netanyahu y los colonos y porque Abbás nunca ha tenido ni fuerza, ni credibilidad ni legitimidad para firmar nada.

Netanyahu tiene su propio concepto, a lo Jabotinsky y su Muro de Hierro, del Gran Israel: no ve problema en que Israel controle toda la tierra y que los palestinos en ella sean habitantes sometidos. En este sentido, la resistencia es algo a sofocar, a reprimir. Y en ello estamos: expandiendo asentamientos y con mano dura. El inevitable precio democrático a pagar, el hecho de que para que esto suceda sea necesario levantar un régimen de apartheid con sus bantustanes en los que concentrar a la población palestina, no molesta a Netanyahu. De ahí el crecimiento de los asentamientos; de ahí las operaciones militares; de ahí su pacto con Lieberman. De ahí que día a día el objetivo de Netanyahu sea hacer inviable un Estado palestino.

2. Boicot internacional. El trabajo del BDS hace daño a Israel. Desafiando a la geografía, sus leyes, su política y su idiosincrasia, Israel se considera (y quiere ser considerado) un país occidental. Israel teme la (mala) imagen, que le hagan el vacío. A Israel le gusta ir por el mundo y que le den golpecitos en el hombro, la única democracia de Oriente Próximo, la luz entre las tinieblas (árabes) de Oriente Próximo, el vergel en el desierto. Más que cualquier resolución de la ONU, Israel teme que sus ciudadanos no puedan pisar Londres no sea que los detengan por lo que hicieron cuando estaban en el IDF, que su Maccabi no pueda jugar la Final Four, que sus cantantes no participen en Eurovisión, el espectro de Suráfrica. El peor miedo de Israel, país oriental, es que Occidente se levante y le diga: no eres de los nuestros. Por eso las campañas de boicot son tan virulentamente perseguidas y desprestigiadas y la política de comunicación constituye un pilar tan importante de la política exterior israelí.

3. Presión diplomática internacional y legalidad internacional. Una fuerte presión de Estados Unidos y Europa. Justamente sucede lo contrario: nunca antes en la historia los dos supuestos grandes mediadores del conflicto habían estado tan alineados a favor de Israel.

Paradójicamente, esto no le hace ningún favor no ya a la paz, sino al propio Israel. Porque sí, es cierto, la trituradora israelí es insaciable y si el objetivo de Netanyahu es hacer inviable un Estado palestino podemos darlo por vencedor, porque hace tiempo que la solución de los dos Estados es inviable.

Porque el análisis de base de Sharon continúa siendo cierto. Un Israel perpetuamente ocupando los territorios y sojuzgando a sus habitantes tendrá la tierra, pero no será un Estado judío demográficamente hablando ni democrático, entre otros motivos porque los palestinos ya han demostrado sobradamente durante décadas que tienen capacidad de resistir. Es malsano y paradójico, pero cada metro de nuevo asentamiento construido, cada bomba que cae en Gaza, cada paletada de cemento en el muro dinamita a la larga la misma existencia de Israel como Estado judío. Porque el Estado opresor a la larga, como cio Sharon, es insostenible, por no hablar que los vientos de la historia van en contra de los Estados étnicamente puros. Eso sí, mientras, Y, muerte, sufrimiento y dolor.

A los palestinos no les queda más que resistir. Más que nunca, sobrevivir para ellos es resistir. Al activismo internacional le corresponde ayudarles a sobrevivir y presionar en Occidente para que haya un cambio de políticas hacia Israel, mediante BDS y presión a sus Gobiernos. Y a, nosotros, los periodistas, recuperar las palabras y tener la valentía de darles el significado que en realidad tienen.

Y, sobre todo, dejar de hablar de paz y hablar de justicia como camino para poder hablar de paz, pero de la de verdad.

@jcbayle

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