El dilema del tranvía de Jerusalén

Es una sensación extraña, de entrada, utilizar el transporte público en Jerusalén. En mis años en la ciudad, los años de la Intifada, uno evitaba el transporte público porque los atentados suicidas en autobuses eran una de las expresiones más sangrientas, en el lado israelí de la Línea Verde, de la violencia desatada. En el lado árabe de la ciudad no había un servicio de trasporte público como tal. Que cumplieran esa función con una eficacia asombrosa los ‘service’ (los taxis colectivos, esas furgonetas irregulares que llegaban como podían a cualquier parte, entre ‘check points’, barricadas, registros militares, toques de queda, etcétera) no significa que pudiera hablarse de un sistema de transporte público. Por todo ello, uno, como extranjero, acababa haciéndose a la que podía con un coche o poniéndose en manos de los taxistas y el consecuente arte del regateo. Insisto en lo de la condición de extranjero, ya que los extranjeros en Jerusalén, en Israel y en los territorios ocupados tenemos una experiencia muy determinada de lo que allí ocurre. Siempre me ha parecido una gran osadía por parte de un extranjero decir que se siente como un palestino o como un israelí, o que sabe cómo se sienten cualquiera de los dos. Los extranjeros tenemos un pasaporte; por tanto, nos podemos ir cuando queremos. Eso marca una enorme diferencia. Sigue leyendo

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Realpolitik amb espardenyes

Como corresponsal, viví como simple observador una visita de un presidente de la Generalitat a Israel y Palestina. Fue en 2005, la famosa de Pasqual Maragall y Josep-Lluís Carod Rovira. Sí, la visita de la corona de espinas. No fui testigo de la foto cerca del Santo Sepulcro que marcó ese viaje, ya que no formaba parte de la comitiva de periodistas. En estas visitas, los mandatarios suelen llevar consigo a los periodistas que normalmente cubren sus pasos en casa, en este caso en Barcelona, ya que para ellos prima el enfoque doméstico sobre el internacional. En cambio, los corresponsales tienen la mala costumbre, el defecto profesional, de preguntar sobre el lugar en el que viven y trabajan. Por ejemplo, en el  actual viaje de Artur Mas algún corresponsal igual hubiera preguntado al president –a lo mejor, hasta lo hubiera incordiado– por los palestinos, acostumbrados como están los corresponsales a que cualquier líder político que pise la zona se entreviste con los dos bandos, vaya a los dos sitios, reconozca el derecho de los palestinos a tener un Estado que viva en paz y seguridad al lado de Israel, tal como marca la hoja de ruta de la comunidad internacional. Eso es lo que hace de saque, por rutina, cualquier mandatario; visitar sólo la parte israelí es típico, digamos, de un Sheldon Adelson. O de un José María Aznar. Y por eso es seguro que un corresponsal allí hubiera preguntado por los palestinos. Por rutina profesional, vamos. En cambio, decíamos, al igual que al mandatario al que siguen, a los periodistas que cubren estos viajes les interesa la clave doméstica y no la internacional. Esto siempre tiene doble filo: los corresponsales no hubiéramos hecho aspavientos por la foto de la corona de espinas de Carod Rovira. “¿Por qué los refugiados son refugiados? Quiero decir, ¿por qué no salen simplemente del campo de refugiados, si tan mal están, y se van?”, preguntó uno de los periodistas que acompañaron a Maragall cuando la expedición del president entró en la franja de Gaza dejando atrás el muro, la terminal y los tanques que la aislaban de Israel y la convertían (entonces y ahora) en una gran cárcel al aire libre. Sigue leyendo

La cultura de Defensa en España e Israel

Un cuaderno escolar, maltrecho, con garabatos infantiles en árabe, fue recuperado de un cráter de amasijos de barro, escombros e hierro carbonizados en un barrio de la ciudad de Gaza. En el muro de un dañado edificio cercano al cráter, alguien escribió: “Esta es la paz israelí; estas son las armas americanas”. Gaza. 23 de julio del 2002. El día anterior, una bomba de una tonelada lanzada desde un F-16 de las fuerzas aéreas isralíes había destruido ese edificio. Murieron 15 personas. Casi 200 resultaron heridas.  El objetivo del bombardeo, un ejemplo de lo que Israel llamaba “asesinatos selectivos” o “asesinatos extrajudiciales”, era Salah Shehadeh, líder de Hamás. Shehadeh murió, al igual que su esposa, un hijo y una hija suyos. Los muertos no suelen tener nombre, sino que son reducidos a cifras, por eso siempre intento citarlos: Salah Mustafa Shahadeh, 49 años; Laila Khamis Shahadeh, 41 años; Iman Salah Shahadeh, 14 años; Iman Hassan Matar, 27 años; Alaa Muhammad Matar, 11 años; Dunia Rami Matar, 5 años; Muhammad Raed Matar, 4 años; Aiman Raed Matar, 2 años; Dina Raed Matar, 1 año; Muna Fahmi al-Huti, 22 años; Subhi Mahmoud al-Huti, 5 años; Muhammad Mahmoud al-Huti, 3 años; Zaher Saleh Nassar, 37 años; Yusef Subhi ‘Ali a-Shawa, 42 años; Khader Muhammad al Sa’idi, 67 años. “Estoy muy preocupado con ustedes los españoles”, me espetó a bocajarro un joven –con sangre seca en su ropa varias horas después del bombardeo– en la carpa fúnebre levantada cerca del cráter cuando me presenté como periodista español a la caza de testigos. “¿Qué está haciendo su Ejército con Marruecos en la isla de Laila? Lo he visto por Al Jazeera…” Yo, a esa isla, la  llamaba Perejil, y llevaba tan poco tiempo en la zona que aún no entendía nada, no sabía nada. Sigue leyendo