El peor enemigo de sus enemigos

Versión ampliada del artículo ‘El guerrero que nunca quiso la paz’ publicado en la versión impresa El Periódico el 13 de enero del 2014.

Es difícil, pero intenten abstraerse del (sonrojante) coro de reacciones internacionales que definen a Ariel Sharon como un valiente, tardío, pero valiente, hombre de paz al que el azote de la enfermedad le impidió, hace ocho años, completar la paz con los palestinos. Como en tantas otras cosas, para entender a Israel y a los israelís lo más fiable es acudir a los propios israelís. Acabado el shabat anoche, también hubo en Israel una catarata de comentarios y análisis sobre el calado histórico de la figura de Sharon (al que, por cierto, en su país solían llamar más Arik que bulldozer). Guerrero. General. Comandante. Soldado. Sionista. Defensor de Israel. Ante todo y ante todos, un defensor de Israel. The New York Times, que en estos asuntos es como si fuera prensa local israelí, hablaba ayer por la tarde de «feroz defensor de un Israel fuerte», de «campeón del sionismo», de un político que creía que los judíos «deben defender sus necesidades colectivas sin avergonzarse y sin miedo a la censura de los demás». Ese era Ariel Sharon. Judío, israelí, sionista, guerrero., el peor enemigo de sus enemigos. Nunca un hombre de paz. De hecho, jamás tuvo el más mínimo interés por una paz que no fuera la de su gente, como bien saben palestinos y libaneses. Condoleezza Rice, tal vez con la libertad de quien ya no ejerce ningún cargo, lo definió ayer como «un fiel y feroz defensor de la paz y la prosperidad para el Estado judío y democrático de Israel». Cuidadosa definición en lo que dice y en lo que no dice.

Es innegable el peso de Sharon en la historia de Israel. El guerrero (así tituló su autobiografía) ha estado presente, de una forma u otra, en todas las batallas, militares y políticas, que libró el país desde 1948, fecha de su creación, hasta el 2006. E incluso las posteriores contiendas no se entienden sin la decisión que marca el tramo final de su biografía: el desalojo de los asentamientos de Gaza en el 2005 y su decisión de fijar de forma unilateral, sin contar con los palestinos, las fronteras de Israel, lo que equivale a decir las fronteras de Palestina.

Si en uniforme el Sharon militar siempre buscó la victoria por todos los medios (la unidad 101, por ejemplo), en traje y corbata el Sharon político siempre tuvo como objetivo lograr por todos los medios los dos pilares del sionismo: la tierra (del mar al río) y la demografía (mayoría judía garantizada). De ahí, por ejemplo, su apoyo sin fisuras al movimiento de los colonos. De ahí su sistemática oposición (y sabotaje, véase la visita a la Explana de las Mezquitas) a cualquier proceso negociador, desde Oslo a Taba.

Sin embargo, en la recta final de su carrera entendió el riesgo que corría el ideal sionista y con él, Israel: un Estado que permanentemente ocupe los territorios palestinos (y su población) no será democrático y no tendrá una mayoría demográfica judía garantizada. Viejo militar, avistado el peligro actuó en consecuencia: sacrificar parte de la tierra a cambo de garantizarse la mayoría demográfica y dejar de gestionar la vida de millones de árabes. Para lograrlo, igual que en el campo de batalla no se andaba con miramientos, tampoco los tuvo en la arena política: escindió el Likud y se enfrentó a sus amigos de siempre, los colonos.

Ese sigue siendo hoy el debato de fondo en Israel, y no el proceso de paz que trata de levantar el esforzado John Kerry. Binyamin Netanyahu, a diferencia de Sharon, no ve problema en prolongar sine die la ocupación aunque eso implique tener bajo control a millones de palestinos sin derechos civiles. Es la diferencia, entre el penúltimo de una estirpe de milicianos-militares-políticos sionistas y el alumno destacado de una casta política formada en las universidades y los think tanks de EEUU, entre Sharon y Netanyahu: que el guerrero sólo piensa en la guerra y el político no ve más allá de las batallas.

@jcbayle

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