Apuntalando la Torre de Marfil

Convertimos en símbolo máximo de la democracia, en la imagen viva del demócrata, a un Rey. Sí, un Rey, el mismo que pasa el poder de padre a hijo, ese método tan democrático. Muy campechano, eso sí. España, democracia campechana.

Lo peor de España no es su crisis económica. España sufre una crisis sistémica del régimen creado en la Transición. Igual es cierto que entonces no se pudo hacer otra cosa; igual es verdad que con las cartas tal y como estaban repartidas (y marcadas) eso es todo lo que se pudo hacer. Puede ser, aceptémoslo, aquello fue un mínimo común denominador porque no era posible ni otear cotas más altas. Por eso no hubo justicia con las víctimas; por eso no hubo justicia con los verdugos; por eso se creó un sistema opaco en el que las cúpulas de los partidos concentraron todo el poder; por eso se extendió la idea de que democracia es votar cada cuatro años, y ya está; por eso se diseñó un poder judicial dependiente de los partidos; por eso, ante la enorme dificultad de cerrar el diseño territorial, se tuvo la brillante idea de nunca cerrarlo, de dejarlo eternamente ‘working in process’; por eso se idealizó a los forjadores del acuerdo de mínimos; por eso un Rey, sí, un Rey, designado por el dictador, un Rey al cual nadie eligió y un Rey a cuyo sucesor nadie elegirá, se convirtió no ya en el Jefe de Estado (que mira, cosas raras hay en todas partes), sino en la cara de la democracia. Sí, de la democracia. Y no sólo nos parecía normal la idea de que un Rey equivalga a democracia, sino que hasta nos pareció elogiable y exportable, una materia de la que dar lecciones por el mundo. Con un par.

Aceptemos, pues, aunque sea con pinzas en la nariz (nos lo dicen nuestros mayores, la mayoría de españoles no estuvimos o éramos unos mocosos) que el problema no es lo que se hizo entonces. Luego, el problema es lo que no se hizo después: cuatro décadas más tarde, el discurso que glorifica la Transición sigue siendo el mismo. Todo lo bueno que tuvo ese proceso se ha deteriorado; todo lo malo ha empeorado y se ha dejado pudrir con la excusa de que no hay que tocarlo. Se hundió la popularidad de la Monarquía; se hundió el sistema de partidos, y el mismo bipartidismo va entonando el canto del cisne; se desprestigiaron las instituciones; el problema territorial ha pedido cita el 9 de noviembre (o el 11 de septiembre) para estallar; y sí, además, hay (o ha habido, o sigue habiendo, ya se verá) una descomunal crisis económica que se ha llevado por delante los consensos sociales del Estado del Bienestar, curiosamente los únicos consensos de la Transición que no son intocables si lo pide la troika.

Y ahora el Rey va y abdica. Antes del verano, a cuyo fin estallará el problema catalán. En los estertores de la primavera, cuando las elecciones europeas han puesto de manifiesto lo que cualquiera que no habite en una Torre de Marfil sabe: que los tiempos del bipartidismo tocan a su fin. A las puertas de un cambio profundo en el PSOE, que básicamente debe elegir si quiere hundirse más o no. Y, para no hundirse, debe bajar de la Torre de Marfil. Y eso, tiene consecuencias. Aplauden el cambio generacional (“Merece pasar a la primera línea una generación más joven, decidida a emprender las reformas que la coyuntura actual demanda”) en los partidos, en los medios de comunicación, en el ‘establishment’, los mismos de la misma generación del Rey o aquellos un pelín más jóvenes que llevan años impidiendo cambios, generacionales o de cualquier tipo, en España, en los partidos políticos, en las empresas, en los medios de comunicación.

Cuenta muy bien Javier Cercas que el objetivo último del Rey el 23-F era salvar la institución, la monarquía. Ese fue el objetivo durante el 23-F y en todo el proceso de la Transición. Ahora, el objetivo sigue siendo salvar la institución. Un elefante se llevó por delante a Juan Carlos, pero fue literalmente un elefante de Botsuana y no, perdón por el anglicismo, el gran elefante en la habitación: ¿qué pinta un Rey en una democracia en el siglo XXI? Para salvar la institución llega Felipe VI, el Rey mejor preparado de la historia, dice el cliché.

Me temo, amigos que habitáis en la Torre de Marfil, que de nada servirá el cambio de caras. Igual los furores de Twitter no se plasman al completo en manifestaciones en las calles (pero, por si acaso, sospecho que lo de Felipe será una coronación exprés –no sea que a pesar del incipiente Mundial el republicanismo de la Puerta del Sol germine y crezca– y ‘low cost’, espero, de patatas de bolsa, ganchitos y unas fantas, que no está el horno para bollos ni la crisis para extravagancias borbónicas) pero las elecciones municipales llegarán, y las generales, también. Los ciudadanos, en Catalunya y en el resto de España, de una forma o de otra acabarán hablando donde toca, en las urnas. Al régimen de la Transición ya no lo salva un cambio de caras, y probablemente tampoco lo rescatará ninguna reforma. Con Felipe VI nacerán unos cuantos miles de independentistas más en Catalunya, y unos cuantos miles de votantes menos del PPSOE.

Se dice, con acierto, que Juan Carlos traicionó al franquismo por la democracia. De la misma forma que aquel régimen en caída libre vio en Juan Carlos I la garantía de permanencia, el actual ve en Felipe VI la posibilidad de que la Torre de Marfil no se desmorone. Las diferencias son muchas: aquello era una dictadura y esto, aunque campechana, es una democracia. Pero en este sentido Felipe VI se verá en una tesitura muy similar a la que tuvo su padre. Entonces, Juan Carlos I optó por la democracia porque era la única forma de que sobreviviera la monarquía, porque difícilmente en aquella Europa de la década de los 70 podía tener sentido algo que no fuera una democracia. Entonces, democracia y monarquía iban cogidas de la mano y lo han ido durante los 39 años de reinado de Juan Carlos I. Hoy, democracia y monarquía están en aceras diferentes, una en la calle, la otra en la Torre de Marfil. ¿Verá esto el Rey mejor preparado de la historia de España?

El momento histórico, social, político y económico es muy delicado. En bancarrota el régimen de la Transición, esto es como una moneda lanzada al aire: puede salir un sistema moderno, más democrático que el actual, participativo, que los ciudadanos consideren propio y en el cual crean, o España puede ser fiel a su historia, con todo lo que ello supone. Entre la Torre de Marfil carcomida de esta crisis que es una estafa y la antipolítica populista puede haber otro camino. Encontrarlo y transitarlo debería ser el objetivo de la segunda Transición anunciada, y no la supervivencia de la Corona, que es lo mismo que apuntalar la Torre de Marfil. ¿Verá esto el Rey mejor preparado de la historia de España?

@jcbayle

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