A los trovadores y escribas de la paz

Es ver a los cuatro niños asesinados en la playa de Gaza al lado del hotel al Dirah (se llamaban Ahed Bakr, Zakaria Bakr, Mohd Bakr e Ismail Bakr, hay que decir los nombres, siempre hay que decir los nombres) y acordarme de esos trovadores que van a Israel a cantarle a la paz, de esos escritores que van a Israel a recoger premios y citan a aquellos israelís que quieren la paz, de esos clubs de fútbol que van a Israel a montar clínics por la paz. Me acuerdo de ellos porque suelen dar  unas cuantas lecciones acerca de que Israel no es monolítico, de que en Israel hay muchos propalestinos (más, se diría oyéndoles, que en la misma Palestina), de que en Israel  hay mucha gente que quiere la paz. Me acuerdo de ellos porque no he visto a esos miles y miles de personas que acudieron a sus conciertos en busca de paz salir a las calles de Tel-Aviv y de Jerusalén para protestar por la masacre de Gaza. Sí, salieron unos cuantos en Tel-Aviv, los cuatro de siempre, y fueron abucheados y acosados por grupos de extrema derecha que lucían camisetas de grupos neonazis alemanes. A algunos les parecerá sorprendente y hasta demencial; a mí me parece consecuente con lo que es ya hoy y el camino hacia el que va el Estado de Israel.

Decía que no, no he visto a los israelís sedientos de paz a quienes nuestros trovadores cantan y nuestros escribas dedican sentidos artículos salir por miles a las calles exigiendo ‘paraules d’amor’ para sus vecinos de Gaza, o justicia para la familia de Shuafat a cuyo hijo de 14 años quemaron vivo unos colonos en venganza por la muerte de los tres jóvenes colonos de Hebrón. Sí he visto a los vecinos de Sderot acarrear unas tumbonas, sentarse en una colina, e hincharse a aperitivos mientras observaban caer las bombas en Gaza y aplaudían como quien jalea un partido de fútbol. Y también he visto lo que dicen o escriben políticos israelís, lo de matar a las madres palestinas porque llevan serpientes en sus vientres. O lo de cortar la electricidad e impedir la entrada de comida y agua a la franja. Y también sé de algo que no se había visto hasta ahora: los grupos de valientes muchachotes que recorren la noche de Jerusalén buscando árabes a los que apalizar. Los otros son cuatro. Uno, dos, tres y cuatro.

Pienso en los autoproclamados trovadores y los escribas de la paz (simples herramientas de lavado de cara de un Estado cuyo rostro es el de Ahed Bakr, Zakaria Bakr, Mohd Bakr e Ismail Bakr muertos en la arena de Gaza) porque es el Mediterráneo el que lava la sangre de los pies de la franja de Gaza y de las manos de los ciudadanos de Tel-Aviv que no mueven un dedo para que su Estado deje de ocupar a los palestinos y deje de matarlos en vida o a bombazos en su nombre. Pienso en ellos porque si de verdad hubieran ido a Oriente Próximo a cantar por la paz o bien hubiesen actuado en Gaza o bien hubieran tocado para cuatro, los cuatro que se manifestaron en Tel-Aviv entre insultos de israelís, algunos de ellos ataviados con camisetas neonazis. Pero fueron precisamente esos cuatro los que les pidieron que no fueran, y son esos que los insultaron los que hablan de Samaria sin ti, que es lo mismo que Samaria sin árabes. Pienso en ellos porque cuando se les explicó por qué se les pedía que hicieran lo mismo, digamos, que Stephen Hawking y Desmond Tutu, respondieron con lecciones de moralidad. Encima.

Pienso en ellos también porque no sé qué sentirán al estar del mismo lado de quienes culpan a los padres palestinos de la muerte de sus hijos bombardeados en una playa (se llamaban Ahed Bakr, Zakaria Bakr, Mohd Bakr e Ismail Bakr, hay que decir los nombres, siempre hay que decir los nombres), de quienes inventan escudos humanos donde sólo hay una población civil masacrada, hacinada, 1,5 millones de personas en 320 kilómetros cuadrados. No sé qué pensarán del hecho de que pasarán a la historia de la mano de Avigdor Lieberman y las portadas de La Razón.

Podemos hablar de política; podemos hablar de historia; podemos hablar de derechos humanos; podemos hablar de justicia; podemos hablar de legislación internacional. Podemos hablar de todo esto, y de muchas más cosas, de integrismo, de fundamentalismo, de nacionalismo, de Theodor Herzl y de Ze’ev Jabotinsky, de Binyamin Netanyahu, Tony Blair, Barack Obama y Mahmud Abbás, de Hamas y del Likud. Pero hoy sólo quiero hablar de Ahed Bakr, Zakaria Bakr, Mohd Bakr e Ismail Bakr, Sólo quiero hablar de decencia, de elemental decencia humana, de cuatro niños asesinados mientras jugaban en la playa que dibujan una clara línea en la arena. A un lado, los que disparan, los que matan, los que los jalean, los que justifican, los que defienden, los que limpian la cara, los que torturan la verdad hasta hacerla sangrar (“La población de Gaza resiste con Hamas y no abandona sus hogares”). A otro lado, los que lloran, de dolor, de rabia, de incredulidad. Se trata de elegir en qué lado de la línea estás. Así de fácil. Así de difícil. Ha sucedido antes, sucede ahora, sucederá mañana: En Suráfrica. En el autobús de Rosa Parks. En Tiannanmen. En Bagdad. En Alepo. En Kabul.

Sí, ya lo sé: ¿y qué pasa con los muertos israelíes, eh?, me dirán.

Curioso que siempre preguntan estos los que ven escudos humanos en todas partes.

¿Hace falta decirlo, otra vez?

Todos son víctimas de la ocupación. Y, para acabar con la ocupación, hay que dejar de cantar, y comprar, y agasajar, e invitar a los ocupantes. Boicotéame, que decía Ilan Pappe.

@jcbayle

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9 pensamientos en “A los trovadores y escribas de la paz

  1. Es cierto que la realidad es muy dura y cruel,pero justamente por eso no se puede ser neutral y hay que decir claramente en que lado se esta…Solidaridad con el pueblo Palestino.

  2. Pingback: Hamas | Décima Avenida 2.0

  3. Después de dejar mi comentario en la entrada más reciente del blog he caído en que eres el Joan Cañete que conozco, ¿verdad? He llegado aquí a través de un tuit de Javier Gallego (el de Carne Cruda), y cómo me alegro de haber pinchado el enlace.
    Cuando en un “conflicto” (bonito eufemismo tan políticamente correcto) como éste, en el que un bando masacra al otro sin contemplamientos, sin pizca de compasión, ser neutral significa ponerte al lado del agresor. A qué punto de inhumanidad hemos llegado como sociedad cuando nuestros representantes políticos y los medios de comunicación apelan al “derecho a la autodefensa” de Israel para lavarse la conciencia. Es… se me acaban los adjetivos para expresarlo.
    Saludos.

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