Hasta la próxima

La del martes fue en Jerusalén Este, desde donde escribo este post, una noche de alegría: pirotecnia, cláxones, cánticos, algunas banderas en una zona que desde el asesinato de Mohamed Abu Kheidar (lo quemaron vivo colonos, no hay que olvidarlo) está sufriendo esa cara de la ocupación israelí que pasa desapercibida: decenas de detenciones nocturnas, controles policiales aleatorios, inspecciones de vehículos… Si hubo fiesta grande en Jerusalén Este, y en Cisjordania, y por supuesto en Gaza, fue por un hecho tan sencillo y tan de celebrar como que por un tiempo Israel dejará de destruir a bombazos Gaza. Fiesta grande, por tanto, por el hecho de haber sobrevivido y de seguir sobreviviendo. Para los palestinos, sobrevivir es resistir, sobrevivir es vencer, lo cual dice mucho, lo cual lo dice todo.

En cambio, no hubo fiesta, sino todo lo contrario, en Israel, donde a Binyamin Netanyahu le están diciendo de todo, de derecha a izquierda, por haber detenido la ofensiva. Entre los más enfadados se cuentan las localidades del sur del país, las más directamente afectadas por los cohetes de las milicias palestinas. Las dispares reacciones al alto el fuego de unos y otros son una prueba más del cínico y falso argumentario equidistante (mezcla de propaganda, pereza intelectual, mentalidad colonialista y puros ramalazos racistas) de trolls, equidistantes y buscadores de palomas y halcones: no hay dos bandos que combaten en igualdad, que sufren por igual, que amenazan por igual, que arruinan la vida del otro por igual: hay un fuerte y un débil, hay un ocupante y un ocupado, hay uno que mata más y otro que al que matan más.

Ocupación, hay que decirlo más, hay que decirlo siempre, nunca hay que olvidar lo que realmente sucede para poder analizar lo que va ocurriendo. Si hablamos del alto el fuego desde el punto de vista humanitario es una excelente noticia. Pero igual que la ausencia de violencia no equivale a paz, una tregua no es un acuerdo de nada, aliviar el bloqueo no es levantarlo y reconstruir lo destruido (si se reconstruye) es devolver Gaza a donde estaba a principios de julio: ahogada y asfixiada. Lo único que ha sucedido es que Gaza está más destruida de lo que estaba hace 50 días y que por ahora Israel va a dejar de destruirla. Con bombas, me refiero. Esta destrucción de Gaza ha tenido un aroma Intifada vintage, de esa operación militar Defensive Shield en Cisjordania del 2002. También acaba al estilo de entonces, estilo marca de la casa de la zona: acordamos la ausencia de la violencia y en este contexto hablamos de los asuntos en los que nunca nos ponemos de acuerdo, en este caso el bloqueo. La experiencia dicta que el proceso negociador que se abre acabará donde empezó: en violencia. La experiencia indica que los alto el fuego son el inicio de la cuenta atrás para la próxima ronda de muerte y destrucción.

Lo cual no significa que no haya sucedido nada en las esferas políticas, diplomáticas e incluso militares. Aquí van unas pinceladas que merecerían ser desarrolladas con más calma.

— Va a ser recurrente, ya lo está siendo, señalar a Binyamin Netanyahu como el perdedor de lo sucedido. Israel, el país que el mito dice que no puede perder ni una guerra, lleva perdiéndolas desde al menos el 2006: Líbano (2006), Gaza (2008-2009), Gaza (2012) y Gaza (2014). Es lo que sucede cuando se va a la guerra con un objetivo militar inalcanzable o directamente sin objetivo, desde destruir Hezbollah a arrasar con las “estructuras del terror de Hamas”. En este caso, 4.562 cohetes y morteros después (de los que 224 cayeron en zonas pobladas, según datos del IDF), Hamas no da señales de haber sido ni descabezada ni desarmada (literalmente su último ataque con morteros, que mató a dos civiles israelíes, fue el más mortífero de los 50 días). Todo lo contrario: como en los precedentes citados, si alguien sale reforzado política y militarmente de esta es Hamas.

— Militarmente, Israel ha arrasado Gaza. Pero Hamas saca pecho entre los suyos: paralizaron el aeropuerto de Ben Gurion, combatieron con los soldados en el cuerpo a cuerpo y su arsenal parece que está bien surtido. Su propia maquinaria propagandista venderá entre los palestinos que sólo ellos los defienden y que la violencia funciona para lograr réditos políticos. Una milicia planta cara a una potencia militar, que no logra derrotarla y que decreta el fin de las hostilidades en un acuerdo negociado con intermediarios internacionales. Un triunfo en toda regla, dice Hamas, miles de muertos después.

— Y lo dice porque sí hay réditos políticos para Hamas. De entrada, el hecho de que Israel negocia abiertamente con las milicias, que es lo que ha sido la negociación de El Cairo (bajo mano llevan años hablándose, de ahí lo absurdo de muchas cosas que se dicen y se escriben, como la comparación con el Estado Islámico, o que “Israel no hace concesiones al terror”). Si un objetivo no declarado de Netanyahu era torpedear el Gobierno de unidad palestino, ha fracasado: el acuerdo de paz implica el regreso de la ANP a Gaza y es el primer documento negociado unitariamente por los palestinos en años. Aún más: la unidad y firmeza palestina demostrada durante estos 50 días de que el bloqueo debe levantarse no es nada habitual.

— Esta negociación y el alto el fuego vienen a ser, por tanto, el reconocimiento –ocho años, miles de muertos y un enorme sufrimiento después– del resultado electoral del 2006, en el que Hamas ganó las elecciones de la ANP. Los defensores de Israel suelen apelar a la ‘realpolitik’, en este caso la más irreal de las políticas: hacer como si Hamas no existe no conduce a nada; se les dijo entonces, se demuestra (una vez más) ahora. Tras esas elecciones, la comunidad internacional decidió boicotear al Gobierno de Hamas (de ahí el bloqueo de Gaza, aunque bloqueo, lo que se dice bloqueo, lo sufría la franja desde mucho antes) y distinguir entre palestinos buenos (Mahmud Abbás, el perdedor de las elecciones) y malos (Hamas, el ganador). Un mal negocio, como es obvio para todos menos para Occidente. Las negociaciones con Hamas, la Yihad Islámica y Al Fatah en un mismo lado de la mesa rompen abiertamente el boicot político. Ahora veremos qué sucede con el bloqueo. El proceso histórico se repite: Yasir Arafat y la OLP fueron durante años el terrorismo por antonomasia, como ahora lo es Hamas.

— La unidad es la mejor noticia política para los palestinos. La peor, que se confirma de nuevo que el principal actor político es Hamas (no hay que olvidar nunca su agenda social), imbatible en la arena interna. La iniciativa es suya, el poder es suyo, la legitimidad es suya. Es de prever desesperados planes internacionales de Mahmud Abbás (¿declaración unilateral de independencia con las fronteras de 1967, la eterna amenaza de Arafat?) para ganar una iniciativa que nunca ha tenido. La ANP, irrelevante, reducida al papel de correveidile, sigue siendo un zombi. En las fachadas de las mezquitas de Gaza, junto al retrato de Ahmed Yassin, Hamas debería colgar el de Binyamin Netanyahu.

— Pero, paradójicamente, Netanyahu vence. Esta ronda de destrucción de Gaza entierra definitivamente el plan Kerry como iniciativa diplomática del momento (no lo mata, porque nació muerto) y ahora se negociará con lo que en realidad es sólo un fleco de la ocupación, por muy doloroso que sea: el bloqueo de Gaza. La solución de los dos estados ya no está encima de la mesa, Netanyahu la enterró (no la mató, ya estaba muerta) y echó el ataúd al mar de Gaza. A cambio de ceder un poquitín en Gaza, si es que cede, Israel construirá más en Cisjordania, seguirá la colonización de Jerusalén Este. Al centrarse únicamente la atención política en Gaza se reafirma la idea de que Gaza y Cisjordania son dos entidades diferentes. Y así Netanyahu, e Israel, ganan lo que siempre buscan: tiempo para seguir a lo suyo.

— Y al mismo tiempo, Israel pierde. Como previó Ariel Sharon, cuanto más lejos están los dos estados, más se aleja la idea de un Estado judío (desde el punto de vista de una mayoría demográfica) y democrático. El muro de hierro de Netanyahu y sus socios de Gobierno lleva a lo que ya hay ahora: un régimen de apartheid que, aniquilada la posibilidad de un Estado palestino, lo único que hará, que hace a diario, es agudizarse. La destrucción de Gaza ha dado alas al BDS y ha mostrado al mundo una cara fea, muy fea de Israel, que es el rostro de una deriva espeluznante e innegable (“After the first child, nobody batted an eye; after the 50th not even a slight tremor was felt in a plane’s wing; after the 100th, they stopped counting; after the 200th, they blamed Hamas. After the 300th child they blamed the parents. After the 400th child, they invented excuses; after (the first) 478 children nobody cares”, Gideon Levy, como siempre, lo explica muy bien, “We must admit the truth: Palestinian children in Israel are considered like insects. This is a horrific statement, but there is no other way to describe the mood in Israel in the summer of 2014”). El Israel que sale de Gaza es uno en que Netanyahu puede ser llamado un moderado sin un rubor excesivo, un Israel encerrado en el muro de hierro que se ha construido él mismo.

Porque esto no va de si se levanta o se suaviza el bloqueo de Gaza (la nueva batalla semántica), sino de la ocupación. Hay que decirlo más. Hay que decirlo siempre, porque la ocupación no para, hay que decirlo sobre todo ahora, cuando desde los trolls hasta los bienintencionados se volverá a prostituir a manos llenas la palabra paz. Esto va de la ocupación, y del ocupado, y de cómo, desde hace décadas, lidia Israel con la población árabe que vive, y resiste, y sobrevive, en la tierra que los pioneros sionistas vendieron, con el mayor cinismo posible y con toda la aplastante lógica del nacionalismo, como “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”. Qué mentira, qué atroz y trágica mentira.

PD: Despreciado el EEUU de Barack Obama y John Kerry por Israel (lo que hay que ver), Egipto ha llevado las riendas de la mediación. ¿Y Europa? Bien, gracias, preparando la cartera.

@jcbayle

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