El retrato de Mohammed Abu Khdeir

La estación del tranvía en Shuafat (barrio y campo de refugiados en el noreste de Jerusalén) se encuentra a escasos metros de una mezquita, de cuya fachada principal pende un gran foto de Mohammed Abu Khdeir, el chaval de 14 años que el 2 de julio fue asesinado (fue quemado vivo por colonos) en venganza por el secuestro y asesinato de tres jóvenes colonos judíos en Cisjordania. Mohammed fue secuestrado mientras andaba por su barrio por un grupo de colonos que se han declarado locos para defenderse ante la justicia israelí. Como consecuencia de aquel secuestro, se desataron unos disturbios que acabaron con 1.500 palestinos detenidos, un tuerto por una bala de goma, un chaval de la misma familia de los Abu Khedir (extensísimo clan que domina medio Shuafat) apaleado por la policía (tenía pasaporte de Estados Unidos, de ahí que importara, relativamente, un poco) y varios periodistas heridos. Poco después empezó la destrucción de Gaza.

En la mezquita que hay al lado de la estación del tranvía en Shuafat aún pende el retrato de Mohammed (lo quemaron vivo colonos). La estación está destrozada, fue quemada el primer día de los disturbios. No se ha reparado, y ni allí ni en la siguiente parada (Beit Hanina) se pueden comprar billetes. Estos días no he visto, como me han contado que hubo, a grupos de jóvenes palestinos que impiden a sus vecinos que usen el tranvía, pero casi a diario hay ataques al tren, en Shuafat o en Beit Hanina: piedras, artefactos explosivos… Antes del asesinato de Mohammed (lo quemaron vivo colonos) no era extraño ver a palestinos usar este medio de transporte que no es más que una forma de unir el Oeste de la ciudad con los asentamientos levantados de forma ilegal en el Este (que el tranvía afianza la anexión de tierras árabes en el Gran Jerusalén no lo digo yo, sino el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, aquí lo expliqué).

Ahora, el tranvía se vacía en la estación de French Hill y se adentra en silencio en Shuafat. Dentro, sólo viajamos extranjeros, colonos que viven en el asentamiento de Pisgat Zeev (última parada de la línea) y guardas de seguridad. Ni rastro de palestinos. Cuando se detiene en Shuafat, pocos miran por la ventanilla: desde la mezquita, el retrato de Mohamed (lo quemaron vivo colonos que viven en asentamientos tan ilegales como el de Pisgat Zeev, hogar de los israelíes que viajan en el tranvía) los observa; los viajeros bajan la vista, evitan aguantarle la mirada.

A unos metrosde la mezquita de cuya fachada pende el gran retrato de Mohammed Abu Khdeir (fue quemado vivo por colonos) se alza una comisaría de la policía israelí. Desde los disturbios, las noches de verano en Shuafat han sido muy calientes: arrestos indiscriminados (600, según la policía; 700, según asociaciones de derechos humanos palestinas como Adameer), enfrentamientos, disturbios. La policía habla de ataques a las estaciones, de tiroteos contra Pisgat Zeev, de apedreamiento del tranvía, de agresiones a agentes. Los vecinos cuentan historias de detenciones indiscriminadas, de policías que entran en casa sin otra intención que llevarse a los chicos más jóvenes de la familia, sin cargos ni nada que se le parezca, un clásico castigo colectivo. El Russian Compound, el centro de detención de Jerusalén, ha estado colapsado todo el verano; decenas de jóvenes palestinos están encarcelados sin cargos o en arresto domiciliario en casas de familiares, a pocos minutos en coche de su familia, con quienes tienen prohibido ya no verse, sino tan sólo hablar. La noche de verano en Shuafat y Beit Hanina suena a disparos, coches a toda velocidad y, de vez en cuando, pequeñas explosiones. Sólo un día cambió el guión: cuando decenas de personas salieron a la calle a celebrar el alto el fuego en Gaza.

En la carretera principal de Beit Hanina han vuelto a aparecer ‘check points’ policiales, patrullas que piden documentación y que registran maleteros. Algo así no se veía desde la segunda Intifada, desde que Israel construyó el muro en A’Ram (separando a árabes de árabes, en su peculiar concepto de la seguridad basado en realidad en el lugar donde se alzan o se alzarán asentamientos), mató todo la vida que quedaba del lado ‘palestino’ de la muralla y anexionó el resto a su concepto de Gran Jerusalén. De hecho, la comparación con los (duros y malos) tiempos de la segunda Intifada es recurrente en Jerusalén Este estos días: este ha sido un verano de represión policial y de arrestos no visto en años. No sólo en Shuafat o en Beit Hanina; Silwan y Wadi Joz fueron cerrados vario días en lo más duro de Gaza; en plena calle Salahadin hubo disturbios que la policía reprimió con sus cañones de aguas fecales (sí, fecales); algún viernes se ha limitado el acceso a la Explanada de las Mezquitas… También ha avanzado a buen paso la rutina habitual de expropiaciones, destrucciones de casas y autorizaciones de asentamientos. La última, una yeshiva en Sheikh Jarrah.

Pero lo de Mohammed (lo quemaron vivo colonos) no se había visto nunca antes. Igual que también es un fenómeno nuevo los linchamientos de árabes (en la Ciudad Vieja, en los alrededores del hotel American Colony), los grupos de matones que de noche salen a la caza del árabe en Jerusalén Oeste y acaban en la Ciudad Vieja, los ‘locos’ que intentaron secuestrar al menos a tres niños más, de entre dos y siete años, en Shuafat y Beit Hanina después del asesinato de Mohammed (lo quemaron vivo colonos). En estos casos, la policía nunca aparece a tiempo; hubo una víctima de un linchamiento a la que unos ciudadanos tuvieron que llevar en coche al hospital porque los agentes se negaron a llamar a la ambulancia. Comparado con hace uno meses, apenas se ve ahora a árabes por las calles de Jerusalén Oeste. La sensación generalizada entre los palestinos en la ciudad es de inseguridad, de que en cualquier momento ellos o sus parientes pueden ser víctimas aleatorias de violencia o de represión policial, de que antes del anochecer los niños y los adolescentes, sobre todo los chicos, deben estar en casa para evitar problemas.

 Entre la presión policial y las bandas de matones, este no está siendo un verano fácil para Jerusalén Este. Es ese tipo de ocupación de intensidad baja, la que se le escapa del radar a los medios internacionales, y que sin embargo después explica las grandes erupciones de violencia. Dentro de la perversa estructura de la ocupación israelí de los territorios ocupados, lo que padecen los ciudadanos de Jerusalén no es lo mismo que lo que sufren en Cisjordania o en Gaza: los jerusamelitas árabes son ‘Blue Id’, tienen residencia en la ciudad pero no ciudadanía israelí, sufren un régimen de discriminación y acoso pero no viven en una cárcel como los palestinos de Gaza. La ocupación que sufren es de otro tipo. Pero también la sufren.

Que se lo digan, si no, a Mohammed Abu Khdeir, a quien unos colonos quemaron vivo. Tenía 14 años, y cada vez que el tranvía se detiene en la parada de Shuafat, los colonos de Pisgat Zeev que viajan en él bajan los ojos y evitan mirar por la ventanilla, no le aguantan la mirada al gran retrato de Mohammed que pende de la mezquita.

 @jcbayle

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