Israel y el exilio identitario

Dos extraordinarios artículos han coincidido con pocos días de diferencia en la prensa: ‘I wish to resign and cease considering myself a Jew’, del historiador Shlomo Sand (en realidad, un fragmento de su nuevo libro, ‘How I Stopped Being a Jew’), y ‘Becoming post-Israeli: Why I immigrated to Berlin’, del periodista e investigador Na’aman Hirschfeld. Ambos textos, espléndidos reflejos de la realidad del Israel de hoy, no de la falaz propaganda que emerge del discurso mayoritario, reflexionan precisamente sobre el discurso social mayoritario en el Estado Hebreo y el concepto de identidad en Israel, en el que se mezclan el judaísmo, el sionismo y la nacionalidad israelí. Ambos textos, cuya lectura íntegra recomiendo, son un ejemplo de la presión que soporta el disidente en la sociedad israelí y de lo complicado y desgarrador que es el exilio no ya el político (que también), sino, como en este caso, el identitario.

Shlomo Sand es un historiador imprescindible para entender Israel a través de dos libros: ‘The invention of the jewish people’ y ‘The invention of the land of Israel’. En su artículo, afirma que deja de considerarse a sí mismo judío dado que por el hecho de serlo se le asimila por ley a un “selecto club de elegidos y sus acólitos” que tienen derecho a ser israelíes. Ser israelí hoy, afirma, es una cuestión étnica y no “político-cultural”. La consecuencia de ello la resume así: “Soy consciente de vivir en una de las sociedades más racistas del mundo occidental . El racismo está presente en algún grado en todas partes, pero en Israel se encuentra profundamente insertado en el espíritu de las leyes . Se enseña en las escuelas y colegios y se distribuyen en los medios de comunicación. Pero, sobre todo, lo más terrible es que en Israel los racistas no saben lo que están haciendo y, debido a esto, no se sienten de ninguna manera obligados a disculparse. Esta ausencia de una necesidad de auto-justificación ha hecho de Israel un punto de referencia especialmente apreciado por muchos movimientos de la extrema derecha en todo el mundo, movimientos cuya historia pasada de antisemitismo es bien conocida”.

Consecuencia: “Vivir en una sociedad como esta se ha convertido en intolerable para mí”. Pero uno no deja de ser quién es con un simple chasquear de dedos: “Habito en una contradicción profunda . Me siento como un exiliado en la cara de la creciente etnicización judía que me rodea , mientras que al mismo tiempo el idioma en que hablo, escribo y sueño es abrumadoramente el hebreo. Cuando me encuentro en el extranjero, siento nostalgia por esta lengua, el vehículo de mis emociones y pensamientos”.

Na’aman Hirschfeld es uno de los jóvenes que forman parte de la oleada de emigrantes a Berlín, la ciudad europea de referencia en estos momentos para los israelíes. En muchos casos, como explica en su artículo, se trata de una emigración económica, motivada sobre todo porque el coste de la vida en Israel es, simplemente, intolerable. Pero el ministro de Finanzas, Yair Lapid, llevó recientemente el asunto del éxodo de miles de jóvenes israelíes al terreno en el que el sionismo se encuentra más cómodo: “Entiendo las dificultades diarias, pero debería haber un debate sobre si la marcha de jóvenes a Berlín se debe sólo al coste de la vida en Israel o por la identidad, preguntarnos por qué se optó por formar un Estado judío”. Israel como proyecto sionista quiere atraer jóvenes, no que se le vayan.

Hirschfeld es muy duro en su artículo y señala sin ambages cuál es el problema: la ocupación. “La causa es la opresión cruel y aplastante de los palestinos en nombre de una ideología que pretende instalarse en todo el territorio entre el río Jordán y el mar. (…) La opresión de los palestinos conduce al embrutecimiento y la corrupción de la sociedad israelí, habilitados ambos por una semiceguera intencional por parte de la ciudadanía, lo que hace que a los ciudadanos culpables de su propia explotación, así como de la opresión de los palestinos”.

Su conclusión es la misma que la de Sand: “Yo soy israelí, pero elijo a romper con mi nación (…) y liberarme de su historia y narrativa destructiva (…) El mismo acto de marchar encarna la elección de convertirse en post-israelí: no se trata de una desviación de la narrativa sionista a lo largo de las líneas de post- o anti- sionismo, sino más bien de una ruptura con el sionismo. En las últimas décadas la extrema derecha se apropió del sionismo y reemplazó gradualmente su significado histórico por otro que significa “asentamientos”. Hoy en día ser un sionista, al menos en el discurso público israelí, significa apoyar “la empresa de los asentamientos” y aceptar el lenguaje y la descripción de la realidad de la extrema derecha. Hay personas que argumentan que esto no es en absoluto sionismo o no todo lo que significa el sionismo, pero referirse a un sionismo histórico en lugar de al discurso contemporáneo no es más que un agarrarse débilmente a un pasado perdido (y algo fantástico).

A Sand y Hirschfeld se les hace intolerable el Israel de hoy y ambos reducen el problema a una palabra que lo dice todo: ocupación. Sand elige dejar de ser judío, pues esa es la condición necesaria para ser ciudadano de Israel concebido como un Estado judío definido por criterios étnicos y no republicanos, de ciudadanía. Hirschfeld opta por romper con el sionismo, pues esa ideología es la que creó Israel y la que ha modelado el Israel actual, quiere dejar de ser un israelí (sionista) para ser post-israelí. Los dos describen en sus textos cómo la identidad política, la identidad étnica, la identidad ideológica y la identidad cultural / sentimental no tienen por qué ser, no son, lo mismo. Los dos describen un Israel oscuro, pardo, en el que al disidente no sólo no se le escucha y es muy minoritario, sino que se le señala con el dedo, se le hace intolerable la vida como ciudadano, ese Israel del que este verano Gideon Levy escribió: “We must admit the truth: Palestinian children in Israel are considered like insects”.

Después de décadas de educación y de un discurso dominante que equipara todas las identidades (la política, la étnica, la ideológica, la cultural / sentimental, también la religiosa) requiere coraje en Israel discernir entre judío, israelí, sionista, saltar las vallas del discurso y encontrarse a la intemperie junto a otro puñado de disidentes. En palabras de Hirschfeld: “La mayoría de los israelíes no quieren ni pueden permitirse el lujo de ver lo que sucede a su alrededor (…)porque toda su visión del mundo depende de la justificación de la colectividad en cuyo nombre Israel perpetra crímenes contra los palestinos. Esta colectividad se basa en un metahistoria ideológica a la que los israelíes están expuestos desde niños: el Holocausto como la lección de que nuestros enemigos siempre tratarán de exterminarnos, de que nadie hará nada para evitarlo excepto nosotros, y de que nosotros –no los débiles que no supieron defenderse sino los fuertes que sobrevivieron– debemos evitarlo a toda costa. Este mito se convierte en la medida de las cosas, e Israel para la mayoría de los israelíes es el único contrapeso en un mundo saturado de miedo, miseria y odio. Los palestinos son deshumanizados; ya no son seres humanos como tú y yo, sino “árabes”, que para el racista significa esa gente en la que no se puede confiar, que nos matarán si tienen la oportunidad, que quieren erradicarnos”.

Por estos motivos, cuando hablamos de Israel el exilio no sólo es político, no sólo es una protesta contra unas políticas determinadas del Estado, sino identitario. Es, por tanto, un desgarro.

 @jcbayle

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