Jerusalén y las cerillas

Jerusalén, la ciudad con miles de cerillas encendidas en medio de un lago de gasolina. Jerusalén, la ciudad que, más que tres veces santa, es tres veces maldita. Jerusalén no es la ciudad que mejor muestra la realidad de la ocupación israelí de los territorios palestinos, ese triste papel corresponde a Hebrón, pero sí es el lugar donde se concentran, como en un vértice de una película de serie Z de ciencia ficción, las corrientes políticas, religiosas, demográficas, geográficas, burocráticas e históricas del conflicto. Jerusalén, la ciudad que te miente sin compasión, la ciudad que no es Occidente aunque en ocasiones lo parezca, la ciudad que ya no es totalmente de Oriente aunque a uno y otro lado de la Línea Verde se esfuercen en ello, la ciudad que se ríe de ti, te enseña un tranvía y te dice que es símbolo de tolerancia y cientos de bienintencionados (o no) no sólo se lo creen, sino que van y hasta lo escriben.

Toda ciudad que se precie tiene un ‘skyline’ característico, y el de Jerusalén es uno de los más identificables del mundo: la cúpula dorada que se alza en el corazón de la Ciudad Vieja, en la Explanada de las Mezquitas, la cúpula de la Cúpula de la Roca, espléndida en su refulgir en contraposición con la sobriedad oscura de su vecina, la cúpula negra de la mezquita de Al Aqsa. Uno de los muros de la explanada es, del otro lado, el Muro de las Lamentaciones judío. En la guerra de palabras que se retroalimenta con el conflicto, los judíos llaman al lugar el Monte del Templo, y los musulmanes, el Noble Santuario. Quienes usan la expresión Monte del Templo (la prensa israelí, por ejemplo, la prensa anglosajona, algunas de las grandes agencias de noticias) suelen incluir este paréntesis: el tercer lugar más sagrado del mundo para los musulmanes, el más sagrado para los judíos, ya que allí se alzaron los dos templos. Total, dice el subtexto, si para los musulmanes es el tercero y para los judíos el más sagrado, ¿qué les cuesta?

Sin entrar en cuestiones religiosas, históricas y arqueológicas, el caso es que el famoso ‘statu quo’ de la Explanada de las Mezquitas lleva años siendo motivo de tensiones y controversias. Oficialmente, los judíos no pueden rezar en la Explanada. De hecho, no podían visitarla (ni los cristianos) hasta que en el 2000 el entonces jefe de la oposición, Ariel Sharon, decidió dar un paseo rodeado por decenas de policías armados hasta los dientes. La foto y las consecuencias quedaron para la historia: el paseo de Sharon y los disturbios que generó fueron el inicio simbólico de la segunda Intifada. A efectos de la Explanada, la consecuencia fue que a partir de entonces empezaron a organizarse visitas guiadas de turistas judíos (y algún que otro cristiano) escoltados por guardas, públicos y privados, armados también hasta los dientes, al más puro ‘Sharon style’. Más allá de cuatro tontos útiles a los que Dios debería perdonar porque no saben lo que se hacen, estas ‘visitas turísticas’ son en realidad la puerta por la que acceden al complejo los radicales extremistas que quieren destruir las mezquitas y levantar de nuevo en sus ruinas el gran templo del judaísmo.

Uno de ellos es Yehuda Glick, que el miércoles fue tiroteado por un árabe, posteriormente abatido por la policía. Glick es de esos perfiles que explican por sí mismos lo que sucede en Israel y Palestina: judío estadounidense, considera que por mandato divino son él y los suyos quienes tienen derecho no ya a la Explanada, sino a Jerusalén entero y al territorio de la Palestina histórica completo, por encima de quienes nacieron allí. Fiel a esta idea, el ideario de Glick se resume en la organización que fundó, The Temple Institute: destruir la mezquita de Al Aqsa para construir allí el templo. No es Glick, que cuando escribo este post está grave, “un activista por una mayor presencia de los judíos en el Monte del Templo” como lo presenta la prensa anglosajona; Glick es un radical de extrema derecha, que es como lo llama, por ejemplo, el portavoz de la policía, Micky Rosenfeld.

El ataque contra Glick llega en un momento en que Jerusalén, la ciudad en la que construir el Museo de la Tolerancia es un oxímoron porque es una de las ciudades más intolerantes (e intolerables) del mundo, camina en el filo como consecuencia del metódico proceso de colonización de la parte árabe de la ciudad, de la violencia de los colonos y de la represión policial. En contra del eslogan sionista, Jerusalén no es una ciudad unida e indivisible: es una ciudad partida entre israelíes y palestinos no sólo de forma geográfica (aunque con la colonización, cada vez menos). Los ciudadanos palestinos pagan impuestos municipales, no tienen nacionalidad israelí y sufren una evidente discriminación de servicios municipales, desde servicio de limpieza a urbanismo, pasando por transporte público. A ello se le une desde hace varios años la colonización de barrios (Silwan, Sheikh Jarrah) y desde este verano una oleada de represión que alimenta disturbios que alimentan represión que alimenta disturbios que alimentan represión…

La Explanada de las Mezquitas, corazón de Jerusalén, la ciudad en la que ni los cables que cuelgan de farolas y árboles son lo que parecen, no podía permanecer al margen del proceso de colonización. Según cifras palestinas, sólo en octubre los colonos han profanado 42 veces la mezquita de Al-Aqsa, coincidiendo con las festividades religiosas judías que se han sucedido las últimas semanas. No iban a rezar, iban de turismo, a lo Sharon, y los disturbios que desató su presencia alimentaron la represión que alimentó disturbios que alimentaron represión… En la Knesset diputados del Likud preparan una ley para partir la Explanada en dos, entre musulmanes y judíos, total, qué les cuesta, si es el tercer lugar más sagrado del mundo para los musulmanes pero el más sagrado para los judíos. Tras el ataque a Glick pronto se extendió entre los palestinos el temor de que este acto de violencia fuera la oportunidad que necesitaba el Estado de Israel para dividir la Explanada en dos en nombre de la seguridad. Una solución a lo Hebrón, donde la matanza cometida por Baruch Goldstein tuvo como consecuencia la partición de la Tumba de los Patriarcas (y la consolidación y potenciación de la feroz colonización de la ‘casbah’ de la ciudad y sus alrededores)

Desde Mahmud Abbás hasta Ban Ki-moon han alertado recientemente de que es mejor no tocar la Explanada de las Mezquitas. Estados Unidos, con ese tono del que regaña al niño malo, dice estar enfadado por la “ilegítima” (y también ilegal, no lo digo yo, lo dice la legalidad internacional) actividad colonial en Jerusalén. Pero el caso es que, fiel a su estilo desde hace décadas, Israel sigue poco a poco cogiendo más y más cachos del pastel. Lo de la participación de la Explanada, me temo, es una cuestión de tiempo; otras líneas que parecían tan rojas como esta se han cruzado ya y no pasó nada. O casi nada, porque en esta parte del mundo parece que sólo sucede algo cuando quien sufre la violencia, quien padece los efectos de la ocupación, es un israelí. Es ahora, cuando hay “calma” (para los israelíes), cuando “no pasa nada” (en el lado israelí de la Línea Verde), es ahora, decía, cuando suceden las cosas: por no hablar de los detalles diarios de la ocupación, pasan cosas como una treintena de muertos en Cisjordania desde la (no) guerra de Gaza. En Cisjordania, donde según el discurso oficial parece que no pase nada (en gran medida por incomparecencia de la prensa), donde se supone que gobiernan los buenos, la ANP de Abbás

O pasa como lo que está pasando en Jerusalén. Para los veteranos de esta ciudad, las entrañas de Israel, como la llamó un amigo de un amigo, los ecos de los disparos de los antidisturbios, las carreras, las mujeres que se encaran a los soldados en la Ciudad Vieja, el sonido de los helicópteros, los gases anti-manifestaciones, las miradas torvas y los rezos (masculinos) del viernes en plena calle porque los hombres no son autorizados a entrar en la Explanada de las Mezquitas traen consigo aires de Intifada. Los ciudadanos palestinos de Jerusalén empezaron simbólicamente esa rebelión tras el paseo de Sharon pero después no fueron ni los que más participaron en la revuelta ni los que más sufrieron las consecuencias, ya que pese a que su estatus (el famoso ‘Blue ID’) no es el de un convecino israelí sí es mucho mejor que el de un compatriota palestino de Cisjordania (por no hablar de Gaza), así que tienen mucho que perder en un enfrentamiento directo con las fuerzas de la ocupación. La diferencia respecto entonces es que la colonización y la represión la sufren ahora en sus barrios del este de la ciudad, en los barrios árabes de Jerusalén, la ciudad en la que la ocupación de los territorios palestinos todo lo impregna a ambos lados de la Línea Verde, como el fétido aroma de las aguas fecales con las que camiones cisterna de la policía riegan viviendas de las zonas de Jerusalén Este en las que se producen disturbios.

PD: En el habitual juego de halcones y palomas, a Glick y a los extremistas se les llama colonos. Muchos lo son, pero el término lleva implícito que son una especie de versos libres de Israel. Nada más lejos de la realidad: la colonización es un pilar del proyecto sionista desde hace décadas, y no sólo de un puñado de radicales o del Gobierno de Binyamin Netanyahu.

@jcbayle

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6 pensamientos en “Jerusalén y las cerillas

  1. Reblogueó esto en Palestina en el corazóny comentado:
    Del blog de Joan Cañete Bayle, sobre la creciente y reciente escalada violenta en Al Quds:

    “En contra del eslogan sionista, Jerusalén no es una ciudad unida e indivisible: es una ciudad partida entre israelíes y palestinos, que pagan impuestos municipales, no tienen nacionalidad israelí y sufren una evidente discriminación de servicios municipales, desde servicio de limpieza a urbanismo, pasando por transporte público. A ello se le une desde hace varios años la colonización de barrios (Silwan, Sheikh Jarrah) y desde este verano una oleada de represión que alimenta disturbios que alimentan represión que alimenta disturbios que alimentan represión…”

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