Entre la Religión y la religión

En la tercera planta del centro Notre Dame de Jerusalén se puede visitar ‘Vidas comprometidas: Presencia religiosa de España en Tierra Santa’, una exposición de excelentes retratos del fotógrafo Mikel Marín y textos de la periodista Anna Garcia que recoge la vida de 35 religiosos españoles en la zona. La muestra narra la vida de religiosos como Pedro Tomé, franciscano nacido en Santa Inés (Burgos) en 1925, que llegó a Oriente Próximo en 1951 y que ha vivido en Jaffa, El Cairo, Estambul, Belén, Tiberíades, Nazaret y, por supuesto, Jerusalén, el gran parque temático mundial de la fe.

Soy un poco injusto: hay una parte –importante– de Jerusalén que es un parque temático de la fe, es cierto. La venta de ‘souvenirs’ de Dios, con el correspondiente certificado de autenticidad de Tierra Santa son un pilar indispensable del negocio de los comerciantes de la Ciudad Vieja: Cruces de Jerusalén. Rosarios. Pesebres. Velas. Incienso. Belenes supuestamente de auténtica madera de olivo. Coronas de espinas. Estampitas. Agua bendita. Auténtica tierra del Monte de los Olivos. Figuritas del Niño Jesús y de los Reyes Magos. Mano de Fátima. Menorás. Kipás. Mezuzás. Talits. Saquits de terciopelo. Rollos de la Torá. Rosarios musulmanes con los 99 nombres de Alá. Coranes de bolsillo o cuidadosamente grabados. Fotos de la Explanada de las Mezquitas, de bolsillo, de tamaño postal, como póster para ser enmarcadas. Grabados de caligrafía árabes con el nombre Alá. El turismo religioso es básico para la economía de la ciudad autoproclamada tres veces santa, el único lugar del mundo que reúne en muy poco espacio templos tan significativos para las tres principales religiones como el Santo Sepulcro, el Muro de las Lamentaciones y la Explanada de las Mezquitas, por citar sólo a los más importantes. Siglos atrás, los peregrinos ya se llevaban recuerdos de Jerusalén para demostrar que habían estado en la Ciudad Santa, lo de los ‘souvernis’ de Dios no es cosa tan sólo de los tiempos del turismo de masas.

Uno de los primeros reportajes que el corresponsal primerizo en Jerusalén suele hacer en su búsqueda de temas que se escapen de la ‘situation’, de la ocupación israelí de los territorios palestinos, es el del síndrome de Jerusalén, una enajenación mental momentánea tan habitual que un hospital de la ciudad dedica un departamento entero a su estudio y tratamiento. Los afectados sienten una ansiedad inexplicable, una especie de mensaje interior que les lleva a creerse el propio Jesús, el rey David o la virgen María, en la Biblia hay personajes donde elegir. Entonces, practican improvisados ritos de purificación y abluciones, y se lanzan al laberinto amurallado de la Ciudad Vieja para esparcir su mensaje al mundo, a veces vestidos con una humilde túnica que, en realidad, es una sábana del hotel. No hay que alarmarse: el síndrome es pasajero y sus víctimas regresan pronto a la normalidad, sin más efecto secundario que su sentido del ridículo magullado. Visto así, colocarse una corona de espinas o pagar 20 euros para cargar una cruz de madera por la Vía Dolorosa es de lo menos embarazoso que un turista puede llegar a hacer en Jerusalén.

Dos de las imágenes de la exposición 'Vidas comprometidas: Presencia religiosa de España en Tierra Santa', con fotos de Mikel Marín y textos de Anna Garcia.

Dos de las imágenes de la exposición ‘Vidas comprometidas: Presencia religiosa de España en Tierra Santa’, con fotos de Mikel Marín y textos de Anna Garcia.

Pero, decía, es injusto aproximarse a la religión, al fenómeno religioso, en Jerusalén con una mirada cínica. Un viernes al atardecer, es recomendable encaramarse a los tejados de la Ciudad Vieja en los alrededores del Santo Sepulcro. Allí, a medida que se pone el sol, se van mezclando los cantos de judíos ultraortodoxos que dan la bienvenida al ‘shabat’, el tañir de las campanas cristianas y el llamamiento a la oración musulmán. La cacofonía resultante, hermosa incluso a oídos del no creyente, forma parte del carácter de la ciudad tanto (o más) que cualquiera de sus conflictos políticos, sociales y económicos, ahora y a lo largo de su historia. Jerusalén es muchas cosas, y una de ellas es que es una ciudad muy creyente. Desdeñar la importancia, la influencia y las consecuencias de la religión impide conocer la ciudad en toda su complejidad. Aunque, que quede claro, el conflicto entre palestinos e israelíes no es un conflicto religioso, en él, la religión es un fleco, como mucho una excusa.

No soy creyente, y como muchos otros occidentales, más bien europeos,  no creyentes mi aproximación a la religión antes de vivir en Jerusalén se basaba en el desdén, la desconfianza y el cinismo, fruto del pendulazo que en este tema ha experimentado Europa, también España, claro. En Jerusalén aprendí a distinguir entre la Religión y la religión, entre la Religión como estructura de poder y control social, y el papel de la religión como hecho religioso en la vida de quienes creen. No es un proceso que me suceda sólo a mí; llama la atención, por ejemplo, el respeto por el islam y el judaísmo que profesan occidentales educados en el cristianismo que llegan a Jerusalén como laicos y agnósticos convencidos. Muchas de las cosas malas que suceden en Jerusalén y en Oriente Próximo están vinculadas a la Religión. Pero por otro lado algunas de las cosas buenas que suceden en Oriente Próximo están vinculadas a la religión, sobre todo a nivel micro, entre personas que comparten fe.

Si me pusiera a hablar de política, del papel de la Religión en la vida pública, de cuestiones de moral y de libertad individual con los 35 religiosos que Mikel Marín fotografía y Anna Garcia retrata en la exposición que se puede visitar en el centro Notre Dame de Jerusalén, es muy probable que no nos pusiéramos de acuerdo en nada o en casi nada. Tampoco soy capaz de entender su fe porque no la experimento, no la comparto, no creo en ella. En cambio, sí entiendo a Montserrat Rovira, monja de las Hijas de la Caridad de san Vicente de Paul, nacida en Barcelona en 1934, que llegó a Jerusalén en 1969 para trabajar en el hospicio de su orden, y que explica en el texto que acompaña su retrato en la exposición cómo salía a la calle a comprar comida para los niños en situaciones de riesgo como la primera guerra del golfo. La fibra de este discurso, su esencia, la he escuchado a lo largo de todo Oriente Próximo en personas religiosas y otras que no lo son: desde el rabino de la exigua comunidad judía de Bagdad hasta el imán de una pequeña mezquita en Khan Yunis, desde los voluntarios musulmanes que repartían comida en un campo de refugiados en la frontera entre Jordania e Irak hasta la responsable de un asilo para disminuidos físicos y psíquicos en Bagdad; desde una monja francófona en Beirut hasta el rezo en la última cena de shabat de judíos marroquíes en Gush Katif, el bloque de colonias en Gaza desmantelado por Ariel Sharon. Es un discurso que no tiene por qué surgir sólo de labios de personas religiosas pero que surge de muchas personas religiosas.

Los religiosos que llevan décadas viviendo en la zona han sido testigos excepcionales de la evolución de Oriente Próximo en general y de Jerusalén en particular. En ‘Vidas comprometidas’ hay algunos que llegaron a la ciudad cuando esta se encontraba bajo mandato jordano. Escuchar, leer en la exposición, por ejemplo, a María Mola, pamplonesa de las Misioneras Ecuménicas, explicar que la ciudad en la que vive desde 1998 no ha cambiado demasiado en los últimos años porque “esta situación de tensión es como si fuera un fuego en brasas que en cuanto soplas un poco se encienden las llamas” es entender lo que allí sucede, la línea conductora que muchas veces el día a día no nos deja ver. Aunque no entendamos su ni compartamos su Religión, es conveniente acercarse a su hecho religioso. Porque si la Religión no explica por entero Jerusalén, sin la religión no se explica por entero Jerusalén.

@jcbayle

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