Del Baaz al Estado Islámico

Texto preparado para una conferencia pronunciada el 14 de noviembre en Málaga invitado por Al Quds Andalucía, Asociación de Solidaridad con los Pueblos del Mundo Árabe.

La novela ‘Expediente Bagdad’, que he co-escrito con Eugenio García Gascón, decano de los periodistas españoles en Jerusalén, está dividida por días. Empezamos la trama el 3 de abril del 2003, el día en que las tropas estadounidenses, en su subida desde el sur, llegaron al aeropuerto de Bagdad, dando inicio así al asalto final de la ciudad. Y la acabamos el 9 de abril, cuando en una imagen que seguro que muchos recordáis decenas de iraquíes (muchos menos de lo que los planos cortos televisivos daban que pensar) derribaron una estatua de Saddam Hussein con la ayuda de un tanque estadounidense, en lo que por sí mismo ya era una buena metáfora de lo que estaba por suceder. Así que, igual que hicimos en la novela, si me permitís, voy a intentar apoyarme en fechas para explicar cuatro brochazos de los que está sucediendo ahora en Irak y en la vecina Siria y, en general, en Oriente Próximo.

Yo no estaba en Bagdad esos días, del 3 al 9 de abril, yo llegué tres días después, el 12 de abril, en un largo camino por tierra desde Ammán, un camino que apenas un año después se convertiría en suicida para un occidental, ya que la gran autopista que unía Bagdad con la frontera jordana atravesaba las inmediaciones de poblaciones que iban a ser presencia habitual en los noticiarios: Faluya y Ramadi, a lo mejor os acordáis. Mi conductor se perdió, el convoy se deshizo, y sin saberlo ni yo, y lo que era peor, mi conductor (era la primera vez que visitaba Bagdad) acabamos atravesando Saddam City, el gran arrabal chií, y preguntando cómo se iba al hotel Palestina a gente que estaba muy ocupada saqueando todo lo que se podía, que era mucho. Bagdad era una ciudad sin ley, había columnas de fuego literalmente por los cuatro costados, helicópteros Black Hawk bombardeaban la universidad y mi pobre y atribulado taxista tenía la mala suerte de que cada vez que creía haber encontrado el camino se topaba con algún tanque que nos cortaba el camino. Era gente libre saboreando y poniendo en práctica la libertad, dijo alguno de esos días el secretario de Defensa de Estados Unidos, Donald Rumsfeld. Un ejemplo de la tóxica combinación de propaganda y mala fe con la que la administración Bush organizó la invasión y la posterior ocupación.

Llegamos al hotel Palestina. Y algunos días después, el 1 de mayo, me acerqué a Faluya. En una semana habían muerto 18 personas en enfrentamientos con las tropas estadounidenses. Los americanos habían levantado su base en un antiguo cuartel del partido Baaz, y había sido atacada con granadas. En una manifestación ante las tropas acuarteladas en una escuela, los soldados perdieron los nervios y mataron a quince manifestantes. Era la primera vez que sucedía algo parecido, así que para Faluya me fui, yo, que vivía en Jerusalén, que estaba acostumbrado a la Intifada de los palestinos, con una idea en la cabeza: Intifada suní. En Faluya había carteles que decían “Tarde o temprano os echaremos, asesinos de EEUU”, “Nuestra libertad está en que dejéis nuestro país”, y había también un capitán de la 82ª División del Ejército de EEUU que nos explicó que a lo mejor había baazistas implicados, pero que el problema era cultural, un gran malentendido: que la población de Faluya, muy conservadora, no quería a occidentales en sus calles, que todo el mundo en Faluya creía a pies juntillas que los soldados veían a las mujeres desnudas a través de sus visores nocturnos, y que por eso se habían manifestado, que ya habían hablado con jefes tribales y religiosos y que les habían dejado mirar por los visores para que se aseguraran de que lo único que se veía a través suyo era figuras verdes y anaranjadas, que el honor de sus mujeres no estaba siendo mancillado. Así empezó la resistencia de Faluya, y con ella de todo el triángulo suní, y con él una nueva fase de la guerra que ya hace once años que dura. Ese mismo día que yo fui a Faluya, el 1 de mayo del 2003, George Bush ofreció su famoso discurso en el portaviones ‘USS Abraham Lincoln’ con una pancarta detrás suyo que decía “Misión Cumplida”. Un gran malentendido. Estados Unidos nunca entendió nada. Estados Unidos nunca quiso entender nada. O lo entendió todo demasiado bien.

La dedicatoria con la que empezamos ‘Expediente Bagdad’ es justamente esta, “Misión cumplida”. Es una ironía, claro, porque fuera cual fuera la misión que llevó a Estados Unidos a esa invasión en el 2003 no se ha cumplido: el mundo no es más seguro ni un lugar mejor. Irak no es un país mejor que entonces, Irak no es más próspero, ni más seguro, ni más rico. Al contrario, Irak es un perfecto ejemplo de Estado fallido. Antes de esos días de abril, una parte de la población vivía bajo el yugo de la dictadura de Saddam Hussein. Once años de destrucción después, una parte de la población vive bajo el yugo del Estado Islámico, sin entrar a comparar atrocidades de uno u otro. Pero si decidimos empezar la novela con esta frase de “Misión cumplida” es porque, según como lo mires, igual sí es una misión cumplida, la de Estados Unidos allí. Sin necesidad de entrar en el resbaladizo (y entretenido) terreno de las teorías de la conspiración, hay unos cuantos hechos: al menos desde el año 1990 Estados Unidos está formalmente en guerra con Irak, y eso si consideramos que la guerra Irán-Irak no fue una guerra en la que Estados Unidos participó pese a su financiación de los dos ejércitos, pese a su incitación a Saddam Hussein, pese a su Irán-Contra. Estados Unidos, pues, lleva casi veinticinco años injiriendo, malmetiendo, derrocando, bombardeando, matando, también muriendo, equivocándose, volviéndose a equivocar y equivocándose de nuevo. Al empezar los años 80, Irak aspiraba a ser potencia regional, aplicaba el ideario del partido Baaz (Unidad del mundo árabe; libertad del colonialismo, socialismo no a lo occidental, sino a lo árabe, vinculado a un movimiento anti-colonización), de la cual la nacionalización de la industria petrolera en 1972 fue un pilar básico. Era un país inmerso en un programa de reformas y de modernización de su población, eminentemente rural, con ambiciosos objetivos en el terreno de la educación (siempre con la idea de alejarla de la influencia de la religión) que incluso coqueteaba con la posibilidad de un programa espacial y que, por definición, aspiraba a ejercer de contrapeso de Israel en la zona. La sucesión de guerras casi ininterrumpidas desde entonces lo ha convertido en lo que es, un Estado fallido. Y un dato: en el Irak post-invasión del 2003 casi la mitad de las reservas probadas del país se han concedido a empresas occidentales y consorcios conjuntos, proporcionando en algún momento beneficios de millones de dólares anuales a empresas cuyos nombres os sonarán: Exxon, Halliburton, Repsol…

Rashid al Said, el protagonista de nuestro ‘Expediente Bagdad’, es un baazista convencido, que creyó en la construcción de un país nuevo, en ese despotismo ilustrado que defendía el sirio Michel Aflaq, teórico, ideólogo y fundador del Baaz. Con sus evoluciones diferentes, con sus rencillas internas, en ocasiones hasta con sus conflictos entre ellas, las dos ramas del Baaz, la siria y la iraquí, acabaron de forma similar: dos regímenes dictatoriales, el de Assad padre e hijo en Siria, el de Saddam (y sus tiránicos hijos, caricaturas perfectas del sátrapa árabe) en Irak, que se mantuvieron en el poder mediante la represión contra toda oposición ya fuera de raíz política (quienes exigían libertades, derechos humanos) sectaria (chiíes, suníes, kurdos…) o religiosa (el islamismo político). A los dos los combatieron tanto como pudieron las diferentes potencias occidentales que han tenido algo que decir en la zona desde la segunda guerra mundial hasta ahora, por no remontarnos más atrás, desde las potencias coloniales (Gran Bretaña, Francia) hasta Estados Unidos y, por supuesto, Israel. Siria e Irak también han sido piezas clave en los juegos de poder regionales, una complicada red en la que se mezclan causas económicas, sobre todo vinculadas al petróleo (Kuwait, Arabia Saudí), motivos histórico-políticos-geoestratégicos (Irán), de nuevo sectarios (el eje suní/chií, Irán, Arabia Saudí), e Israel, la gran presencia sin la cual no se entiende nada del moderno Oriente Próximo. Como suele suceder, a mayor presión interna y externa, más represión interna para mantenerse en el poder.

Os decía antes que iba a usar las fechas como muletas en esta charla. Aquí van otras: 3 de enero del 2008. Iowa. Hacía un frío tremendo, nieve por todas partes, y Barack Obama acababa de ganar el caucus. Empezaba así la obama-manía que durante todo aquel año, el 2008, arrasó Estados Unidos y el resto del mundo. Los discursos electorales de Obama eran una maravilla, yo vi muchos, y a pesar de que se parecían, nunca eran iguales. Incluso el cantante will.i.am le hizo un vídeo que pasó a la historia de la comunicación política, no sé si os acordáis. Es sus mítines, uno de los momentos que generaba más aplausos es cuando prometía que iba a sacar las tropas de Irak. Así sucedió en Iowa, uno de sus discursos más famosos, donde dijo: “Yo seré el presidente que acabe esta guerra y finalmente traiga las tropas a casa”. Aplausos. Vítores. Euforia. El 14 de diciembre del 2003, mientras los soldados estadounidenses nos enseñaban a los periodistas el zulo en el que Saddam Hussein se había escondido, George Bush, desde Washington, dijo: “Todos los iraquíes pueden ahora rechazar la violencia y construir un nuevo Irak”. No ocurrió, esa intifada de Faluya de la que hablábamos antes no fue un malentendido cultural, un problema con los visores, sino el inicio de una insurrección que fue peor, muchísimo peor, para Estados Unidos (y la población civil iraquí, que siempre nos olvidamos de las poblaciones) que la misma guerra.

Dos fechas más: 16 de mayo del 2003 y 23 de mayo del 2003. El 16 de mayo, Paul Bremer, un señor que siempre iba con traje, corbata y botas militares y que fue el jefe de la ocupación de Estados Unidos de Irak en su primer año, firmó la llamada Orden Número 1 de la Autoridad Provisional de la Coalición, por la que prohibió el partido Baaz y que sus miembros trabajaran en la administración. El 26 de mayo firmó la Orden Número 2 de la Autoridad Provisional de la Coalición, por la que desmanteló el Ejército iraquí. Para que nos hagamos una idea: en el Irak de Saddam para ser profesor debías tener el carnet del Baaz, no podías hacer nada sin tener el carnet del Baaz. Las órdenes firmadas por Bremer supusieron dejar sin trabajo a miles de sunís, despojar al Estado iraquí de los cuadros tecnócratas que lo hacían funcionar y enviar a la clandestinidad a miles de sunís armados y con formación militar. Muchos de ellos engrosaron primero la insurrección suní contra Estados Unidos, después las filas de Al Qaeda en Irak y ahora incluso los podemos encontrar en las filas del Estado Islámico. Pocas veces dos fechas como ese 16 y 23 de mayo suponen de forma tan dramática un punto de inflexión. En nuestra novela, Rashid dice: “Pero si ocurría lo peor, si se desmoronaban el partido y el régimen, quienes les sucedieran necesitarían cuadros, tecnócratas. No podrían prescindir de los cuadros del Baaz porque un país no se puede gobernar desde la nada”. No, nuestro protagonista no tenía razón, EEUU intentó gobernar el país desde la nada, y a partir de ahí, Irak descendió al infierno del cual, se supone, Obama quería sacar a Estados Unidos cuando llegó a la Casa Blanca en enero del 2009, entre la aprobación mayoritaria de la población.

Lo cual nos lleva a una fecha más lejana: el 15 de febrero de 1989, el 40º ejército soviético oficialmente abandonó Afganistán. En la fronteriza ciudad paquistaní de Peshawar, un nido de espías y yihadistas de medio mundo bajo una espesa y eterna bola de polución, un saudí llamado Osama bin Laden reflexionaba sobre los pasos a seguir junto a sus lugartenientes de los llamados afganos árabes, los voluntarios que auspiciados, financiados y entrenados por la CIA habían sido tan importantes para convertir Afganistán en una pesadilla para los soviéticos. Como explicaba en un reciente artículo Faisal al Yafal, uno de los mayores expertos en yihadismo, había dos líneas de pensamiento en ese yihadismo de inspiración wahabí que se concentraba en Peshawar: la primera, crear una base (Al Qaeda, en árabe) desde la que luchar contra los invasores occidentales de la tierra musulmana. La segunda, promover la creación de pequeñas células e incluso lobos solitarios en todo el mundo. Como ideología que es, y con la capacidad que tiene para adaptarse a las circunstancias, el yihadismo acabó usando las dos tácticas con resultados atroces y espectaculares (el 11-S), hasta que, en el 2002, la guerra de Afganistán destruyó la base que habían construido con la ayuda de los talibanes en ese país.

Y, de repente, de la forma más inesperada, lo que Estados Unidos les había quitado en Afganistán se lo devolvió en Irak: un gran caos, un vacío de poder, invasores occidentales a mano a los que combatir. La insurrección suní se mezcló con el yihadismo de Al Qaeda en Irak, liderada por un jordano con experiencia en Afganistán, Abú Musab al Zarqaui, antecedente directo del Estado Islámico. El 11 de noviembre del 2005, en su ciudad natal, la polvorienta y paupérrima Zarqa, llamada el Chicago de Jordania no por su belleza arquitectónica sino por su alta peligrosidad, un compañero de colegio de infancia de Zarquai me decía que no se creía lo que decían los americanos de él, que su condiscípulo no era capaz de matar ni a un gato. Hacía un par de días que un matrimonio de iraquís se habían volado en el hotel Radison de Ammán. Otros dos atentados simultáneos en otros dos hoteles se saldaron con la muerte de 67 personas, en una operación en Jordania planeada por la facción de Al Qaeda liderada por Zarqaui. El 8 de junio del 2006, Estados Unidos mató a Zarqaui en bombardeo en una casa cercana a Baquba. Su muerte, como la de Sadam, como la de Osama bin Laden, no sirvió de nada. Tantas muertes después, parece que aún no se ha aprendido que el islamismo a lo Al Qaeda, a lo Estado Islámico, es mucho más que unos pocos líderes carismáticos que les comen el cerebro a unos muchos parias que se dejan lavar la cabeza.

Y del Chicago de Jordania, al Chicago de verdad. En esa ciudad, en Chicago, el 2 de octubre del 2002, Obama, entonces un joven senador negro de Estados Unidos, empezó a ganar la presidencia de Estados Unidos en una manifestación en contra de una guerra en Irak. En ese discurso, Obama, el futuro premio Nobel de la paz, dijo que él no se oponía a todas las guerras, tan sólo a las estúpidas, y que la de Irak –en la que aún no se había embarcado George Bush pero que ya asomaba en lontananza– era una guerra estúpida. Como ejemplo de guerra que valía la pena luchar, Obama citó, por supuesto, la segunda guerra mundial (su padre combatió a las órdenes de Patton en Europa), la guerra civil de Estados Unidos y la lucha contra Al Qaeda. El 6 de abril del 2009, en la Universidad de El Cairo, Obama pronunció un famoso discurso en el que prometió “un nuevo principio” entre Estados Unidos y los musulmanes y definió su objetivo en Irak así: “ayudar a Irak a construir un futuro mejor y dejar Irak a los iraquíes”. Todo el mundo aplaudió, en El Cairo y en el resto del mundo. No deberíamos haberlo hecho.

En la prensa, en la opinión pública, existe una nefasta tendencia a personalizar las políticas de los países en las personas que los dirigen. La penúltima guerra de Irak es la guerra de Bush. La otra es la de Bush padre. El Estados Unidos de Obama, el Estados Unidos de Bush, el Estados Unidos de Clinton. Obama llegó a la presidencia, dijo que quería irse de Irak y de Afganistán y el resto del mundo va y le dio el Nobel de la paz, como si de repente Estados Unidos no tuviera nada que ver con lo que sucedía allí. Presidente nuevo, vida nueva. Un grave error, la comunidad internacional no debería habérselo permitido a Estados Unidos. Cuando Obama llegó al poder, se encontró con un plan de retirada puesto en marcha por la administración Bush, un país sumido en una profunda crisis económica y metido en dos guerras, una de las cuales, la de Irak, ya le había costado 3.000 millones de dólares. Cuando Obama llegó al poder nadie en Estados Unidos quería seguir en Irak y, ya puestos, en Afganistán. Una estrategia de pactos (con algún dinero de por medio) con las tribus suníes (impulsada por el general Petraeus durante la administración Bush) había reducido los niveles de violencia hasta el punto de que la propaganda hablaba de derrota de Al Qaeda. Obama lo tenía fácil para hacer lo que le interesaba a Estados Unidos en ese momento: dar carpetazo a un problemón que ellos mismos habían empezado. Con el Gobierno títere del sectario Maliki (otra herencia de Bush que ha durado hasta hace cuatro días) , Obama negoció una retirada que finalizó en el 2011. Sí, con acuerdos de seguridad, y entrenamiento de las fuerzas iraquíes y toda la parafernalia. Pero se llevó las tropas, si alguien debe morir, que sean iraquíes, esa es la lógica. Y el resto del mundo aplaudió, en un enternecedor ejercicio de hipocresía y de incoherencia: tras acusar a Bush (Estados Unidos) de destrozar Irak, el mundo aplaudía que Obama (Estados Unidos) se fuera de rositas del país destrozado, dejando a un Estado ficticio, sectario y a todas luces incapaz de resistir una ráfaga de viento razonablemente seria.

A partir del 2011 Obama (Estados Unidos) ignoró Irak, Obama no quiso oír, no quiso ver, y en eso la administración Obama actuó como la administración Bush. Desde el 2011 hasta ahora, cuando la prensa informaba (poco) de que Irak se iba al garete, Obama (Estados Unidos) decía que no era verdad, exactamente igual que la administración Bush. Desde el 2011 hasta ahora, cuando los datos hablaban de la descomposición del Estado iraquí, del aumento de la violencia, de la ineptitud, la corrupción y el sectarismo del Gobierno de Maliki, Obama (Estados Unidos) lo negaba, exactamente igual que la administración Bush. Así fue hasta otra fecha: 9 de junio del 2014, el día en que el Estado Islámico se hizo con el control de Mosul. Por si acaso el mensaje no había sido lo suficientemente claro, otra fecha marcada en rojo: el 19 de agosto del 2014 se hizo pública la atroz ejecución de James Foley, el periodista estadounidense secuestrado en Siria dos años antes.

Saltemos hacia atrás: entre el 2 y el 28 de febrero de 1982, el Ejército de Siria, entonces gobernada con puño de hierro por Hafez al Asad, el padre del actual presidente sirio, cometió la llamada masacre de Hama. Como suele suceder en las grandes matanzas en Oriente Próximo (Septiembre Negro, Sabra y Chatila) no hay una cifra de consenso sobre cuánta gente murió a manos del Ejército sirio esos días, la horquilla oscila entre las 20.000 y las 40.000 personas. Mucha gente, en cualquier cosa, una atrocidad, con la que Asad pretendía (y consiguió) sofocar la rebelión de los Hermanos Musulmanes que había empezado en 1976, protagonizada sobre todo por suníes. El Baaz y los Hermanos Musulmanes eran enemigos por definición desde su raíz ideológica, los Hermanos un movimiento conservador y tradicionalista, el Baaz un movimiento progresista y reformador, los unos religiosos, los otros nacionalistas, entre otras diferencias entre las que se mezclaban cuestiones sectarias (alauíes, suníes) y de orígenes sociales y económicos. Hama había sido una espina clavada en el costado del régimen de Asad desde su llegada al poder. Los Hermanos Musulmanes recurrieron a las tácticas de guerrilla y terrorismo contra el Gobierno del Baaz, el régimen a la represión, la tortura, las ejecuciones y el asesinato.

El 15 de marzo del 2011, se produjeron las primeras manifestaciones de protesta dignas de tal nombre contra el régimen de Bachar al Asad en el contexto de las primaveras árabes, que con un desarrollo desigual ya habían sucedido en Túnez, Libia y Egipto. En Siria, aquel día, las protestas básicamente sucedieron en tres ciudades: Daraa, Deir Azzur y, sí, Hama. Desde el principio, la narrativa, como se dice ahora, de lo que sucedía hablaba de jóvenes rebeldes levantados en armas contra la represión del dictador Asad, la misma narrativa que en Túnez, Libia y Egipto. No es que no fuera cierto; lo que sucede es que desde un buen principio, en Siria y en el resto de primaveras árabes, se obviaron un par de cosas: primero, que durante décadas de dictadura el único lugar donde se podía hacer política eran las mezquitas. Segundo, que fuera de los núcleos urbanos las poblaciones son muy conservadoras y, por tanto, muy receptivas al mensaje de los islamistas. En el caso sirio se obvió un tercer hecho: que hacía frontera con Irak, un Estado fallido que los yihadistas habían convertido en su base desde el 2003 y en los que no habían sido derrotados, sino, en el mejor de los casos, marginados y aislados por los líderes tribales. Y ahora sabemos, entonces no tanto, que había un cuarto punto: una nueva generación de yihadistas, que se había destetado en Irak, que se había conocido y organizado en cárceles fuera del ámbito de la legalidad internacional como Camp Bucca, en la frontera entre Irak y Kuwait, estaba preparada y ansiosa para dar un paso al frente. Esto no significa que no había jóvenes demócratas en Siria, ni siquiera que no hubo un tiempo en que convivieron los demócratas y los islamistas. Lo que significa es que los islamistas estuvieron allí desde el principio, con su propia agenda. Lo extraño hubiera sido lo contrario. Aun así, el discurso mayoritario en Occidente vivió instalado en la negación durante años: no le dio importancia a que Damasco no participara en las protestas, desdeñó que algunas de las tácticas de los rebeldes (atentados terroristas contra dirigentes y símbolos del régimen) se parecieran como dos gotas de agua a la insurrección islamista contra el régimen del Baaz de los 70. En una fecha tan cercana como septiembre del 2013 Obama estuvo a punto de intervenir para atacar al régimen de Asad por su uso de armas químicas (quién se acuerda ahora de ellas?) pero no lo hizo. Un año después, el 4 de noviembre del 2014, ya en guerra contra el Estado Islámico, la aviación de Estados Unidos bombardeó la base de Ahrar al Sham, una de las brigadas no islamistas más importantes del complejo escenario sirio, un favor que Bachar al Asad, ahora un aliado no confeso de Washington después de haber cometido atrocidades sin fin contra su propia gente, sin duda agradeció.

Siria, ahora, sumida en el caos y en una lucha de todos contra todos, es un perfecto ejemplo de las tensiones que azotan Oriente Próximo. Kurdos, suníes, chiíes, alauíes, Irán, Irak, Qatar, Arabia Saudí, Israel, Estados Unidos, Turquía, Rusia, Al Qaeda, Estado Islámico, Hezbolá… Con una mano se atacan, se financian y se entrenan con la otra, las alianzas se hacen y se deshacen, todos son enemigos, todos son aliados… Lo que nunca cambia es que la población civil muere a manos llenas, sin parar. El patrón es el mismo que vimos en Afganistán y en Irak, y el que también sucede en el Sahel: en el caos, en el vacío de poder, el yihadismo encuentra su mejor hábitat para florecer. Para combatir este yihadismo, a Occidente sólo se le ocurre crear más caos y vacío de poder. Los resultados, a la vista están. Si la experiencia nos dice algo, es que para combatir al Estado Islámico no bastan los ataques aéreos ni armar a los pershmergas, sino soldados preparados para una guerra de guerrillas larga y costosa, justamente la misma que Estados Unidos (el de Bush y, por tanto, el de Omaba) no ganó (y por tanto, perdió) en Irak. Para combatir al Estado Islámico, y por extensión al islamismo radical, no hay una solución únicamente militar. Porque al Estado Islámico, y al islamismo radical se le combate en Siria, en Irak, pero sobre todo en Qatar y en Arabia Saudí. Porque el Estado Islámico en realidad es una idea contra la cual en Occidente nos escandalizamos, nos lamentamos y nos preocupamos pero nunca nos preguntamos por qué surge y por qué se extiende. Por eso el Estado Islámico estaría tan contento de ver de nuevo a soldados de Estados Unidos en Irak, porque si ellos son resultado de esta guerra en Irak que dura ya más de veinte años, que Irak vuelva a incendiarse es lo mejor que les puede suceder para engordar sus filas, allí pero también aquí, en Occidente. A Obama igual no le gustan las guerras estúpidas, pero él, y por tanto Estados Unidos, nos siguen tomando por estúpidos porque aún se niegan a aceptar que combaten contra una idea que ellos han creado de forma directa e indirecta. El problema, uno de ellos al menos, es que adoptar medidas no militares que combatan esta idea va en contra de los intereses económicos y geoestratégicos de Estados Unidos en la zona (de Obama, de Bush, de cualquier presidente desde Carter para acá), empezando por el petróleo y acabando por la “inquebrantable amistad con Israel”, pasando por cuantas alianzas con tiranos fundamentalistas que se bañan en petróleo sea menester tejer.

Rashid al Said, el protagonista de nuestro ‘Expediente Bagdad’, representa a esa generación de árabes que fueron educados en Occidente, que creían en valores como el progreso, la educación y el laicismo y que, por eso, en los años 40, 50, 60, 70 creyeron en el efecto modernizador que podía tener el partido Baaz, en muchos casos a pesar de la deriva obvia hacia la tiranía que sus regímenes fueron tomando. En nuestra novela, Rashid se pasa media vida escribiendo un ensayo en el que intenta reconciliar la filosofía de Nietzsche con la tradición musulmana. Su trabajo es inconcluso, una metáfora de que tal vez la reconciliación de Occidente y Oriente sea, por definición, eso, un trabajo inconcluso. Pero resulta triste que cada vez que un tipo encapuchado de negro aparece en televisión cometiendo alguna atrocidad en nombre del islam desde Occidente se pregunte dónde están los árabes, dónde están los musulmanes con los que poder construir una relación de amistad, de intereses comunes. Esos árabes, como Rashid, existían, y Occidente, con Estados Unidos a la cabeza, lleva décadas haciendo todo lo posible para acallarlos y silenciarlos, para convertirlos en lo que hoy son: desorientados, como los protagonistas de la novela de Amin Maaluf, muertos o irrelevantes, si es que no se han pasado, aunque sea anímicamente, a las filas del Estado Islámico. Y sus hijos, o refugiados, o exiliados, o represaliados o asesinados por los regímenes, por el Estado Islámico o por bombardeos occidentales. Y así les va a los países de Oriente Próximo, y así nos va a nosotros.

Así que, para terminar, una fecha: hoy, 14 de noviembre del 2014. Hoy, como ayer, como mañana, en Siria y en Irak sigue muriendo gente. Por una simple cuestión de decencia humana son ellos quienes deberían ser nuestra prioridad.

@jcbayle

 

 

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