Pandemic, pandemic

“Pandemic, Pandemic”. En la esquinas de los Project del Baltimore de ‘The Wire’ (esa extraordinaria serie de televisión que no estoy seguro de que hayan visto todos los que la citan cuando hablan de Baltimore) los jóvenes negros publicitaban sus papelinas de droga así, “Pandemic, Pandemic”, una letanía casi hipnótica que era la otra banda sonora de la serie. Todos los que vendían la droga eran (son) negros; (casi) todos los que la consumían eran (son) negros); casi todos los que morían por ella y lo que la rodeaba eran (son) negros.

Pisar los Project de Baltimore requería cierto valor. La primera vez que los vi me impactó la brutalidad del contraste. Baltimore no es una gran ciudad, pero sí tiene un downtown típicamente estadounidense: centro de negocios, algunas grandes torres de cristal que dibujan un skyline unido por carreteras de circunvalación elevadas y en el que llama la atención el hermoso estadio de los Orioles, el orgullo (blanco) local de la liga de béisbol. De repente, cruzando tan sólo una calle (como suele en el urbanismo estadounidense) pasas del primer mundo al tercer mundo, de la ciudad y sus suburbios burgueses a los Project: cristales y basura en el suelo, solares, casas que se caen, niños descalzos, esqueletos carbonizados de coches, armas a simple vista. La primera vez que los vi pensé que había regresado a algún campo de refugiados de Oriente Medio. Después, a medida que fui viendo otros Project en otras ciudades de EEUU, otros barrios de mayoría negra, otros guetos en realidad, me di cuenta de que la comparación no era pertinente, los Project no tienen comparación posible con nada más porque lo de la población negra en Estados Unidos no es comparable con nada más: ese contraste entre la narrativa oficial y la realidad, esa convivencia entre el primer y el tercer mundo, esas excepciones a la regla que la población blanca más educada  quisiera norma, ese racismo implícito y a veces explícito que se masca y que se toca, esos seguidores de los Orioles a los que no les gusta la NBA porque es cosa de negros, esa Nueva Orleans a la que se dejó morir antes, durante y después del Katrina, esos conciertos de Springsteen en el Madison Square Garden donde los únicos negros están encima del escenario, ese porcentaje de población con HIV/Sida en Washington DC superior al de Ruanda, Sierra Leona o Congo, pandemic, pandemic.

Es muy fácil encontrar estadísticas en internet sobre la situación de la población negra en Estados Unidos. Citaré sólo algunas del sistema de justicia: de los 2,3 millones de presos que hay en EEUU, un millón son negros; con datos del 2001, 1 de cada 6 hombres negros han estado alguna ve en la cárcel, 1 de cada 100 en el caso de las mujeres; los negros son encarcelados seis veces más que los blancos; la población negra supone el 12% del total de la población que consume droga, pero son el 38% de los arrestados por este motivo y el 59% de los que están en prisión por esta causa; los negros representan el 26% de las detenciones de menores, el 44% de los jóvenes que son detenidos, el 46% de los jóvenes que están en proceso criminal, y el 58% de los jóvenes encarcelados en prisiones estatales. Desde la cárcel a la pobreza, desde la salud a la educación, desde el uso de internet al tiempo que tardan en cambiarse el coche, los negros pierden en todas las comparaciones con los blancos, pandemic, pandemic.

Ganan, eso sí, en ser víctimas de violencia a manos de la policía. Lo vimos en Ferguson, lo vimos en Nueva York, lo estamos viendo ahora en Baltimore, lo veremos en otros lugares. Es imposible reducir la complejidad de Estados Unidos a una imagen, pero sí lo es recopilar muchas de ellas para simbolizar diferentes rostros de ese gran país. Una que para mí explica Estados Unidos es esa foto de los policías de Nueva York dándole la espalda a su alcalde, Bill de Blasio, porque consideran que es tibio a la hora de proteger a los policías de las acusaciones de brutalidad policial contra negros. Di Blasio tiene un hijo negro al que había aconsejado cómo comportarse con la policía en caso de cruzarse con algún agente. Cómo no hacerlo, a un joven negro en Estados Unidos un control de alcoholemia le puede arruinar la vida, pandemic, pandemic.

Es inevitable al ver los disturbios de Baltimore pensar en McNulty, Stringer Bell o esa tragedia (griega, por supuesto) de los Sobotka. Pero puestos a hablar de ‘The Wire’, yo pienso en Duquan, Randy, Namond y Michael, los cuatro personajes de niños de los Project a través de los cuales David Simon explicó el sistema escolar de la ciudad y algo aún más grave y deprimente (si cabe): cómo el sistema político, económico y social, no la droga ni la delincuencia, ni las mafias, ni la familia, ni los amigos, es el peor enemigo al que se enfrentan esos jóvenes negros para lograr salir de los Project. Tal vez alguno, individualmente, lo consiga, pero es la excepción a la norma en Estados Unidos, you feel me?

@jcbayle

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