Ellas

Ella subió al tranvía en la misma estación que yo en pleno centro de Jerusalén Oeste, en la calle de Jaffa. Tenía aspecto de recién haber estrenado la veintena y vestía ‘a lo occidental’, que es uno de los clichés que solemos usar los periodistas que de vez cuando escribimos sobre mujeres musulmanas, un eufemismo que en realidad quiere decir “no llevaba pañuelo”, es decir, no usaba hiyab, ni niqab ni ninguna de las otras formas de vestimenta asociadas a las mujeres musulmanas.

La cuestión es que ella se sentó frente mío en el tranvía y no me sorprendió que fuera vestida ’a lo occidental’ porque de inmediato la tomé por israelí. De entre las sinrazones que hemos visto estos días de odio en la ciudad y en el resto de los territorios palestinos ocupados y de Israel, ha habido algunas que serían esperpénticas si no fueran trágicas, como ese israelí que acuchilló a otro israelí en el aparcamiento del Ikea porque tenía aspecto de árabe; o ese grupo de adolescentes colonos que, acné en el rostro, matonismo en la mirada y “muerte a los árabes” a pleno pulmón, recorría las calles de Jerusalén Oeste preguntando a todos los morenos de piel con los que se cruzaban si eran árabes, y si respondían que no en perfecto hebreo, “lo, lo” frente al “la, la” con el que se niega en árabe, seguían adelante en su caza humana. Si no fueran tan peligrosos, y si sus progenitores no fueran tan o más racistas que ellos, uno casi sonreiría imaginando a una de sus madres dándoles un pescozón y enviándolos de regreso a su casa en Kiryat Arba, cómo se te ocurre buscar árabes por el color de la piel. El racismo es absurdo en todas partes pero en Jerusalén entre judíos y árabes por cuestión de piel es cosa de comedia bufa, esos árabes pelirrojos y pecosos descendientes directos de soldados británicos, esos judíos orientales que se parecen como un huevo a una castaña a los rubios eslavos y que pasarían perfectamente por primos de quienes rezan al otro lado del Muro de las Lamentaciones.

El caso es que tomé por israelí a la chica con la que coincidí en el tranvía no por morena ni por sus grandes ojos oscuros, ni tampoco por sus tejanos y jersey blanco ligeramente ceñido ni por su bolso colgado a la bandolera. Tampoco le atribuí una identidad por el hecho de que pagó con el abono multiviajes que sólo puede conseguirse en Jerusalén Oeste (lo cual presupone un uso intensivo del tranvía muy poco habitual en los palestinos) o porque desde el mismo instante en que se sentó frente a mí se aisló en su móvil: sus dedos tecleaban veloces mensajes a alguien desconocido que desde la distancia la hacía sonreír, hay ocasiones en que pagaría lo que no tengo por saber la historia detrás de las medias sonrisas que genera el whatsapp en metros, autobuses y tranvías, no quiera saber tanto quién será sino qué le habrá dicho para hacerla sonreír así, para hacerla levantar los ojos y posar la mirada en el resto de pasajeros del vagón sin vernos, eso es poder. Decía que la tomé por israelí porque nada en su vestimenta la identificaba como árabe y sobre todo porque cuesta ver estos días a palestinos en el tranvía de Jerusalén.

El tranvía de Jerusalén vendría a ser una prueba del nueve del periodista que se entera de algo o no en esta ciudad. Si leéis que el tranvía es un ejemplo de convivencia porque une el Oeste con el Este y tiene dos paradas en Shuafat y Beit Hanina, el corazón del extrarradio árabe de Jerusalén, arrugad la nariz como si os intentaran vender un pescado en malas condiciones: es mentira. Lo que hace el tranvía es unir el Oeste con el asentamiento de Pisgat Zeev en el Este ocupado, y para ello, dado que un tranvía no vuela, debe cruzar zona árabe. El tranvía no es un ejemplo de convivencia, sino de ocupación. E ilegal, además, porque facilita el traslado de población de la entidad ocupante a la zona ocupada. Por ello, el tranvía es objetivo de ataques de los jóvenes palestinos en momentos de disturbios y de boicot en las rachas menos convulsas. Pero boicotearlo es una decisión dura: dado que el tranvía transcurre en parte de su recorrido por la línea verde, es muy útil para trasladarse hasta barrios árabes del centro de Jerusalén y las puertas de Damasco y Nueva de la Ciudad Vieja. Eso sí, cuando las cosas se calientan en Jerusalén los palestinos desaparecen del tranvía.

Por eso, a ella, tan rápida con sus pulgares, no la tomé por palestina. A una chica árabe en una parada del tranvía le tiraron ácido. A menudo, los revisores israelíes la emprenden, muchas veces a golpes, con adolescentes palestinos que se han colado o que no encuentran su billete o que hablan y ríen demasiado alto. El paisanaje del tranvía es de colonos hardcore de Cisjordania armados sin complejos y colonos que se piensan que no lo son porque viven en Pisgat Zeev y quieren creerse (y que nos creamos) que aquello es un “barrio de Jerusalén”; ultraortodoxos de luengas barbas que aprovechan la cercanía de la parada con su zona franca de Mea Sherim; argentinos ortodoxos –de camisa blanca y pantalón oscuro ellos, faldas largas, guantes e incluso pelucas ellas– que arrugan la nariz cuando se les sienta al lado un árabe; y militares, muchos militares, de todos los cuerpos, chicos y chicas muy jóvenes con sus móviles y su fusil de asalto. De hecho, esa debería haber sido la primera pista de mi equivocación: una chica israelí con la veintena recién estrenada en esa parte del tranvía de Jerusalén no suele vestir tejanos, sino uniforme, y de su hombro no cuelga un bolso, sino un fusil.

Y así fue como llegamos a Shuafat, el tranvía se vació y sólo quedamos los colonos de Pisgat Zeev, ella y yo en el convoy. A estas alturas, ella ya había guardado el móvil en el bolso y miraba a través de la ventanilla. En la parada de Beit Hanina bajamos los dos. A ella la aguardaba un mujer que sin duda no vestía ‘a lo occidental’: una típica matrona palestina, hiyab incluido. Y entonces, ella saludó a aquella mujer, probablemente su madre, familiar sin duda, abrió el bolso, sacó un bonito pañuelo rojo de su interior y se cubrió con él la cabeza. Y las dos mujeres se perdieron en animada charla en dirección A’Ram.

Claro, diría el corresponsal que escribe que el tranvía es un ejemplo de convivencia, en la parte israelí de la ciudad esta muchacha puede librarse del yugo del hiyab; al regresar a su barrio, debe ponérselo. Y es todo lo contrario: para desplazarse más o menos con seguridad al otro lado de la ciudad, esa chica tiene que disfrazarse, es decir, ocultar su identidad, mediante el gesto de descubrirse la cabeza. Una organización llamada Jerusalemite Women’s Coalition ha efectuado un llamamiento urgente a la comunidad internacional para proteger a las mujeres palestinas: “We are calling for the protection of our bodily safety and security when in our homes, walking in our neighborhood, reaching schools, clinics, work places, and worships venues.  We are calling for protection, for we feel displaced even at home, as the Israeli soldiers, armed settlers, border patrol, and police invade our homes, attack our families, strip-search our bodies, and terrorize us all”.

Ellas, las mujeres palestinas, son una parte capital de la resistencia contra la ocupación israelí, porque en gran medida sobrevivir es resistir a la ocupación y en eso ellas son muy buenas, en Palestina y en todas partes. Pero, además, en el caso palestino muchas mujeres han estado en primera fila en las diferentes fases del mal llamado conflicto. Sucede también estos días de mal llamada Intifada, hasta el punto de que al ver fotos de muchachas de ojos hermosos con el rostro cubierto con la kufiya lanzando piedras a los soldados israelíes hubo quien tituló la Intifada de las Mujeres, como si fuera la primera vez. Si esta no-Intifada es una Intifada de las Mujeres, todas las otras lo han sido también, porque sin ellas no se entiende la resistencia palestina.

Estos días, en los check points han muerto Dan Irsheid, de 17 años, Bayan Ayman Abd al-Hadi al-Esseili, de 16 y Hadil Saleh Hashlamoun, de 18. Ellas fueron titulares en las noticias de la prensa internacional (es un decir) porque fueron abatidas a tiros por militares israelíes. Hoda Darwish, en cambio, no alcanzó los titulares: murió de problemas respiratorios el 19 de octubre debido a que, camino del hospital, quedó atrapada en una aglomeración en uno de los nuevos check points que las autoridades israelíes han erigido en Jerusalén Este. No sólo mueren mujeres en los check points: también paren, un clásico si se está embarazada en según qué partes de Palestina. Son ellas las que hacen cola en el Russian Compound, la infame cárcel de Jerusalén, para intentar saber algo de su hijo adolescente arrestado por tirar piedras, y son ellas las que con paciencia tejen lo que queda de la otrora floreciente sociedad civil palestina. Son ellas las que, como en toda sociedad patriarcal, sufren los delitos de honor y lidian con el proceso de involucionismo de su sociedad y las frustraciones que sus padres, maridos, hermanos e hijos llevan a casa a diario.

No sé nada de la vida de la muchacha que se sentó ante mí en el tranvía. Sólo sé que con su hiyab en el bolso regresó a casa a salvo aquel día, para seguir viviendo, que en su caso es seguir resistiendo. Y que quien la esperaba a pie de tranvía a que regresara de Jerusalén Oeste era su madre. Que nos os engañen: aunque parezca un hiyab, lo que en realidad llevan es una kufiya.

PD: Dejo el link del artículo Arde Mississippi en Jerusalén que publiqué en ctxt. 

@jcbayle

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