No en su nombre, ni en el nuestro

El 11-M me pilló en Umm Qasr, justo en la frontera entre Kuwait e Irak. Me encontraba allí preparando una serie de reportajes sobre el primer aniversario de la invasión de Irak por parte de las tropas estadounidenses y británicas. Aún no había surgido con toda la fuerza la insurgencia, y en las calles del sur chií de Irak aún era posible ver patrullar a los soldados británicos sin casco ni aparatosos despliegues. Aquello estaba a punto de cambiar, aquellos días por ejemplo un atentado acabó con la vida de varios soldados italianos en Nasiriya. Pero para un periodista occidental aún era posible viajar por Irak y mezclarse con la gente, ir, ver, escuchar y contar, que al fin y al cabo ese es nuestro trabajo.

La primera persona que se me acercó para pedirme perdón por el 11-M fue un traductor del Ejército británico en Umm Qasr. Unos soldados me permitieron ver cómo interrogaban a unos raterillos dentro de una escuela abandonada, un intento de mostrar a la prensa que se preocupaban de lo que entonces era una de sus principales preocupaciones, la rampante inseguridad. Al acabar (los chicos fueron enviado a una base militar y nunca más volví a saber nada de ellos), el traductor (buena ropa, gafas de sol, aún el típico bigotito, excelente inglés) se me acercó y, dado que me había presentado como español, me dijo: “Siento mucho lo de Madrid. Esa gente no es musulmana”.

No mucho después, ya en la recepción del hotel de Basora donde me alojaba, grandes televisores mostraban las imágenes desde Madrid de Al Jazeera y la BBC (entre ellas, por cierto, la de Arnaldo Otegi negando la autoría de ETA). Era mediodía, y mientras en España los periódicos preparaban ediciones vespertinas especiales culpando a ETA de la masacre, en mi hotel de Basora camareros, fixers, transeúntes, traductores, chóferes y hasta el director se me acercaron a mostrar sus condolencias y a pedir perdón. En mi hotel de Basora, todo el mundo parecía saber que yo era español y todo el mundo se sentía impulsado a mostrar sus condolencias y a pedirme disculpas por lo que unos árabes y musulmanes habían hecho en Madrid. En Basora, donde a diario morían decenas de personas, donde media ciudad estaba destruida, donde apenas funcionaba la electricidad y el agua potable, donde en definitiva se pagaban los estragos de una guerra que en las Azores había impulsado el presidente español, José María Aznar. Y, a pesar de ello, yo no sentía el impulso imparable de abordar a cada iraquí con el que me cruzaba para pedirle perdón por la destrucción, la muerte y el caos que mi país había contribuido a desatar en el suyo. Ellos, en cambio, sí sentían la necesidad de hacerlo cuando un grupo de terroristas habían matado a decenas de personas en mi país en nombre de la religión que ellos profesan.

Pienso en aquella gente en Basora dándome la mano con la solemnidad con la que se acude a un entierro cuando veo en las redes sociales los mensajes y las fotos de árabes y musulmanes pidiendo perdón cada vez que hay un atroz atentado en Occidente o que afecta a occidentales. No en mi nombre, dicen, y es un acto de valentía decirlo porque habrá muchos amigos y parientes suyos que sin necesidad de que sean islamistas les dirán: ¿Y ellos, los occidentales, qué? Porque también pienso en aquella gente de Basora, algunos incluso con lágrimas en los ojos, cuando leo el mensaje contrario: ¿Dónde están las condenas de los musulmanes al Estado Islámico?, dicen los profetas del choque de civilizaciones.

Y la pregunta me parece pertinente, pero al revés: ¿Dónde están nuestras disculpas y nuestras condenas por la colonización y al descolonización? ¿Por el racismo? ¿Por las bombas de racimo? ¿Por el expolio de recursos naturales? ¿Por Guantánamo? ¿Por Irak? ¿Por la falsa integración? ¿Por el doble rasero? ¿Por los campos de refugiados en nuestras fronteras? ¿Por Yarmouk? ¿Por Marine Le Pen? ¿Por José María Aznar? ¿Por Viktor Orban? ¿Por Halliburton? ¿Por Blackwater? ¿Por Palestina? ¿Por los muertos en el Mediterráneo? ¿Por Abu Graib? ¿Por las miradas de hostilidad en el metro a las chicas que llevan hiyab? ¿Por el apoyo a tiranías? ¿Por lucir Qatar en la camiseta del Barça? ¿Por compartir mesa, mantel, yate y fiestas con los príncipes saudís? ¿Por Jerusalén? ¿Por el juego de tronos que impulsamos entre oligarquías, fundamentalistas y tiranías en Oriente Medio? ¿Por los daños colaterales? ¿Por no haber hecho nada en Siria cuando se podía hacer? ¿Por Abdelfatah al Sisi? ¿Por el cártel del petróleo de Houston? ¿Por Repsol? ¿Por comprar antigüedades y petróleo al Estado Islámico? ¿Por todas las armas vendidas? ¿Por Bernardino León? ¿Por el desdén, el paternalismo, el orientalismo, los prejuicios? ¿Por las cárceles secretas y los vuelos de la CIA? ¿Por los bombardeos en bodas? ¿Por Homeland?

La lista es tan larga que tendríamos que pasarnos una vida entera pidiendo disculpas. Y, sin embargo, yo que acepté todos y cada uno de los apretones de mano de los iraquíes que desfilaron ante mí en Basora el 11 de marzo del 2004, no recuerdo haber pedido nunca perdón a un iraquí porque mi país participara, impulsara y apoyara la invasión de su país.

Tampoco me lo exigieron nunca, la mayoría de iraquíes sabían diferenciar muy bien entre quienes dicen actuar en nombre de la gente y la mayoría de la gente. Nosotros, en Occidente, no tanto. El Estado Islámico, dentro de su locura y odio y fanatismo, no.

PD 1: Os dejo el artículo que publiqué en El Periódico el día siguiente de los atentados de París: La guerra

PD 2: Algunos posts antiguos que pueden leerse a cuenta de la atrocidad de París:

¿Y las condenas de los musulmanes al Estado Islámico?

Charlie Hebdo

Palabrería Hueca

Esperando a Voltaire

Del Baaz al Estado Islámico

Obama y las guerras estúpidas

Misión cumplida

@jcbayle

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2 pensamientos en “No en su nombre, ni en el nuestro

  1. Pingback: Bombardeemos Idomeni | Décima Avenida 2.0

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