Trump y el ‘show-business’ de los feos

En este tiempo de florecimiento de nuevos medios y nuevas narrativas periodísticas, hay un proyecto cuyo devenir me intriga por encima del resto: el aterrizaje en Bruselas de ‘Politico’, la publicación que en Washington ha logrado convertirse en la referencia de la información política, por encima de cabeceras clásicas como ‘The Washington Post’. La política de Estados Unidos es muchas cosas, y una de ellas es espectáculo, un ‘show’ que los medios alimentan y retroalimentan con gran sentido del momento y del sentido escénico por tres grandes motivos, no necesariamente en este orden: porque es su obligación social, porque su opinión pública lo exige y porque es rentable económicamente. En ese sentido, la gris y burocrática Bruselas está muy alejada del ‘show-politics-business’ de Washington. A Jay Leno, y a muchos otros antes y después de él, se le atribuye la frase “la política es el show-business de los feos”. En Bruselas sin duda hay muchos feos, mucha política y mucho negocio; lo que me intriga es si de todo ello se puede hacer además un ‘show’ entretenido y rentable a la estadounidense.

Este componente de espectáculo es esencial para entender la información política estadounidense, y es una de las mayores dificultades a las que se enfrenta un corresponsal extranjero en Washington. Por definición (la audiencia a la que informa no le importa un comino a nadie en Washington), el corresponsal extranjero no tiene fuentes políticas primarias en la ciudad. Las suyas son secundarias, sobre todo analíticas. Este hecho explica por qué hay tanto análisis e interpretación en las crónicas desde Washington y tanto experto de ‘think tanks’ y la academia citados en ellas: son prácticamente las únicas fuentes a las que el corresponsal extranjero tiene acceso. La información con la que trabaja no procede de fuentes, sino que es pública: lo que publican los medios, las ruedas de prensa de los políticos, los comentarios en las redes sociales.

La información, por tanto, no es problema: hay muchísima, de la misma forma que hay mucha interpretación y opinión sobre esa información. El reto es discernir el auténtico hilo de lo que sucede por debajo de las toneladas de informaciones, columnas, tertulias y tuits generados al día y del carácter de ‘show’ y de ‘business’ de la cobertura periodística de la política. Por ejemplo: nada le conviene más a los medios que una campaña sea disputada. Por tanto, harán todo lo que puedan para lograr que lo sea, empezando por decir una y otra vez que la campaña es histórica… y disputada (la de Barack Obama y Hillary Clinton en el 2008, sentenciada en  marzo y alargada hasta junio, fue un ejemplo de libro). Esto explica que “histórico” sea uno de los adjetivos más utilizados en las crónicas de los corresponsales en Washington. Para ver el bosque entre tanto árbol y hojarasca, el corresponsal sólo tiene dos recetas: el olfato, el instinto y los conocimientos que pueda atesorar, y pisar la calle (que en Estados Unidos significa huir de Washington, Nueva York y San Francisco). Y, a veces, valentía para salir del camino trillado y huir de lo que allí llaman ‘conventional wisdom’. No todos lo logran, ya se sabe que de periodistas hay, como de todo, mejores y peores.

Animar el cotarro

En esta línea de hacer de cada declaración un ‘breaking news’ y de cada elección un hito histórico, es imprescindible cambiar las caras, animar el cotarro, establecer lo que ahora se llama una narrativa compuesta de sus propias mini-narrativas, una cadena de muñecas rusas con sus presentaciones, nudos y desenlaces que se van superponiendo en ciclos informativos cada vez más cortos. En este sentido, Donald Trump apareció en este envite electoral como una bendición: millonario hasta decir basta, excéntrico, figura mediática gracias a un ‘reality’… Vamos, lo que se ha venido a llamar “un político sin complejos” y “políticamente incorrecto” (lo cual suele significar racista, machista, derechista…). Trump es el ‘outsider’  ideal en una contienda que tiene dos primarias, la demócrata y la republicana (lo cual es bueno para el negocio) pero que a once meses vista todo parece indicar que será un paseo de Hillary Clinton (lo cual es malo para el negocio porque es aburrido, pese a que con los Clinton nunca se sabe, el espectáculo siempre está garantizado). Todo el micrófono para Trump, pues. Y si además lidera las encuestas, mucho mejor, al menos hay alguna relación entre tanto ‘hype’ y la realidad (tampoco es que importe demasiado que esta relación, a veces, ni siquiera exista).

El problema es que cuando el ciclo electoral está a punto de empezar formalmente en Iowa, Trump, con su racismo, su islamofobia, su capitalismo salvaje, su populismo de baja estofa, su peinado y su desfachatez, sigue liderando las encuestas del Partido Republicano. Y ahora la historia que nos cuentan desde Estados Unidos es que sí, que Trump es posible, que va en serio, lo cual –nos dicen– genera pesadillas en el ‘establishment’ del Partido Republicano  porque creen que si el millonario acaba siendo su candidato no sólo les será imposible vencer a Clinton, sino que será tóxico para sus candidatos al Congreso: los moderados huirán del GOP, los donantes no querrán ver asociado su nombre al de Trump, la hecatombe arrasará a los republicanos. Y después, la gran traca final: ¿Y si el Trump candidato es capaz de ganar a Clinton y llega a la Casa Blanca? La idea debe de producir escalofríos, pero de placer, entre los CEO de las grandes empresas de comunicación. ¡Qué historión! ¡Qué campaña! ¡Qué año desde febrero hasta el primer martes después del primer lunes de noviembre del 2016! ¡Qué ‘business’!

Heroico salmón

Hay que admitir que lo de Trump era tan burdo al principio que fuera de Estados Unidos los corresponsales le han hecho caso –es imposible, casi heroico, ser el único salmón que nada a contracorriente– pero con cierta distancia. Ahora, sin embargo, no hay crónica que no cite la media de encuestas de RealClearPolitics. ¿Puede ganar Trump las primarias del Partido Republicano? Tal vez, tiene en contra la historia reciente de la formación y a favor la deriva del GOP y el hecho de que es el candidato que marca el discurso, y quien lo logra suele tener parte de la contienda ganada. ¿Puede un Trump candidato llegar a la Casa Blanca? No lo creo. Pero los medios estadounidenses apostarán a ello hasta que el último voto en la última urna sea contabilizado. Por audiencia, es decir, negocio, no es nada personal.

Una de las formas de explotar la gallina de huevos de oro que es Trump es repetir una y otra vez que el millonario es una pesadilla hecha realidad para el ‘establishment’ del Partido Republicano. Más que una pesadilla es  su ‘golem’. Estados Unidos es un país conservador, por convicción, por nacimiento, por tradición y también, como muy bien explica Howard Zinn, porque el propio sistema político, desde los ‘checks and balances’ hasta la financiación electoral, hace que la política siempre vaya por detrás de la realidad social y que sólo se puede avanzar mediante pactos de los poderes fácticos. Por este motivo, sus dos grandes partidos (el Republicano y el Demócrata) solían ser en muchos casos intercambiables.

En la campaña de las primarias del 2008, Barack Obama hizo enfurecer a muchos demócratas cuando dijo que Ronald Reagan había sido una figura revolucionaria y Bill Clinton, no. Obama tenía razón: Reagan fue el artífice de una gran revolución conservadora que le dio el poder a los republicanos y un nuevo vigor en lo que ellos llaman la batalla cultural contra la forma progresista de ver el mundo. Pero desde aquella revolución, poco a poco al principio, de forma acelerada en lo que llevamos de siglo, a lomos de locutores radiofónicos, de Fox News y gurús como Karl Rove los republicanos han ido virando hacia lo que Al Gore llamó una postura de irracionalidad. Es el camino que lleva de tener como candidato a vicepresidente a George Bush padre a Sarah Palin. El Partido Republicano ha roto el péndulo de la política estadounidense.

Hoy, alguien que aspire a liderar el Partido Republicano debe ser reaganiano en lo económico (anti-impuestos, anti-presencia del Gobierno en la esfera privada) pero también tener unos recios valores que llaman morales y familiares (familia entendida como hombre, mujer e hijos), estar en contra del aborto, defender la máxima mano dura posible con los inmigrantes, ser un halcón en política exterior, al menos coquetear con el creacionismo frente a las teorías darwinistas, apoyar cualquier cosa que haga Israel más que muchos israelíes, negar el cambio climático, oponerse a la planificación familiar y abominar de cualquier tipo de discriminación positiva, ya sea con mujeres, con negros o con cualquier minoría. Y, por supuesto, aceptar e incentivar una gran presencia de la religión en la vida pública. El Tea Party no es el problema, sino el síntoma. En la previa de las últimas elecciones, ‘The Economist’ decía que si Ronald Reagan se presentara a candidato en el Partido Republicano perdería por no ser lo bastante conservador. Es cierto, como bien comprobó en las últimas primarias Newt Gingrich. Y Reagan probablemente perdería a manos de un Donald Trump cualquiera.

Mínimo común denominador

De George Bush para acá, la historia dice que el Partido Republicano ha acabado eligiendo como candidato en sus primarias a un mínimo común denominador, ya que satisfacer a todas las corrientes conservadoras y ser presentable es casi imposible: Bush hijo (que ganó la reelección gracias a olvidarse del centro y movilizar al electorado de derechas), John McCain y Mitt Romney. En cambio, en el Congreso suelen ganar los candidatos adscritos a esta ala irracional y populista del Partido Republicano. El problema para los republicanos es que este país conservador que es Estados Unidos lleva desde el 2000 dando el mensaje de que ya es muy difícil, si no imposible, llegar a la Casa Blanca siendo sólo el partido de los blancos. Y no de todos los blancos, sino de aquellos que o bien son la base populista del Tea Party o bien la élite de las élites, el famoso 1%. Bush ganó a  Gore en el 2000 en el Tribunal Supremo y en el 2004 a John Kerry por la guerra de Irak; Barack Obama se impuso en el 2008 y el 2012 basándose en el voto de latinos, negros, mujeres y jóvenes, muchos de los cuales consideran que el Partido Republicano es una amenaza para su bienestar, su vida cotidiana y sus derechos.

Es verdad que hay motivos sociales y políticos que explican un fenómeno como el de Trump, que por una vez no es tan incomprensible visto desde Europa como suele cuando nos asomamos a Estados Unidos. Su pujanza se basa en el cóctel de clases medias bajas castigadas por la crisis, miedo al terrorismo y descrédito de la política y de los políticos que se encuentra en la base, por ejemplo, del auge de Marine Le Pen en Francia. El discurso islamófobo de Trump puede verse, con sus matices propios, en muchos países europeos. Pero aun así, la demografía del país y la mala cabeza del Partido Republicano juegan en su contra.

Lo cual no quita que con él en la partida, el “show-business de los feos” sea mucho más divertido. Así que este año tendremos Trump para rato.

@jcbayle

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2 pensamientos en “Trump y el ‘show-business’ de los feos

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