Gaza, la primavera y el señor Wolfensohn

Se cumplen diez años de la crucial victoria de Hamas en las elecciones legislativas de la ANP y yo no puedo dejar de pensar en James D. Wolfensohn.

Hace diez años, decía, nos levantamos en Gaza con un bombazo diferente de los habituales, cuyas consecuencias duran hasta hoy: Hamas había ganado las elecciones legislativas de la Autoridad Nacional Palestina. Recuerdo que mi crónica publicada el 26 de enero del 2006 en El Periódico (lo que se llama una previa, escrita el día anterior) anunciaba en el título la victoria de Al Fatah. Por supuesto, estaba caducada casi en el mismo instante en que se imprimió y se distribuyó el diario. Releída después, era una crónica que titulaba con la previsible victoria de Al Fatah pero que, a partir del lid, enumeraba los motivos por los cuales… Al Fatah iba a perder. No me sucedió sólo a mí, nos pasó a todos los corresponsales: todos nos habíamos movido por los territorios ocupados, todos sabíamos del hartazgo de la población palestina, todos éramos capaces de enumerar los motivos por los cuales Hamas debía ganar. Y aun así, resultaba inconcebible que Al Fatah fuera derrotada y cediera el poder (lo primero sucedió; lo segundo, como se vio después, era cierto). Los palestinos, siempre un paso por delante de sus “hermanos árabes”, inauguraron lo que después Robert Fisk llamó “la manía de los árabes de no votar lo que toca”. Lo que toca, claro, lo decide Occidente.

Unos datos sobre esas elecciones, celebradas con un complicado sistema electoral que beneficiaba a Al Fatah, convocadas contra la voluntad de Israel y convertidas en realidad por la presión de la administración Bush, emborrachada entonces de su fantasía neocón de un Gran Oriente Medio democrático de Marruecos a Irak y de que los países democráticos no hacen la guerra con sus vecinos (unos intelectuales estadounidenses deberían saber muy bien que eso no es cierto, Estados Unidos, en guerra perenne, es un perfecto ejemplo). Unos datos, decía: Hamás ganó con claridad, aunque no arrasó; las elecciones fueron limpias, y así fue decretado por los observadores internacionales.

Limpias en términos de pucherazo, claro. Porque lo que no fueron es normales: en Jerusalén Este no se pudo votar e Israel sólo permitió hacerlo por correo, en los meses anteriores a las elecciones Israel arrestó a decenas de candidatos y dirigentes de Hamas, la comunidad internacional puso en marcha una fenomenal campaña de miedo para que resultara ganador Al Fatah, el dinero de la cooperación internacional (sobre todo el de USAID) llegó a chorro para que Mahud Abbás y lo suyos pudieran inaugurar escuelas y hospitales sobre los escombros de los que Israel había destruido… Las encuestas, incluso a pie de urna, incluso daban como ganadora a Al Fatah. Ganó Hamas, y desde entonces a los palestinos no se les ha dejado volver a votar.

Los invernaderos

Los motivos de la victoria electoral de Hamas se resumen en uno: hartazgo. La reacción internacional y de Israel fue la misma: rechazo y castigo colectivo. Empezó entonces –por un resultado electoral, no por bombardeos ni atentados terroristas– de forma sistemática el bloqueo que ha hecho de Gaza el lugar paupérrimo, repleto de desesperación y sin futuro que es ahora. La idea del bloqueo, secundada por el llamado Cuarteto de Madrid (EEUU, Rusia, la UE y la ONU) e Israel, no era nueva: la política de cierres y de asfixia económica en Gaza, la idea de castigar a la población para doblegar al liderazgo palestino, Israel llevaba años acometiéndola. Lo que cambió a partir de que los palestinos, haciendo caso a lo que les exigía la comunidad internacional, depositaran los votos en las urnas fue la escala, la sistematización y la implicación internacional (que les pregunten a las oenegés y a las agencias de cooperación internacional lo que significa trabajar hoy en Gaza).

Lo cual me lleva al señor Wolfensohn, abogado judío australiano-americano, presidente del Banco Mundial entre 1995 y 2005 y cuyo padre sirvió en el Batallón Judío en la Primera Guerra Mundial. Este perfil le hizo, según se dijo en su momento, el candidato ideal para ser el enviado especial a la zona del cuarteto (por si algún alma de cántaro se lo pregunta: no, un árabe o musulmán cuyo padre combatiera en la Legión Extranjera en la Primera Guerra Mundial no es un candidato ideal para ser enviado diplomático a la zona, y no lo invalida precisamente que ningún árabe o musulmán haya sido nunca presidente del Banco Mundial). Wolfensohn llegó a la zona en el 2005, cuando el desalojo de las colonias de Gaza, y su misión era… dinamizar la economía palestina y las comunicaciones entre Gaza y Cisjordania. Wolfensohn, que era conocido como un hombre de buen talante, le puso tanto empeño que él en persona invirtió dinero en un negocio que pasaba por construir invernaderos en Gaza, un proyecto que nunca pasó de los papeles (entre el desalojo de Gaza en el verano del 2005 y la victoria de Hamas en el 2006 Gaza estuvo bloqueada de forma casi ininterrumpida). Es de un naíf sideral leer ahora los proyectos de invernaderos y de regeneración económica en general de Gaza que entonces se redactaron, entre tanta destrucción, miseria, muerte y dolor como ha habido y sigue habiendo en la franja. Como todo diplomático internacional que pisa la oficina del Primer Ministro de Israel, Wolfenshon acabó su aventura como mediador con su prestigio maltrecho (que le pregunten a John Kerry). Pero, además, y eso lo hace un caso único, perdió dinero de su bolsillo porque apostó a que su mediación funcionaría (y encima lo llaman Realpolitik…). Cuando se fue, como es habitual, dijo algunas de las verdades del barquero que nunca se dicen cuando importaría algo que se dijeran.

La brecha entre Gaza y Cisjordania

Ganó Hamas las elecciones, Al Fatah no aceptó el resultado, la comunidad internacional tampoco, los de Mahmud Abbás, instigados y financiados por la comunidad internacional, trataron de boicotear el resultado electoral y al final, tras un enfrentamiento fratricida, Hamas expulsó a Al Fatah de Gaza. Israel emprendió entonces la cara política del bloqueo, que en realidad ya se encontraba en el germen del desalojo de las colonias: la sistemática desconexión de Gaza y Cisjordania. De entre todas las cosas por las que Abbás será justamente recordado como un pésimo líder de su pueblo en los libros de historia, esta, haber contribuido como el que más a la brecha entre Gaza y Cisjordania, es una de las más graves. Ya se sabe que dividir a la población ocupada es el primer punto del ABC de una ocupación.

Hay quien dice, y creo que con razón, que la victoria en aquellas elecciones de Hamas fue una proto-primavera árabe, que los palestinos (los de los territorios ocupados, los que pudieron votar) le pegaron una patada en el culo a la oligarquía pro-occidental corrupta, ineficaz y colaboracionista con la ocupación que los gobernaba desde hacía años. Al igual que en las primaveras que vendrían después, la alternativa más sólida al poder no fue un movimiento democrático sino islamista (con Mursi y Al Sisi en la cabeza, ahora que se cumplen cinco años de Tahrir); al igual que después en Libia, Siria y el propio Egipto, la revuelta (en este caso democrática, con votos, nunca hay que olvidarlo) acabó en enfrentamiento interno, muerte y represión. Pero los territorios ocupados no son un lugar normal (que se lo pregunten a Wolfensohn), están ocupados por Israel, y la ocupación es el único prisma que explica lo que sucede.

Diez años después, Gaza y Cisjordania son dos entidades separadas, y Hamas en Gaza es tan ‘establishment’ como lo es Al Fatah en Cisjordania. El bloqueo ha convertido Gaza en un lugar mísero, y en Cisjordania la ANP es el brazo que hace el trabajo sucio a la ocupación. Por supuesto, no hay invernaderos en ningún lado ni se vuelve a hablar de democracia o de dejar a la gente votar en los territorios ocupados. La pregunta es si aquello fue una proto-primavera, ¿cómo sería la primavera palestina? ¿Una Intifada contra la ocupación o una revuelta contra los gobiernos (sic) que administran la miseria, uno en Gaza al que la comunidad internacional llama terrorista y el otro en Cisjordania al que la comunidad palestina llama colaboracionista?

Esa es una decisión que la castigada y maltrecha sociedad palestina debe tomar.

@jcbayle

PD: Sobre los cinco años de Tahrir: pienso primero en aquellos que sufren la brutal represión de Al Sisi (todo el Egipto no uniformado) y después, en aquellos que aplaudieron que el Ejército liderado por Al Sisi depusiera al Gobierno de los Hermanos Musulmanes, elegido democráticamente en las urnas como consecuencia de la revolución y que por tanto podía ser derrotado de nuevo, si había mayoría suficiente, en las urnas. Por mucho que no guste quien gobierne, no se le combate con un Ejército. Los militares, cuando han acabado de reprimir al enemigo común, prosiguen con los amigos. Así ha sido casi siempre en todos los lados, y no había ningún motivo para pensar que iba a suceder lo contrario en Egipto, al contrario. Y, claro, no sucedió. Qué pena.

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