Contra el olvido

(Texto preparado para la presentación del libro de Teresa Aranguren y Sandra Barrilaro ‘Contra el olvido, Una memoria fotográfica de Palestina antes de la Nakba, 1889-1948’)

Resulta un ejercicio impactante observar con detenimiento las fotografías que conforman esta joya que es ‘Contra el olvido, Una memoria fotográfica de Palestina antes de la Nakba, 1889-1948’. Es impactante porque muestra una vida, la palestina, que existía antes de la creación del Estado de Israel, a pesar de ese mito de la tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra, que siempre me ha parecido uno de los más crueles de los del sionismo y al mismo tiempo uno de los más clarificadores, ya que muestra en toda su crudeza la base colonialista y nacionalista extrema de esta ideología.

Viendo las fotos, por ejemplo, de la sesión de cine al aire libre en Halhul, o la del equipo de la Radiodifusión palestina, o los retratos de Alexia Khoudry en vestido de noche, tan alejadas del cliché árabe que tenemos hoy, es inevitable pensar ¿y si?: ¿Y si Palestina no llevara más de un siglo envuelta en guerras, ocupación, apartheid? ¿Y si la comunidad internacional no hubiera incentivado, auspiciado y permitido lo sucedido desde que a finales el siglo XIX se instaló la primera colonia sionista en la Palestina histórica?

Porque lo que al menos a mí más he ha impactado de este libro es que la gran mayoría de las fotografías que lo forman lo que transmiten es normalidad. Gente normal de su lugar y de su tiempo viviendo vidas normales, con sus miserias y sus maravillas, sus ratos buenos y sus ratos malos, sus planes, sus proyectos y sus sueños. Normalidad. Cuando les preguntas a los palestinos hoy muchos de ellos te dicen que lo único que quieren es tener una vida normal. La normalidad de ser palestino, es una quimera, eso es lo que los palestinos perdieron con la Nakba y eso es lo que se ve en este libro.

Leyendo los textos de ‘Contra el olvido’ y observando sus fotos resulta inevitable otro ejercicio, que es imaginarse cómo serían esas fotos hoy, cómo sería, no sé, ‘Contra el olvido, una memoria fotográfica de Palestina bajo la ocupación, 2000-2016’. Sería un libro que mostraría la misma luz y la misma tierra y el mismo magnetismo de Jerusalén que desprenden las fotografías del libro de Teresa y de Sandra, pero al mismo tiempo sería el anverso negativo, el lado oscuro, pues si el libro original muestra la normalidad, el libro que aún está por hacer captaría la (a)normalidad de la ocupación, la red de violencias que a diario sojuzgan a los palestinos.

Una foto que elegiría sería la de Har Homa, el asentamiento que me resulta más antipático, construido en una colina desde la que se domina Belén y en a que solía haber un bosque. Un asentamiento que como todos es ilegal según la legislación internacional, que como todos es un robo de tierras palestinas, que como todos es el exponente más claro de la voracidad del proyecto sionista, su idea de la tierra sin la gente. Pero es que además Har Homa es un horror arquitectónico, un engendro estético y un atentado ecológico. Porque querer la tierra no tiene por qué ser lo mismo que amarla.

Otra foto sería la del barrio de Shejaiya en Gaza. La ruina. La destrucción. 500 niños muertos en bombardeos durante 50 días del verano del 2014. Diez niños al día. Cuesta entender la magnitud. Diez niños muertos al día a bombazos de uno de los ejércitos más poderosos del mundo. Y ya que estamos en Gaza: los pescadores, por ejemplo, que nunca saben hasta cuántas millas podrán salir a fanear antes de que les disparen. O los niños, hordas de niños, con sus uniformes escolares, una avalancha a las horas de salida de la escuela. O la gente que se hacina en el paso de Rafah, a expensas de que graciosamente Egipto abra la frontera. O los enfermos renales que no pueden tener diálisis en el hospital Al Shifa porque nosotros, Occidente, decidimos someter a bloqueo a millón y medio de personas por lo que habían votado.

Otra foto sería Hebrón, para mí el epicentro de la ocupación, el rostro más descarnado del racismo, que es otro de los ingredientes de la ocupación. De Hebrón yo fotografiaría esas puertas de palestinos marcadas con Estrellas de David dentro de la estrategia de acoso de sus habitantes. Y en el pie de foto diría: el sufrimiento, el racismo, la indefensión, la injusticia que es Hebrón además aparece en los libros de texto como un acuerdo de paz.

Porque en otra foto tendrían que aparecer los políticos de la comunidad internacional, los que llevan décadas hablando de ese proceso de paz que ni es proceso ni es de paz, y mucho menos justicia. Y junto a ellos, una foto de la Muqata hoy, el palacio presidencial de la ANP en Ramala, si hubiera que elegir un símbolo del alejamiento del liderazgo palestino de su gente este sería uno de ellos: su artificiosidad, su grandeza postiza, su falso empaque, su delirio de grandeza de una institución que es un cascarón y cuyo presidente es como mucho el alcalde de Ramala, un muerto político que anda, un espantapájaros.

En su libro, Teresa y Sandra hablan del sociocidio, citando al historiador palestino Saleh Abdel Jawad: “Sociocidio significa la destrucción total de los palestinos, no sólo en tanto que entidad política o grupo político nacional sino en tanto que sociedad”. Durante décadas de mal llamado conflicto, la sociedad palestina fue de las más vivas, plurales y políticamente diversas de la región. Pero la ocupación tiene sus consecuencias, no sólo sobre los individuos, sino sobre la sociedad. Tras la dura represión de la segunda Intifada, la sociedad palestina es hoy una sociedad sin liderazgo, en la que quienes actúan de líderes abrazan una idea (los dos estados) que asentamientos como el Har Homa han hecho imposible sobre el terreno. La realidad política es la de un único Estado con ciudadanos de primera, de segunda y de tercera, la de un ocupante y un pueblo ocupado dividido en pequeños enclaves y controlados por un puño de hierro, una red de violencias que afectan a todos y cada uno de los aspectos de la vida de los palestinos de a pie. La sociedad palestina no tiene una estructura política acorde con esta realidad sobre el terreno (en este sentido, Al Fatah y Hamas son dos caras de la misma moneda), y ello explica estos estallidos de violencia casera sin control, estos adolescentes abatidos en su intento de apuñalar a soldados o policías de las fuerzas ocupantes fuertemente armados. No se puede vivir tanto tiempo bajo ocupación sin que modifique de forma irreparable el tejido social.

Lo cual me lleva a las tres últimas fotos de mi libro. La antepenúltima sería para esos muchachos sionistas que llevan camisetas de grupos de música alemanes neonazis, que viven en asentamientos y que gustan de concentrarse en las calles de Jerusalén para ir a la caza del árabe. Israel hoy ya no tiene vergüenza de aparecer ante el mundo como un laboratorio extremo de fundamentalismo religioso y, sobre todo, integrismo político. Su nacionalismo atroz ha creado un régimen de apartheid, y se ha llevado por delante aquellos que, erróneamente, pensaron que un Estado puro étnico, basado en principios colonialistas y nacionalistas, podía ser una democracia. Israel nunca fue la única democracia de Oriente Medio pero hoy ya ni siquiera es una democracia para sus ciudadanos judíos: si como israelí no eres un nacionalista extremo, ya no eres un buen israelí, como los incendios de escuelas bi-nacionales o de ONG’s como B’Tselem demuestra. La deriva hacia el fascismo (en palabras de periodistas como Gideon Levy) de Israel, la misma que ha logrado que podamos decir sin sonrojarnos que Binyamin Netanyahu es el moderado de su Gobierno, asusta.

Me parece muy bien que le dediquemos tanto tiempo a los palestinos, pero a efectos de poner fin a la ocupación es un esfuerzo vano. De quien hay que hablar es de Israel, de sus políticas, de su acciones, del inhumano sistema que ha creado con la ocupación. Si mañana los palestinos se convirtieran, qué se yo, en socialdemócratas suecos de la escuela de Olof Palme, nada cambiaría: continuaría habiendo ocupación. Los palestinos que muestran las fotos del libro de Sandra y Teresa son un accidente: estaban allí, en una tierra que los judíos europeos (blancos) que crearon el sionismo dijeron que estaba vacía porque a sus ojos nacionalistas, sólo un pueblo (nación) tiene derecho sobre la tierra, no los individuos. De ahí que negaran a los palestinos su condición de pueblo: una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra. Por tanto, la máxima forma de resistencia para los palestinos es vivir, sobrevivir y permanecer.

Lo que me lleva a la penúltima foto: el retrato de una chica que me encontré recientemente en el tranvía de Jerusalén, que subió en un estación del centro de Jerusalén Oeste y se bajó en Beit Hanina, en Jerusalén Este, camino de Ramala. Vestía tejanos y jersey, y cuando bajó del tranvía la esperaba una mujer, creo que su madre. En el andén, la chica se puso un hiyab que hasta entonces había llevado en el bolso y se encaminó hacia su casa. Para ir al Oeste y no correr riesgos, se disfrazó quitándose el pañuelo. Este es el espíritu que aún queda entre los palestinos: no tienen vida normal, pero se emperran en tener algo parecido a una vida normal. Y se adaptan. Y cruzan cada día los ‘check points’ del muro de Cisjordania para ir al trabajo, a la escuela, a los campos de cultivo. Viven en su normal anormalidad, porque hoy más que nunca, para los palestinos vivir es resistir. Permanecer es resistir.

Y la última foto: un bosque. Teresa y Sandra listan en el libro los 418 pueblos destruidos de Palestina en la Nakba. Arab al-samniyya. Qastina. Hunin. Lid. Umm Khalid. Cuenta Ilan Pappe que en muchos de esos pueblos hoy hay árboles. Es un proyecto de reforestación del Fondo Nacional Judío, premiado en muchas partes del mundo. Si vais a Horta de Sant Joan veréis que el Fondo Nacional Judío contribuyó a reforestar el lugar donde hubo un gran incendio hace varios años. Cuando veáis esos árboles pensad que crecieron en sangre y en cenizas, las de las vidas de la gente que Sandra y Teresa recuerdan en su libro. Cuando veáis esos árboles en Horta de Sant Joan, o un triple del Maccabi de Tel-Aviv en el Palau Blaugrana o vídeos de la Gay Parade de Tel-Aviv recordad que ellos son los árboles que hoy ocultan al Estado, al sistema y a la ideología que mataron en Gaza a diez niños al día durante 50 días de verano y que someten a miles de personas a una sofisticada red de violencias que controla cada aspecto de su vida en lo que llamamos ocupación, una ocupación que a diferencia de lo que habíamos visto a lo largo de la historia llegó a Palestina para quedarse con la tierra y sin la gente.

Algunos tour operadores llevan a los turistas a esos pueblos perdidos a admirar la reforestación (¿a quién no le gustan los árboles?), pero nunca dicen, por supuesto, que allí había vivido gente. Eso es Israel: unos árboles que echan raíces en una tierra en la que había gente normal cuyas vidas normales fueron truncadas. Es la gente que aparece en ‘Contra el olvido, Una memoria fotográfica de Palestina antes de la Nakba, 1889-1948’.

@jcbayle

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4 pensamientos en “Contra el olvido

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