Se llama ocupación y es una red de violencias

(Texto preparado para una charla en La Morada en Madrid el 13 de mayo del 2016)

¿Qué pasa ahora en Palestina?, me preguntan.
La respuesta, llamémosle imparcial, a esta pregunta es explicar desde cada punto de vista qué es lo que sucede. Algo así, por ejemplo:

Según Israel, desde el 13 de septiembre del 2015 se vive una “oleada de ataques terroristas”en la que han muerto 34 israelíes en 148 apuñalamientos e intentos de apuñalamiento, 87 ataques a tiros y 43 atropellos terroristas (sí, lo llaman así, en serio). Esta oleada de terror, según Israel, la ejecutan, orquestan e incentivan los sospechosos habituales (Hamas y compañía) y también la ANP de Mahmud Abbás.

Según la narrativa oficial, política y mediática, suceden dos cosas contradictorias, pero la incoherencia nunca ha sido un problema insuperable para la narrativa oficial. La primera es una pregunta: ¿Estamos en una tercera Intifada que amenaza el siempre frágil y atribulado proceso de paz? Para que tenga gracia esta pregunta, debe dejarse así, sin respuesta. La segunda es que estamos en periodo de calma que, según esta narrativa oficial, se romperá cuando acontezca algún acto de violencia palestina. A partir de ahí entraremos en esa dinámica de “Israel ataca en respuesta a” y si la cosa se complica, nos adentraremos en una “espiral de violencia”.

Según la narrativa oficial palestina, la de la ANP, lo que sucede es la genuina expresión de rabia y frustración de los palestinos por el enquistamiento del proceso de paz, debido a la pasividad internacional ante la falta de voluntad negociadora de Binyamin Netanyahu y los suyos.

¿Qué sucede, pues? Un periodista “equidistante” os diría que un poco de todo, que todos tienen parte de razón y parte de responsabilidad, que este es un conflicto muy difícil con las narrativas muy marcadas, que esto es muy complicado y que qué pena que no haya forma de que estos dos pueblos se pongan de acuerdo, mecachis. Este discurso dominante llama a lo que sucede “conflicto” entre dos pueblos que tienen el mismo derecho sobre la misma tierra que a menudo, se diría que casi porque sí por el asombro que genera, se embarcan en periódicas “espirales de violencia” que convierten en imposible el maltrecho sueño de la paz. Y así llevan más de un siglo.

Supongo que a estas alturas ya habréis visto que no soy un periodista equidistante.

¿Qué ocurre en Palestina? Últimamente cuando me preguntan esto respondo: Mirad la película ‘Arde Mississippi’ y os haréis una idea. Se llama ocupación, y es una red de violencias

Ocurre, por ejemplo, Maram Saleh Abu Ismael y su hermano Ibrahim Taha. Marem tenía 26 años y era madre de dos niños pequeños. Por circunstancias que no están claras ella y su hermano de 16 años se adentraron en el acceso incorrecto de check point de Qalandia y fueron abatidos a tiros. Eso pasa cuando te equivocas de carretera en un check point. Sucede que Hassan al-Ra’i, del equipo paralímpico de kárate de personas ciegas y deficientes visuales de la franja de Gaza, fue detenido en Erez al llegar de una competición internacional, un ejemplo de que ningún palestino tiene libertad de movimiento. Sucede Abdel Fattah al-Sharif, a quien un soldado llamado Elor Azaria (conviene saber el nombre de todo el mundo) ejecutó de un tiro en la cabeza en Hebrón mientras estaba herido en el suelo. Al soldado lo recibieron como un héroe en su pueblo y miles de personas se manifestaron en Tel-Aviv para que no lo juzguen por asesinato. No sería la primera vez que un caso así acaba con un ascenso y una condecoración.

Sucede la expansión imparable de los asentamientos, y sucede que en esta “oleada de terror” que dice la narrativa israelí han muerto cerca de 200 palestinos, una cuarentena de ellos menores, y sucede que en Gaza hace dos veranos murieron bombardeados 500 niños, diez al día, echad cuentas y preguntaos qué pasaría en cualquier parte del mundo occidental si murieran bajo las bombas 10 niños al día durante 50 días. Sucede que sólo en el 2016 Israel ha destruido 300 casas y estructuras palestinas demolidas por Israel, más que en todo el 2015, en una estrategia deliberada de expulsión y desposesión para dejar espacio a las colonias que, por cierto, tiene sus raíces en la Naqba de la que estos días se celebra el aniversario.

Y podríamos seguir.

Porque ante todo la ocupación es una red de violencias que afecta a todos los aspectos de la vida cotidiana de los palestinos de cualquier edad. Esta red de violencias es ignorada en el discurso oficial equidistante, para el cual la única violencia es la física que sufren los israelíes. De ahí conceptos como paz (entendida como ausencia de violencia), periodos de calma (como si la ocupación se levantase) o “espiral de violencia”. Esta última implica la idea de que se trata de dos enemigos comparables en poder de hacer daño al otro (primer error o falsedad) y de que hay un principio y un final de la espiral (segundo error o falsedad). Normalmente el considerado principio es una agresión palestina. Los equidistantes no hablan de lo que sucede antes de que empiece la “espiral de violencia” ni de lo que sucederá después, que es la previa para la siguiente. Y eso es justamente lo importante. Esta falta de memoria, de contexto, de los equidistantes centra el asunto en la “espiral de violencia” (única forma de violencia vinculada a la ocupación que sufren los ciudadanos israelíes) y obvia la gama de violencias que padecen a diario los palestinos (vulneración de derechos humanos, destrucción de casas, prisión, muerte, por citar algunas de una larga lista). Al hacerlo, aparece el concepto de “seguridad” (la de los israelíes, por supuesto, la de los palestinos, cuya cifra de muertos y destrucción es muchísimo mayor, no importa), en cuyo nombre Israel justifica y profundiza la ocupación y, por tanto, la gama de violencias que ha dado lugar a esa “espiral de violencia”.

Esta situación se da en un contexto político caracterizado por la deriva de Israel, la incomparecencia del liderazgo palestino y la rendición de la comunidad internacional. Todo ello enmarcado dentro de un enorme auto-engaño.

El auto-engaño es que, desde un punto de vista diplomático, la solución oficial del llamado proceso de paz sigue siendo la de dos estados para dos pueblos que vivan juntos en paz y prosperidad. Es un auto-engaño porque la realidad sobre el terreno es otra y todo el mundo lo sabe: un solo Estado del Mediterráneo al Jordán con distintas leyes según la identidad de sus ciudadanos. Israel gobierna de facto todo ese territorio después de haber hecho inviable la ANP a base de asentamientos y destrucción. La ANP, y eso vale también para Gaza, tan sólo sirve para canalizar fondos internacionales, gestionar servicios de proximidad y, que no es poco, mantener la ficción de los dos estados. En Cisjordania, también le hace en ocasiones el juego en términos de seguridad a Israel con un lamentable historial en derechos humanos, cosa que también sucede en Gaza (lo del escaso respeto a los derechos humanos).

Una facción del sionismo se dio cuenta de que iban hacia un Estado único de facto que amenazaba la mayoría demográfica judía y lo que llamaban el carácter democrático de Israel. Era la de Ariel Sharon, que sostenía que Israel no podía ni debía gestionar la vida de millones de personas. Propugnaba, pues, sacrificar tierra por demografía. Fue derrotado por la facción más dura, liderada hoy por Netanyahu, que sostiene que da igual gobernar a los palestinos si ese es el precio a pagar por la tierra, siempre que se haga dentro de un puño de hierro, siguiendo la doctrina de Zeev Jabotinsky y de su propio padre. Es en esta deriva extremista en la que se encuentra Israel, y que es palpable a todos los niveles de la sociedad israelí que ha logrado que el oxímoron de llamar a Netanyahu el moderado de su gobierno no sea descabellado. Un rostro muy feo como advierten aliados de Israel como la propia administración Obama. Si la división entre palomas y halcones de la política (y la sociedad israelí) siempre fue más propaganda que otra cosa hoy la búsqueda de los moderados con quien hablar, el peace-to-peace people-to-people, es una quimera. Cito al periodista israelí Gideon Levy: “Gran parte de Israel piensa que los palestinos son como cucarachas”. Ya que estamos en la tierra que estaba llamada a ser Eurovegas me entenderéis si os digo que Israel hoy tiene la cara de Sheldon Adelson. Las voces moderadas que aún hay quien busca o bien son marginales, o están fuera del país. A algunos los encontraréis apoyando el movimiento del BDS.

La incomparecencia palestina en realidad es una mezcla de varios factores. La que solía ser una sociedad muy plural y viva políticamente resultó muy castigada en la segunda Intifada. La esclerosis de Al Fatah, los intereses de la casta palestina que prospera bajo la ocupación y la lucha entre Al Fatah y Hamas no ayuda. No hay líderes nuevos sobre todo porque quienes lo eran o podrían haberlo sido están en las cárceles de Israel. Y porque la estructura social y política aún se basa en su mayoría en la idea de los dos estados. La mutación hacia una causa de derechos civiles (del quiero ser palestino en Palestina al quiero ser palestino con plenos derechos de ciudadanía en Israel) es muy difícil y a la fuerza lenta. Dentro de la sociedad palestina hay sobre todo dos movimientos sociales y políticos que constituyen la excepción a esta esclerosis: los nuevos movimientos políticos y sociales de los palestinos de 1948 (porque no sólo son palestinos los que viven en los territorios ocupados, aunque tendemos a pensar eso en los análisis) y, por supuesto, el BDS.

El inmovilismo de la comunidad internacional es triple. Por un lado, continúa instalada en la idea de los dos estados. Por el otro lado, ha desistido de ejercer ningún tipo de presión sobre Israel. Y tercero, en el mejor de los casos se agarra a asuntos simbólicos, como el reconocimiento del Estado palestino, que si bien son bienintencionados pueden ser incluso contraproducentes, ya que refuerzan unas instituciones, unos dirigentes y un paradigma totalmente superados por la realidad.

Estos factores son los que chocan en Palestina hoy: una población palestina sin liderazgo, desestructurada geográficamente y camino de estarlo socialmente (si es que no lo está ya), sin futuro, Una población israelí más radicalizada que cuando volaban restaurantes y autobuses, que no quiere ver en su seno el horror que voces bravas como la de los periodistas Gideon Levy y Amira Haas denuncian. No es una Intifada en los términos en que lo fueron la primera y la segunda (alzamientos políticos), entre otros motivos porque si lo fuera su objetivo no sería Israel sino los estertores de la ANP, un zombi, un muerto que anda. Es una revuelta de jóvenes que en los enfrentamientos a piedras o en sus intentos de asesinar a ciudadanos israelíes van a morir o a ser encarcelados, cosa que estadísticamente les sucedería igualmente. Y sí, algunos de estos jóvenes palestinos odian a los israelíes en los mismos términos que muchos israelíes odian a los palestinos, eso explica los navajazos de un lado y los bebés quemados vivos por el otro. Esta cuestión de piel es nueva, esto no había sido nunca hasta ahora un asunto de rechazo innato, de color de piel. Si esto fuera una Intifada –muchas reacciones esporádicas no hacen una revuelta–, sería una Intifada del Odio. Arde Mississippi, con su ensañamiento, su racismo, su odio.

@jcbayle

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6 pensamientos en “Se llama ocupación y es una red de violencias

  1. Buenos días estimado Joan. Lamento de no haber podido ir a vuestra charla ayer, me fue imposible. Tenía mucha ganas de saludarte. Otra vez será, tal vez en una que organicemos nosotros… Salam

  2. Pingback: Historias de la ocupación | Décima Avenida 2.0

  3. Pingback: Lieberman, el puño de hierro sin guante | Palestina en el corazón

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