Historias de la ocupación

(Texto preparado para la mesa redonda ‘Contra l’oblit: el 68º aniversari de la Naqba’, en el marco de la feria Literal, el 14 de mayo del 2016)

El libro ‘Contra el olvido, Una memoria fotográfica de Palestina antes de la Nakba, 1889-1948’ de Sandra Barrilaro y Teresa Aranguren muestra a personas normales viviendo vidas normales de su lugar y de su tiempo , con sus miserias y sus maravillas, sus ratos buenos y sus ratos malos, sus planes, sus proyectos y sus sueños. Normalidad. Cuando les preguntas a los palestinos hoy muchos de ellos te dicen que lo único que quieren es tener una vida normal. La normalidad de ser palestino en Palestina es una quimera, eso es lo que los palestinos perdieron con la Naqba. Dejaron de ser normales para ser refugiados, desplazados, exiliados, ocupados, colonizados, discriminados, estereotipados, estigmatizados, victimizados, etcétera.

Por deformación profesional, cuando veo una foto tarde o temprano los ojos se me van al pie de foto. ¿Quién es, me pregunto? Veo por ejemplo, mi foto favorita del libro de Sandra y Teresa, que es la de la sesión de cine al aire libre en Halhul, a la entrada de Hebrón, y me pregunto: ¿quiénes son? ¿Cuáles eran sus vidas? ¿A quién amaban, a quién temían? ¿Sospechaban que las vidas de sus hijos y de sus nietos y de sus biznietos iban a ser tan diferentes de la suya?

La gente es el pie de foto, una nota a pie de página, de este mal llamado conflicto. En esto los palestinos no son diferentes del resto del mundo: los desposeídos, lo que algunos llaman el 99%, no suelen tener nombre y apellido. Son masa, deshumanizados, primarios, prescindibles. La Naqba les hizo muchas cosas a los palestinos, y una de ellas fue quitarles su nombre y con ello su identidad. “Una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”, dice uno de los mitos del sionismo, uno de los más crueles y al mismo tiempo uno de los más clarificadores, ya que muestra en toda su crudeza la base colonialista y nacionalista extrema de esta ideología.

Por este motivo, aunque sea ir a contracorriente, a mí me gustaría explicar un poco hoy la situación en Palestina e Israel con nombres y apellidos. Pero no los de John Kerry, Binyamin Netanyahu, Mahmud Abbás o Ismail Haniya, sino otros, los que suelen ser, en el mejor de los casos, pies de foto en las páginas de historia.

‘CHECK POINTS’

Por ejemplo, Maram Saleh Abu Ismael y su hermano Ibrahim Taha. Maram tenía 26 años y era madre de dos niños pequeños. Ibahim tenía 16. Murieron acribillados por adentrarse en el camino equivocado del check point de Qalandia por motivos que no están claros. No se les avisó con tiros al aire, ni siquiera se les disparó a las piernas. Se les acribilló. Qalandia es una de las terminales del muro en Cisjordania. Todos los palestinos de Cisjordania deben atravesar a diario check points para desplazarse fuera de sus localidades para ir a trabajar, a la escuela, al médico. Eso sí, antes deben solicitar permisos lo que, por supuesto, supone entrar en una pesadilla burocrática. ¿Cómo es la relación cotidiana en un check point entre soldados israelíes y civiles palestinos? ¿Entre ocupantes y ocupados? Wissam Tayem cruzó el check point de Hawara, en Nablus, con un violín y, al llegar al soldado a quien le debía entregar la documentación este le obligó a tocar el violín. “Una canción triste”, le indicó. En noviembre del 2003 nació en Yenín Hayez. Su nombre significa check point en árabe, y fue bautizado así porque nació en un check point mientras su madre trataba de llegar al hospital. Según un informe de hace dos años, entre el 2000 y el 2005 67 mujeres palestinas dieron a luz en un check point. Al menos la mitad de ellas perdió a sus hijos. ¿Cómo es la relación en un check point, decía? Humillante. Degradante. Angustiante. La ocupación afecta a todas y cada una de las facetas de la vida de los palestinos.

Khalid Hussein Jabari es uno de los centenares de palestinos que han perdido su casa este 2016. Fue destruida por orden administrativa israelí. El de Khalid es una de las 300 casas e infraestructuras palestinas destruidas en lo que llevamos de año, más que en todo el 2015, en una estrategia deliberada de expulsión y desposesión para dejar espacio a las colonias que tiene sus raíces en la Naqba. Para amparar esta destrucción Israel ha tejido una red de argumentos de seguridad y pseudo-legales que no ocultan el sistemático expolio que sufren los palestinos.

NIÑOS EN LA CÁRCEL

Dima al-Wawi tiene 12 años. Hace poco fue excarcelada después de pasar dos meses y medio en la cárcel, lo que la convirtió en la mujer presa palestina más joven. Dima fue condenada por intento de homicidio al ser detenida camino de un asentamiento con un cuchillo. La ley israelí no permite sentencias de cárcel a niños menores de 14 años. Pero la ley militar israelí, que se le aplica a los palestinos que viven bajo ocupación, permite encarcelar a niños a partir de 12 años condenados por crímenes “de motivación nacionalista”. En febrero, había 438 menores palestinos de entre 12 y 18 años en las cárceles israelíes.

La ocupación, pues, también educa. Hace diez, quince años, cuando ibas a Gaza de repente te veías invadido por una avalancha de niños y niñas en uniforme. Había tantos que las escuelas tenía tres turnos al día para poder escolarizarlos a todos. Hoy, los que están vivos, son adultos que no han conocido nada más en sus vidas que el bloqueo. Una psicóloga infantil me contó entonces un sueño recurrente de niños a los que había tratado: el niño estaba en un check point junto a su padre y el soldado lo cogía y se lo llevaba. El niño llamaba a su padre pero este no lo oía, o no hacía nada o no podía hacer nada contra el soldado.

GAZA, CISJORDANIA, JERUSALÉN, EL 48

Y ya que hemos hablado de Gaza, y de niños: Más nombres. Muchos más. Anas Yousef Qandeel, Nour Marwan Al Najdi, Safa Mustafa Malaka, Ibrahim Ramadan Abu Daqqa. Son nombres de algunos de los 500 niños muertos en bombardeos en Gaza en verano del 2014. La ocupación tiene muchas caras. La sufren los llamados palestinos del 48, como Hannen Zoabi, diputada en la Knesset, que recibe a diario amenazas de muerte y ha sido suspendida por denunciar la ocupación. Los palestinos con nacionalidad israelí son tratados como ciudadanos de segunda. Los llaman árabes israelíes para evitar llamarlos de palestinos, porque en la lógica nacionalista del sionismo sólo un pueblo, una nación, tiene no ya derecho, sino vínculo a una tierra.

La ocupación la sufren los palestinos de Cisjordania, como hemos visto, que no pueden hacer nada sin el beneplácito de Israel. Nadim Joury, cristiano, fundador de la cervecera Taybeh, me explicó que durante un tiempo importó las botellas de cristal de Portugal, pero las autoridades israelís retenían los envases en el puerto de Ashdod durante meses sin concretar un motivo claro, a pesar de que toda la documentación estaba en regla. Tras un tiempo, por fin le explicaron lo que sucedía: si contrataba a un proveedor de botellas israelís no tendría estos problemas para recibir sus pedidos. Joury explica que no tuvo más remedio que aceptar.

También sufren la ocupación los habitantes de Jerusalén. Hace un mes entraron en prisión Nour Abu Hadwan y Seif Tawil, de 16 años, condenados por participar en disturbios y lanzar piedras en Beit Hanina, en la afueras de Jerusalén. A la espera de juicio, pasaron nueves meses en prisión docimiciliaria, sin poder salir ni a la escuela ni al médico. En se tiempo, la casa era registrada con frecuencia por las fuerzas israelíes. Ahora están a la espera de que se dicte condena.

Y en Gaza también la sufren, claro. Allí toma la forma del bloqueo internacional, que en su expresión actual hace casi diez años que dura, desde que a los palestinos les dio por votar a quien no debían. En Gaza viven encerrados casi dos millones de personas, sin electricidad las 24 horas del día, sin productos básicos, sin poder salir si no es a merced de un kafkiano proceso de permisos ya sea por el lado israelí o el palestino. Si Palestina es una prisión, Gaza es la celda de castigo.

LA DERIVA DE ISRAEL

Otros nombres: Amiram Ben-Uliel es uno de los colonos que en julio quemaron una casa a las 4 de la madrugada en una aldea cisjordana. Entre otras víctimas, quemaron a un niño de un año y medio. Otro colono, Yosef Haim Ben-David, y dos menores, secuestraron a Mohammed Abu Khdeir, de 16 años, le dieron a beber gasolina y lo quemaron vivo. Ayelet Shaked, ministra de Justicia, dijo de las mujeres palestinas: “Deberían desaparecer junto a sus hogares, donde han criado a estas serpientes. De lo contrario, criarán más pequeñas serpientes”.

¿Y los otros nombres?, me preguntan a menudo. Y entonces me hablan de la gay parade de Tel-Aviv. De la única democracia de Oriente Medio. Del Silicon Valley del Mediterráneo. O de Bar Rafaeli. O del derecho de Matisyahu a tocar en un festival de reggae. Y te dicen que, hombre, que no hay que demonizar a todos los israelíes en bloque, que no hay que generalizar. Que no todos los israelíes están de acuerdo en lo que hacen sus gobernantes. Que una cosa es el Gobierno y otras las personas. Y yo les podría decir muchas cosas, podría hablarles de resultados electorales, de conversaciones en bares y plazas, de la vida cotidiana, de las encuestas, de las manifestaciones, de los muchachos que van a la caza del árabe con camisetas de grupos de rock neonazis de Alemania. Podría. Pero les hablo de árboles.

Teresa y Sandra listan en su libro los 418 pueblos destruidos de Palestina en la Nakba. Arab al-samniyya. Qastina. Hunin. Lid. Umm Khalid. Cuenta Ilan Pappe que en muchos de esos pueblos hoy hay árboles. Es un proyecto de reforestación del Fondo Nacional Judío, premiado en muchas partes del mundo. Si vais a Horta de Sant Joan veréis que el Fondo Nacional Judío contribuyó a reforestar el lugar donde hubo un gran incendio hace varios años. Cuando veáis esos árboles pensad que crecieron en sangre y en cenizas, las de las vidas de la gente que Sandra y Teresa recuerdan en su libro. Cuando veáis esos árboles en Horta de Sant Joan, o un triple del Maccabi de Tel-Aviv en el Palau Blaugrana o vídeos de la Gay Parade de Tel-Aviv recordad que ellos son los árboles que hoy ocultan al Estado, al sistema y a la ideología que mataron en Gaza a diez niños al día durante 50 días de verano y que someten a miles de personas a una sofisticada red de violencias que controla cada aspecto de su vida en lo que llamamos ocupación, una ocupación que a diferencia de lo que habíamos visto a lo largo de la historia llegó a Palestina para quedarse con la tierra a pesar de la gente.

Algunos tour operadores llevan a los turistas a esos pueblos perdidos a admirar la reforestación (¿a quién no le gustan los árboles?), pero nunca dicen, por supuesto, que allí había vivido gente. Eso es Israel: unos árboles que echan raíces en una tierra en la que había gente normal cuyas vidas normales fueron truncadas.

JUSTICIA

Lo cual me lleva al último nombre: Samir al Hams. Es el padre de Iman al Hams, una niña de 13 años que murió en Rafah en octubre del 2004 después de que un capitán del Ejército israelí vaciara en su cuerpo un cargador entero de su arma. 17 balas se encontraron en el cadáver de la niña. Tras un largo proceso de investigación interna en el IDF y un juicio militar, el capitán R. acabó… ascendido a mayor e indemnizado con 17.000 dólares por los gastos de su defensa. Hay quien dice: lo más importantes en la paz. No, no lo es, si como paz se entiende la ausencia de violencia, en singular. Samir, el padre de Iman, decía que ni siquiera se le había dado justicia a su hija. Ese es al asunto. Justicia con quienes sufrieron la Naqba. Con quienes sufren la ocupación. Hasta que no dejemos en paz a la paz y hablemos de justicia, no habrá nada que hacer.

@jcbayle

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