La llave en Barcelona, la cerradura en Madrid

Si yo fuera un corresponsal extranjero en España y tuviera que explicar la situación política de la forma con la que la explican los corresponsales, intentando encontrar la esencia, tal vez diría que hay muchas formas de mirar las consecuencias en Catalunya de cinco años de ‘procés’ (2011-2016), datado de diada a diada. Una de ellas es que ha dinamitado el mapa político catalán. La cartografía del 2011 la formaban CiU, ERC, PSC, PP, ICV y C’s. La del 2016 es consecuencia de dos tendencias: rupturas y coaliciones. Se rompieron el PSC i CiU, decidió diluirse ICV en el campo de los Comunes, se coaligaron (al menos por ahora) lo que queda de CDC y ERC y apareció la CUP (en términos institucionales, en la calle lleva décadas presente). Dos conclusiones pueden extraerse.

La primera, que de forma coherente con lo sucedido en el resto de la sociedad catalana, los partidos con lo que se llamaba ‘dos almas’ en la cuestión nacional se han roto: PSC, CDC y UDC. Los grises, como bien sabe ese experimento mal gestado y peor desarrollado que fue Catalunya Sí Que Es Pot, cotizan a la baja en la Catalunya procesista. Hasta que llegue el momento final (si es que llega) de ‘caixa’ o ‘faixa’, la puta y la ramoneta han dejado de ser bien vistas y han sufrido grandes daños electorales. Tras la participación de Ada Colau en la manifestación de la ‘diada’, en el movimiento de los Comuns empiezan a percibirse esas mismas tensiones centrífugas.

La segunda conclusión es que los partidos catalanes sin referentes en el resto de España se han vuelto independentistas. Hay dos matizaciones al respecto. Ciudadanos es un partido catalán que se ha fabricado un referente español, coherente con el ideario con el que nació en Catalunya. La segunda es el movimiento de los Comuns, que es un partido catalán no independentista que por ahora se incluye en un referente español, Unidos Podemos, aunque con una relación mucho más libre que, digamos, la del PSC con el PSOE. Tal vez la formulación más precisa sería que todos los partidos nacionalistas catalanes son ahora inequívocamente independentistas. Lo cual deja un espacio en el catalanismo político que es el que pretenden llenar los Comuns, triunfadores en Catalunya (conviene no olvidarlo) en las dos últimas elecciones generales.

Adiós a la bisagra

En términos de política española, que los nacionalistas catalanes se hayan vuelto independentistas conduce al bloqueo. Desde el 20-D, el bipartidismo (PP-PSOE) ha sido sustituido por un sistema de bloques (centro derecha, centro izquierda), con la diferencia de que en dos citas electorales ninguno de los dos bloques se ha impuesto aritméticamente al otro. Hasta ahora, ha fracasado un intento de gobierno de centro derecha (PP-C’s), un intento transversal de los dos bloques (PSOE-C’s), y un intento de centro izquierda (el PSOE-C’s-Podemos que intentó Pedro Sánchez). En los tiempos del bipartidismo, eran los nacionalistas (normalmente los de CiU) los que daban o quitaban mayorías a la derecha o a la izquierda. Aritméticamente, los herederos de CiU con la ayuda del PNV podrían dar una mayoría de derechas. Y con la ayuda de ERC, podrían dársela a una de izquierdas. Políticamente, no pueden, porque se han vuelto independentistas, y sólo una reivindicación independentista (el referéndum) justifica este apoyo.

Pero el bloque de derechas nunca aceptará un referéndum. Y la pieza principal del bloque de izquierdas, el PSOE, difícilmente lo hará. Es más, al asumir Unidos Podemos la idea del referéndum a través del movimiento de los Comuns se convierte en inviable un tripartito PSOE-C’s-Unidos Podemos. Catalunya, pues, es clave para entender el bloqueo de la política española, y al mismo tiempo es la pieza que podría desbloquearla.

El referéndum, el mejor instrumento

De la misma forma, España es clave para entender el bloqueo de la política catalana y es la pieza que podría desbloquearla. Cinco años de ‘procés’ dejan una idea clara y mayoritaria en la sociedad catalana: el mejor instrumento para zanjar el asunto es un referéndum vinculante con garantías legales y reconocimiento internacional, a la escocesa. La primera fase del ‘procés’, concluida con la consulta del 9-N, giró alrededor de esa idea, y la segunda, pese a las estructuras de Estado, las leyes de desconexión, las elecciones plebiscitarias y las elecciones que ya se llaman constituyentes, también regresan a la idea del referéndum, esta vez con el apellido Unilateral de Independencia (RUI). Pero en este caso el apellido lo marca todo.

La negativa del Estado a aceptar un referéndum ha bloqueado la política catalana. La independencia no es un suflé, pero el ‘procés’ sí se ha convertido en un fin en sí mismo, la razón por la cual hace años que en Catalunya apenas se legisla, el bien supremo por el que si hace falta se sacrifican partidos, promesas, ideologías y hasta líderes. Utilizar las elecciones autonómicas para romper el marco autonómico es una herramienta imperfecta, con graves problemas no ya (o no sólo) con la legalidad española en vigor, sino de legitimidad. ¿Una escueta mayoría absoluta en escaños, que no en votos, puede decretar la independencia de Catalunya? ¿Hasta qué punto son reales unos resultados electorales en unas elecciones autonómicas que una parte de los partidos han decidido que servirán para otra cosa? Tiene razón el president Puigdemont cuando dice que una consulta sobre la independencia debe ser vinculante y cumplir con los “estándares aceptados por el mundo”. Un RUI no cumpliría estas condiciones, y sería otra versión del 9-N. No zanjaría, pues, el ‘procés’. Unas elecciones autonómicas bautizadas como constituyentes tendrían los mismos problemas de legitimidad política y social que las elecciones autonómicas bautizadas como plebiscitarias. Sin referéndum, la política catalana es un hámster que gira sobre la misma rueda, es un gran día de la marmota, por usar algunos ejemplos que han reaparecido en la cobertura de la ‘diada’ del 2016. Las pantallas se pasan, el tiempo se desliza, los conceptos aparecen, desaparecen y vuelven a aparecer con apellidos nuevos, pero la realidad permanece: contados de forma imperfecta y sin resultado vinculante, los catalanes están divididos más o menos en dos respecto la independencia, lo cual es un gran avance en muy poco tiempo para el independentismo pero con las herramientas política actuales no le da ni en el interior de Catalunya ni en el resto del mundo para intentos unilaterales.

Y de la misma forma, sin Catalunya (y eso significa sin referéndum), la política española es un cul-de-sac que hace casi un año que dura y que persistirá hasta que alguien (¿Bruselas?) obligue a los dos partidos aún grandes (PP y PSOE) a tomar decisiones que no quieren tomar, y que probablemente pasan por alguna versión de una gran coalición con renuncias de algún tipo por parte de las dos formaciones.

Crisis sistémica

La gran coalición sería un desastre. España vive una crisis sistémica del régimen de la Transición con muchos rostros: territorial (Catalunya), económica (los pactos sociales que dieron lugar al Estado del Bienestar se han roto), institucional, de partidos, de reglas del juego, de consensos no solo políticos, sino sociales. Una gran coalición echaría gasolina al fuego en muchos de estos problemas. No son los agentes rupturistas, ni siquiera los reformistas, quienes anhelan un pacto PP-PSOE, sino los gatopardistas. Pero el cúmulo de problemas que tiene España no se soluciona con más dosis de bipartidismo, tancredismo e inmovilismo. De la misma forma, el bloqueo político catalán no se arregla con unilateralismo.

El drama es que son precisamente estos dos factores, el inmovilismo y el unilateralismo, los que predominan, y nada indica que esto vaya a cambiar, entre otros motivos porque se retroalimentan y se dan fuerzas el uno al otro cuando uno de los dos flaquea. Unos alimentan un ‘procés’ convertido en objetivo en sí mismo mientras los otros recurren tan sólo a la ley para lidiar con un problema político. Así, el bloqueo persistirá incluso si de repente algún movimiento orquestal en la oscuridad permite formar gobierno en Madrid sin abordar el tema catalán. Porque si la llave del desbloqueo es Catalunya, la cerradura está en Madrid, por muchas leyes de desconexión que apruebe el Parlament y por muchos miles de catalanes que se sienten ya desconectados de España.

Si yo fuera corresponsal extranjero en España resultaría muy difícil no teñir de pesimismo las crónicas. Si acaso, la única nota positiva sería señalar que pese a todo y en contra de lo que el ruido de los trolls en las redes sociales podría hacer indicar, la sociedad catalana aguanta con grandes dosis de ‘seny’ una situación política que fácilmente podría llevar a la frustración y al conflicto. Diría esto, pero después uno lee lo del pregón alternativo de la Mercè y se le nubla aún más el cielo.

@jcbayle

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