Entre el yihadismo y los ultras

Ojalá fuera tan sencillo, evitar atentados terroristas como el de Londres, la muerte intolerable e injustificable de inocentes: se prohíbe viajar a los musulmanes hasta Occidente con iPad y ordenadores portátiles y ya está. Ya puestos, y sin ánimo de dar ideas, se puede prohibir a los musulmanes directamente viajar a Occidente. Ojalá fuera tan fácil, ojalá bastara con levantar muros, no solo en las fronteras exteriores (lo del iPad y los aviones no es nada comparado con los campos en Grecia, las vallas en Turquía, la muerte en el Mediterráneo), sino en las interiores: muros que separen entre sí calles de Londres, alambradas entre las ‘banlieue’ y el centro de París, concertinas en las empresas alrededor de las trabajadoras con hiyab. Ojalá fuera tan fácil, bombardear algún desierto remoto en un Estado fallido, abrir uno, dos, tres ,muchos Guantánamos, los que hagan falta, pisotear la carta de derechos humanos de la ONU, deportar a musulmanes a decenas de miles. Dónde hay que firmar, igualmente habríamos tirado por la ventana los principios, nos habríamos vendido el alma, hubiésemos sucumbido al terror, nos habríamos convertido (de nuevo) en aquello que juramos que no volvería a suceder, pero al menos estaríamos seguros, ¿no? ?¿No? ¿No?

O eso nos dicen.

Pero es que no es tan sencillo. El atentado que sumió Londres en estado de ‘shock’ llega poco después de la (pen)última de Donald Trump, secundado por Theresa May: la prohibición de viajar con dispositivos electrónicos en vuelos directos desde unos cuantos países musulmanes. Nada tiene que ver lo sucedido en Westminster con esta decisión, y ahí radica su importancia: quienes adoptan medidas de este tipo afirman (y volverán a afirmar) que sí, que la dicotomía seguridad y libertad es real, que a una idea se la combate con discriminación y racismo, que la mejor forma de que no haya en nuestras ciudades musulmanes que se suman a la yihad como lobos solitarios es tratar a todos los musulmanes como terroristas potenciales hasta que demuestren lo contrario (o ni eso). Ojalá fuera tan sencillo: si los yihadistas usan coches para asesinar a civiles, prohibamos conducir a los musulmanes; si apuñalan a policías, no vendamos cuchillos a quienes tienen pasaporte de Oriente Próximo; si se infiltran en los aviones, separemos las colas de seguridad por credo religioso.

Es desolador este horror que no cesa, la muerte de inocentes, el terror sin fin. Visto con perspectiva desde el 11-S, la (pen)última de Trump (y May) es solo un eslabón más de esa larga cadena que dice que el terrorismo no tiene causas ni más razón que el odio irracional de una parte del Islam a Occidente, por lo que para combatirlo solo caben el recurso a la fuerza, el culto a la seguridad, la cesión de principios, libertades y derechos, el rechazo al otro. Y así seguimos, cada vez más inseguros, con sangre en el desierto, en el mar y en las aceras, dejándonos por el camino principios que creíamos inamovibles, cerrando nuestras sociedades abiertas, cayendo derrotados por esta pinza que se retroalimenta, el yihadismo asesino por un lado, el resurgir ultra, populista y demagogo por el otro, y en el medio la democracia que agoniza. Y los inocentes que mueren. Los nuestros y los suyos. Aquí y allí.

@jcbayle

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