Espiral de violencias

Que la vida de un israelí no vale lo mismo que la de un palestino es una dinámica harto conocida en el llamado conflicto palestino-israelí, sobre la cual, por su obviedad, no es necesario extenderse demasiado. De creer al discurso oficial y mayoritario en medios periodísticos y políticos, israelíes y palestinos se encuentran enzarzados de nuevo en una de sus periódicas espirales de violencia, esta vez, nos alertan, teñida de enfrentamiento religioso: se pelean por la Explanada de las Mezquitas (así, en plural, los dos a la vez, con idéntico derecho e idénticas agresiones) y las sinagogas son atacadas (así, en plural, también). Como es habitual, la espiral de violencia sólo se decreta estallada en el discurso político y mediático mayoritario cuando hay víctimas  israelíes. Estas espirales son arrebatos sin causas y con terribles consecuencias para el proceso de paz. La realidad, claro, es otra: la espiral de violencia no es más que la punta del iceberg de las distintas espirales de diferentes violencias a las que a diario la ocupación (y los ocupantes) someten a los ocupados. Sigue leyendo

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Jerusalén y las cerillas

Jerusalén, la ciudad con miles de cerillas encendidas en medio de un lago de gasolina. Jerusalén, la ciudad que, más que tres veces santa, es tres veces maldita. Jerusalén no es la ciudad que mejor muestra la realidad de la ocupación israelí de los territorios palestinos, ese triste papel corresponde a Hebrón, pero sí es el lugar donde se concentran, como en un vértice de una película de serie Z de ciencia ficción, las corrientes políticas, religiosas, demográficas, geográficas, burocráticas e históricas del conflicto. Jerusalén, la ciudad que te miente sin compasión, la ciudad que no es Occidente aunque en ocasiones lo parezca, la ciudad que ya no es totalmente de Oriente aunque a uno y otro lado de la Línea Verde se esfuercen en ello, la ciudad que se ríe de ti, te enseña un tranvía y te dice que es símbolo de tolerancia y cientos de bienintencionados (o no) no sólo se lo creen, sino que van y hasta lo escriben. Sigue leyendo

Ammunition Hill y Silwan

Ammunition Hill –la parada del tranvía de Jerusalén en la que el miércoles un palestino arrolló a los pasajeros de un convoy con su coche, en un atentado que acabó con la vida de una niña de tres meses y con la del propio atacante, abatido por la policía– es un intercambiador de transporte público: tranvía, autobús, taxi y un gran aparcamiento. Se alza en un lugar cercano a donde hubo una feroz batalla entre tropas jordanas e israelíes en la Guerra de los Seis Días y muy cerca de una gran comisaría en Jerusalén Este. De ahí que entre los centenares de personas que la transitan a diario haya siempre muchos uniformados de la miríada de fuerzas de seguridad israelíes, desde la policía a la Policía de Fronteras, pasando por jóvenes que cumplen el servicio militar en el Ejército. Sigue leyendo

El retrato de Mohammed Abu Khdeir

La estación del tranvía en Shuafat (barrio y campo de refugiados en el noreste de Jerusalén) se encuentra a escasos metros de una mezquita, de cuya fachada principal pende un gran foto de Mohammed Abu Khdeir, el chaval de 14 años que el 2 de julio fue asesinado (fue quemado vivo por colonos) en venganza por el secuestro y asesinato de tres jóvenes colonos judíos en Cisjordania. Mohammed fue secuestrado mientras andaba por su barrio por un grupo de colonos que se han declarado locos para defenderse ante la justicia israelí. Como consecuencia de aquel secuestro, se desataron unos disturbios que acabaron con 1.500 palestinos detenidos, un tuerto por una bala de goma, un chaval de la misma familia de los Abu Khedir (extensísimo clan que domina medio Shuafat) apaleado por la policía (tenía pasaporte de Estados Unidos, de ahí que importara, relativamente, un poco) y varios periodistas heridos. Poco después empezó la destrucción de Gaza. Sigue leyendo