Entre el yihadismo y los ultras

Ojalá fuera tan sencillo, evitar atentados terroristas como el de Londres, la muerte intolerable e injustificable de inocentes: se prohíbe viajar a los musulmanes hasta Occidente con iPad y ordenadores portátiles y ya está. Ya puestos, y sin ánimo de dar ideas, se puede prohibir a los musulmanes directamente viajar a Occidente. Ojalá fuera tan fácil, ojalá bastara con levantar muros, no solo en las fronteras exteriores (lo del iPad y los aviones no es nada comparado con los campos en Grecia, las vallas en Turquía, la muerte en el Mediterráneo), sino en las interiores: muros que separen entre sí calles de Londres, alambradas entre las ‘banlieue’ y el centro de París, concertinas en las empresas alrededor de las trabajadoras con hiyab. Ojalá fuera tan fácil, bombardear algún desierto remoto en un Estado fallido, abrir uno, dos, tres ,muchos Guantánamos, los que hagan falta, pisotear la carta de derechos humanos de la ONU, deportar a musulmanes a decenas de miles. Dónde hay que firmar, igualmente habríamos tirado por la ventana los principios, nos habríamos vendido el alma, hubiésemos sucumbido al terror, nos habríamos convertido (de nuevo) en aquello que juramos que no volvería a suceder, pero al menos estaríamos seguros, ¿no? ?¿No? ¿No? Sigue leyendo

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iPad en el avión

Lo llaman seguridad, pero no lo es. Decisiones como la de prohibir que ciertos pasajeros (los que embarcan desde una serie de países de Oriente Próximo y África con vuelos directos a Estados Unidos o el Reino Unido) suban a aviones con dispositivos electrónicos no es una medida de seguridad. Es, dejando de lado proteccionismo comercial para ayudar a las aerolíneas estadounidenses, una flagrante forma de discriminación. Y otras cosas más:

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Kerry, fiel amigo de Israel hasta el final

Una de las características más frustrantes del mal llamado conflicto entre palestinos e israelís es que no hay nada que no se sepa. Todo está estudiado, analizado, dicho, cuantificado. En su discurso del miércoles, el secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, efectuó un sobrio análisis de la situación entre palestinos e israelís. Habló de ocupación, se refirió a las pésimas condiciones de vida de los palestinos, y describió con acierto qué son y qué suponen los asentamientos. Más allá del ruido y de la furia, de la hasbara y los lobis, de los prosionistas de convicción, corazón, de bolsillo, desinformados y bien o mal intencionados, todo el mundo que quiere hcerlo sabe lo que sucede en Israel y los territorios ocupados palestinos. Hay una ocupación y un ocupado. El ocupante sojuzga al ocupado con una amplia red de todo tipo de violencias. El ocupado responde con violencia, en ocasiones terrorista. En junio del próximo año, la ocupación de Cisjordania, la franja de Gaza y Jerusalén Este cumplirá ya 50 años. Como para no saber muy bien lo que sucede.

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Trump, Israel, Palestina y el fatalismo ilustrado

La irrupción de Donald Trump en la escena política primero estadounidense y después mundial supone un reto para el periodismo, ya que en el presidente electo de Estados Unidos confluyen muchas corrientes que definen este oficio y su entramado ideológico y empresarial, desde el componente espectáculo de la información hasta la adaptación a nuevas formas de informar en la época de las redes sociales, pasando por dilemas como qué es más importante, la imparcialidad o denunciar a los mentirosos como lo que son: mentirosos. Dos de estas corrientes que confluyen en Trump son la reducción al individuo de complejas corrientes históricas y la querencia, casi avidez, por predecir lo que va a suceder antes de que ocurra, una suerte de complejo de Nostradamus.  Sigue leyendo

El cabreo universal

Todos los políticos son iguales. La culpa es de los burócratas de Bruselas. Washington is broken. No nos representan. No es una crisis, es el sistema. Yo no soy antisistema, el sistema es anti-yo. Son frases de uso recurrente en las conversaciones, ya convertidas en clichés, y eslóganes de manifestaciones de indignados. Cambian palabras y hay decenas de detalles propios de cada país, pero en esta cabreo universal hacia el orden establecido que recorre el mundo occidental, desde Europa del este hasta Estados Unidos, hay varias ideas que se repiten y un eje primordial, primario, que monopoliza la conversación: el eje ellos (los políticos, los bancos, los empresarios, los medios de comunicación tradicionales, el 1%, el establishment, en definitiva) y el nosotros (los ciudadanos, la gente, el 99%, las víctimas de una crisis que explotó con los hipotecas subprime en EEUU y se cebó con el sistema del Estado del bienestar en Europa y que es percibida como una estafa por los que se quedaron en la cuneta o por esa clase media a la que la gran depresión del siglo XXI ha empobrecido). Y a partir de este eje, un totum revolutum en el que conviven sinceros llamamientos a un cambio imprescindible y la barra libre para el populismo de todo pelaje.

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¿Y si Trump no gana?

Es la pregunta que provoca pesadillas desde que se empezó a intuir, en lo más crudo del invierno, que lo de Donald Trump era algo más que una broma pesada, la excentricidad de un magnate pasto de telerrealidad. ¿Y si Trump gana? Y, en efecto, ganó las primarias, se hizo con la candidatura del partido Republicano, nos lo encontramos en un duelo con Hillary Clinton. Y de nuevo, la pregunta fatal: ¿Y si Trump gana? Y cuando solo falta una semana para el primer martes después del primer lunes ahí sigue el magnate, a un paso del botón nuclear, a pesar de todo, y ese todo engloba racismo, ignorancia y acusaciones de acoso sexual. Como un malvado de peli de terror de los 80, nada puede con Trump. El último giro del guión que ha convertido estas elecciones en una de las de peor nivel de la historia de EEUU es la ¿inoportuna? carta del director del FBI que ha resucitado el escándalo de los correos electrónicos de la exsecretaria de Estado. Una sorpresa de octubre a las puertas de noviembre. “Por favor, que se acabe ya esto”, reclamaba en su show el cómico John Oliver. El problema es que el martes esto no habrá hecho más que empezar.

Este artículo se publicó en El Periódico de Catalunya el 1 de noviembre del 2016. Puedes leerlo entero aquí.

Trump: un pitbull sin pintalabios

A Mitt Romeny no le gusta Donald Trump. El millonario mormón que en el 2012 perdió las elecciones ante Barack Obama y que en el 2008 perdió las primarias republicanas ante John McCain ha cargado duramente contra el millonario que encabeza por ahora la carrera en el GOP para ser el candidato a la Casa Blanca. Romney ha sido el último venerable nombre del partido –lo que la prensa estadounidense llama ‘establishment’ republicano— en cargar contra Trump. Le ha dicho, literalmente, de todo en un discurso dedicado a desprestigiar al tipo que encabeza las primaria de su partido. Un párrafo ilustrativo: “There are a number of people who claim that Mr. Trump is a con man, a fake. There is indeed evidence of that. Mr. Trump has changed his positions not just over the years, but over the course of the campaign, and on the Ku Klux Klan, daily for three days in a row.” Sigue leyendo