Apuntalando la Torre de Marfil

Convertimos en símbolo máximo de la democracia, en la imagen viva del demócrata, a un Rey. Sí, un Rey, el mismo que pasa el poder de padre a hijo, ese método tan democrático. Muy campechano, eso sí. España, democracia campechana.

Lo peor de España no es su crisis económica. España sufre una crisis sistémica del régimen creado en la Transición. Igual es cierto que entonces no se pudo hacer otra cosa; igual es verdad que con las cartas tal y como estaban repartidas (y marcadas) eso es todo lo que se pudo hacer. Puede ser, aceptémoslo, aquello fue un mínimo común denominador porque no era posible ni otear cotas más altas. Por eso no hubo justicia con las víctimas; por eso no hubo justicia con los verdugos; por eso se creó un sistema opaco en el que las cúpulas de los partidos concentraron todo el poder; por eso se extendió la idea de que democracia es votar cada cuatro años, y ya está; por eso se diseñó un poder judicial dependiente de los partidos; por eso, ante la enorme dificultad de cerrar el diseño territorial, se tuvo la brillante idea de nunca cerrarlo, de dejarlo eternamente ‘working in process’; por eso se idealizó a los forjadores del acuerdo de mínimos; por eso un Rey, sí, un Rey, designado por el dictador, un Rey al cual nadie eligió y un Rey a cuyo sucesor nadie elegirá, se convirtió no ya en el Jefe de Estado (que mira, cosas raras hay en todas partes), sino en la cara de la democracia. Sí, de la democracia. Y no sólo nos parecía normal la idea de que un Rey equivalga a democracia, sino que hasta nos pareció elogiable y exportable, una materia de la que dar lecciones por el mundo. Con un par. Sigue leyendo

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Democracia campechana

Coherente con los tiempos que corren, la Casa Real española también se despeña por un barranco a lomos de una bicicleta sin frenos. La económica no es la peor de nuestras crisis, decíamos, y una de estas crisis es la institucional, la caída en desgracia de los tres poderes del Estado, de los partidos políticos, de los sindicatos, de las empresas, etcétera. La jefatura del Estado, la monarquía, no sólo no se escapa de esta tendencia, sino que pedalea con fuerza hacia el infinito y más allá. Sigue leyendo